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Lola Garrido |
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El hombre que amaba a las mujeres |
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Existen fotógrafos que recogen el mundo y otros, como es el caso de Alberto García-Alix, que retratan sus alrededores. Los primeros relatan; los segundos se delatan. Su mirada es exacta, impasible, respetuosa, sin rastros sentimentaloides. Alberto siempre intenta salir de sí mismo para atisbar la verdad de los otros. Los rostros son retratos de personas (no de personajes), en los que cada sentido (el tacto, el gusto, la vista e incluso el olfato) queda definido. En ellos existe además la intriga, porque en sus fotografías se hace presente la dimensión psicológica de los retratados. Son retratos de sus mujeres, de sus amigos, de sus actitudes, de los paisajes compartidos y también de sus desorientaciones. Todas las luces y sombras acaban recogidas por sus imágenes, que están repletas de mujeres: de rostros y cuerpos femeninos plasmados con la actitud de considerar arte y vida como un hecho común. Con un estilo elegante y eficaz hasta en las tomas más comprometidas, recoge con su cámara todo lo que le es cercano, con la intención de que no se vea condenado al olvido más completo. Son fotografías que dilatan la percepción, que consiguen hacer de la mirada algo táctil. Está en ellas la historia de sus afectos, de sus encuentros y de muchas desapariciones. En cada una de ellas muestra su interés por el lugar donde la vida se halla instalada, por los que viven en el alambre, ironizando ante los cuerpos, expulsando a los remilgados; y siempre desde una narración que tiene la virtud de hablar desde la hondura y la limpieza incluso, cuando retrata el lado salvaje de sus vidas. Y es que cualquier exposición de Alberto es sobre todo autobiográfica, aunque poco importa que lo sea de verdad porque, además de su propia historia, lo que relata es la historia de toda su gente, de su tiempo. En los tiempos verbales que recoge no existe el «yo». Lo más frecuente es que se refiera al «tú», y en esta ocasión hace hincapié en el «vosotras». Como argumento de vida, su obra está repleta de chicas, más en concreto de mujeres; auténticas mujeres. Aun cuando haya autores que lo niegan, las mejores obras siempre tienen algo de autobiográfico, porque existe necesidad de preservar, de recuperar escenarios ya desaparecidos, de retener esas cosas queridas ya veces dolorosas que forman parte del pasado y de uno mismo. Aquí están presentes todos los temas queridos y recurrentes en la vida del autor: paisajes en los que sucedió algo importante, rostros amados, cuerpos de amigas y algunas ausencias. La fotografía de Alberto es expansiva y cada foto desprende corazón. Son íntimas porque destilan verdad y algunos de sus personajes son, como la ciudad de Cartago, «que tuvo la desgracia de no alcanzar gran celebridad sino en el momento de su ruina». En su cámara encuentra el instrumento idóneo para contar su tiempo a través de sus instantes y quizás para aligerar algo el equipaje de su memoria. Su momento de madurez creativa le permite encadenar imágenes como recuerdos de un viaje en un barco con escalas. La tripulación está pletórica de su célebre axioma: «Pura vida». La obra de Alberto está repleta de mujeres, es su material predilecto y con el que parece sentirse más a gusto. Casi todas sus mujeres miran de frente, porque son personas capaces de enfrentarse con su cámara, y a su ojo fascinado, un ojo que no busca el artificio, porque no hay nada peor que algunas invenciones. Los rostros de las retratadas tienen la suficiente carga de vida e interés para que baste captarlos de frente. En ocasiones sus fotografías son mapas interiores, reflejos de un tiempo sin tiempo y, enfrentado a ellas, el espectador no tiene otra opción que releer para no quedarse en la primera impresión, en la superficie de esas pieles transparentes. Cualquiera de sus retratos es elegante y, aun habiendo retratos o cuerpos que puedan parecer demasiado expuestos en su desnudez, la belleza se nos presenta desprovista de toda confidencialidad, desarmante, y nos obliga a mirar de una manera menos obvia a la que nuestros ojos nos tienen acostumbrados. Las fotografías de Alberto no son monólogos, son diálogos que establece con las personas para explorar no sólo en lo que se ve, sino en lo que se presiente. Sus fotos son sobre todo argumentos de la vida. Porque si la fotografía es recuerdo, es también un análisis, una interrogación constante en cuyo fondo subyace un misterio que debemos preservar. Y si algo se ve claramente en las fotografías de Alberto es que no poseen un ápice de ironía –ese componente consustancial a buena parte de los discursos artísticos contemporáneos– porque su trabajo profundiza, no se queda en la mera superficie: es una suerte de compromiso consigo mismo, con su trabajo, con todos los demás. Y es que su carácter no es de los que quedan fragmentados: es como una flecha certera que recorre el espacio sin estancamiento ni discontinuidad. Sus fotografías tienen en común algunos rasgos estilísticos y formales, tales como su cuidada y compleja estructura o su preferencia por la frontalidad. Aparecen también incisos, e incluso paréntesis, en una sabia mezcla de cierto humor con melancolía. Sus retratos dicen de lo turbador de las mujeres, de su libertad, y hablan sobre todo de su autor, de lo mucho que le provocan, y de su interés por ellas; y como ha conocido a muchas, hace poesía. Ya dice Antonio Skarmeta que «poesía es sentir nostalgia de lo que se tiene». Muchos fotógrafos se proponen relatar aventuras en países exóticos, metas grandes y ampulosas; él recoge la belleza de lo que se encuentra en el camino. Siente tal pasión por lo que vive, por la sensualidad de lo inmediato, que sus metas no existen. La vida pasa a través de los ojos de sus retratadas, percibe su vulnerabilidad en su fuerza, y siente a sus personajes como lo que son: colegas desamparados como él en la aventura de la vida, tan sin sentido y tan atrayente. Alberto García-Alix, toma sus apuntes del natural, confiando en una realidad que nunca le decepciona y que, en muchas ocasiones, resulta más fascinante que la ficción. Una vida la puede contar cualquiera, ahora bien, la vida si es verdadera está hecha de muchos encuentros, y ahí el fotógrafo se revela como un aventurero que despliega sus mapas. Entonces brota una explicación: un cúmulo de retratos sobre paisajes interiores y exteriores que han ido conformando su existencia, como un Phileas Fogg que sale de viaje para ganarle días al mundo. La fotografía puede ser un espejo o una ventana, y aquí es ambas cosas. Una ventana por la que asomarse el hombre que, rodeado de una constelación de mujeres, cree estar solo. «Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor», dejó escrito Samuel Beckett. Y conociendo al fotógrafo, bien pudiera ser este el lema de su relación con las mujeres. El horizonte de la vida de Alberto está fabricado con imágenes y en cada una de ellas parece que se la deje. Son tomas inteligentemente apasionadas, repletas de cicatrices y tatuajes de su memoria. Un mundo urbano: su mundo; pero como el de los antiguos campesinos, cargado de férreas lealtades, donde convive el desorden con la fantasía, la creatividad con la libertad y el trabajo con la sensación de ocio. Pero en su obra también hay humor: en esos equilibrios de cuerpos de mujer, casi imposibles, con los que demuestra que erotismo y humor son dos ingredientes básicos del jugoso caldo de la vida. Vida y tristeza, la que provoca esa sensación de innumerables existencias. Hay que fijarse en los ojos que retrata y en sus ojos, porque miran lejanías. Cada una de sus fotografías habla de lo que él conoce. Se asoma a los rostros desde el balcón de la mirada y desde allí grita la belleza del que conoce lo terrible. Las imágenes de las mujeres de Alberto nos hablan de un hombre fascinado por ellas, pero también de una forma de desasosiego, de demolición de certezas. Existe el tú a tú, una manera de construir las propias huellas, reales, no inventadas; ni apócrifas. De ahí que en algún punto de esos rostros y de esos cuerpos, la vida se detenga para afirmarse. Sus fotografías no son las de un artista atormentado en el momento de la creación, sino que trasmiten la necesidad, el placer del viajero que nada más llegar se incorpora a una fiesta en la que el tiempo se suspende, repleta de nombres propios con que celebrarla. Los hombres que crean con pasión como él, y solamente por placer, para su propio disfrute y durante muchos años, son los que al final poseen una obra más coherente. Sus retratos son epidérmicos, asuntos de piel, aun en los casos en los que el retratado aparece completamente vestido. Hay mucha pasión y mucho trabajo, pero sin duda, la pasión se percibe con más fuerza porque proviene de un conocimiento que le impulsa a retratar lo que dura un beso como el gran narrador que siempre ha sido: por ausencia. Aquélla, que como dice el poema, provoca más aguda presencia.
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