Alberto García-Alix

Llorando a aquélla que creyó amarme

Quisiera que mi amor muriese

Y que lloviera sobre el cementerio

Y las callejas por las que camino

Llorando a aquella que creyó amarme

 

Samuel Beckett

Mi ojo febril miraba vorazmente potenciado por la lupa las fotos en las hojas de contactos. Cada una, un mar embravecido que me ahogaba en incertidumbres. ¿Porqué ésta no? ¿Porqué ésta sí? Necesitaba urgentemente un título para identificar este trabajo. 

La tarde se había vuelto de plomo. Pesada. Abandoné el trabajo y tomé un libro de Beckett que estaba encima de la mesa. Fue una, revelación. Encontré en él la idea que aglutina estas fotos: un concepto poético. Es en este contexto donde todas las fotografías pueden convivir y encuentran un pulso común, un latido propio, expresivo, sonoro. «Llorando a aquélla que creyó amarme» es el verso que da título a este conjunto de imágenes. Todas ellas tienen a la mujer como pretexto: esencia, motor y trasfondo. 

Las mujeres aquí presentes, además de heroínas del relato poético, son mis cómplices. Esta complicidad del retratado es vital, sin ella no hay amor ni amistad, Yo creo haber recibido más de lo que he dado. Ésa es mi eterna deuda. Una deuda cada vez más Insondable, pues he acabado por encontrar en mí más faltas que en mis compañeras. 

iQué razón tenía Susana! Me preguntó si creía que, con la vida que yo llevaba, ella podía ser feliz..., Aún así lo fuimos..." y mucho. Vivíamos en una nave industrial entre Pacífico y Vallecas, con un cuarto de baño al que ir en invierno era peor que ir a Siberia. Pero eso era lo de menos, lo compensaba nuestro Tálamo nupcial

Un día sí y otro también, por aquella nave pasaba Fernando. Él fue quien, años antes, me presentó a la fotografía. Por cierto, la sentí mujer. Pues bien, allí, sobre una de las atiborradas mesas donde componíamos El Canto de la Tripulación, él escribió un sentido réquiem por Rosa, su antigua compañera: «Puedo decirte, mujer, que has sido marca en mi vida, la más sentida, la más querida. Pero el caballo te llevó por sendas que no pude seguir, a extremos que no acepté, a movidas tan irracionales y tan perdidas como esta de hoy». Para mí, Rosa era un ángel. Como Ana, que hace unos minutos me ha llamado desde Gijón. Me ha preguntado si me cuidaba... De despedida me ha dicho: «Sabiendo que tú estás bien, yo estoy mejor». 

Una de mis primeras fotos es la de Jorge y Siomara. Él fue marido de Teresa, mi mujer de aquellos intensos años. Juntos descubrimos Tánger: vivíamos en el viejo Hotel Continental, y todas las mañanas y tardes que, el tiempo no acompañaba, pasábamos esas horas que se llaman perdidas, y no lo son, en su Salón de baile... Ella, que me conocía bien, si estuviese viva, reconocería en mí algo de aquel hombre que ayuda a la mujer en la foto que lleva por título Eternamente joven y seguro que miraría con sonrisa cómplice esa otra foto llamada La pareja o se le haría un nudo en la garganta ante Las cenizas de Cati

Para sacar a Teresa del marasmo que causa la pena, le pondría delante otra foto y le explicaría que mis fotos no reflejan mi visión del mundo sino que son metáforas de mi visión del mundo. Lo cual, aun cercano, es muy distinto. Pues la metáfora siempre lleva consigo cierta poesía y mucha abstracción. A fin de cuentas, es un idealizado Escenario para un delito

Hablar con lucidez y precisión a través del lenguaje que nos proporciona la fotografía no es fácil. Yo lo intento constantemente...constantemente. Aun así, conseguirlo no me quita el sueño; me desvela, más bien, atrapar en ella mis sentimientos, mis carencias, lo que me obliga a conocerme: Mi lado femenino

En mis retratos siempre sale algo... ¿verdad... Virginia?  Se enseña algo. Isa es así. Se oculta…. Blanca Li. Ana Curra me daría la razón, son cientos las noches y las fotos consumadas a su lado. Contar la historia que hay detrás de su retrato en Venecia amenizaría un largo viaje. 

También Pamela. Es fotógrafa y trabajamos íntimamente juntos desde que iniciamos una travesía por el este de Europa desde Berlín. Ella comprende porqué sufro y porqué aprendo de aquello que no quiere salir. Este es el trabajo... Marga

Cuando en Barcelona le pedí a La Cicciolina que me dejara tomarle un primer plano, me rogó que no le hiciera fotos de frente. Temía que se viese dolor. Justamente lo que yo deseaba. 

Ya ves, nunca soy inocente, necesito poseer, cazar el momento, apropiarme de ese algo que intuyo... intencionadamente. Es culpa de la perversidad de la cámara. Obliga a mirar. Rita, Michelle, La esclava. Con la cámara, protegido y encerrado en mí mismo, he aprendido a observar. Decido cómo y dónde mirar. Aún más, he desarrollado una mirada frontal, una mirada de púgil, parapetado tras ella me convierto en un cíclope con un único ojo anhelante. 

La fotografía también me ha convertido en un exhibicionista de mi intimidad. Una noche, mientras con una mano magreaba a mi chica, con la otra dejé el obturador abierto durante unos segundos. Salió Lo que dura un beso. Por eso, es inevitable encontrar en mis fotos un itinerario autobiográfico. Lo hay, pero no es más que polvo visible del camino. Polvo que se pega a mis fotografías. No es importante. 

Creo, que el oficio del fotógrafo consiste no sólo en mostrar lo que ve, sino en convertirlo en verídico y emocionante... aportarle un aliento. Por esto hago fotos, porque me siento un fabulador, un cuentista, un aprendiz de poeta... que intuye, a su pesar, que sus fotos son la odisea de una catástrofe. En busca de Cenicienta. Está dicho.  

 

Llorando a aquélla que creyó amarme, 2001

80 x 77 cm

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