Carmen Hernández

Dirección de Artes Visuales - Fundación Celarg

Alberto García-Alix en el Celarg

“El sentido último del erotismo es la fusión, la supresión del límite”

Georges Bataille

Como parte de los objetivos institucionales de estimular el diálogo intercultural y la diversidad, por medio de la divulgación de planteamientos visuales que proponen representaciones más transversales, la Fundación Celarg recibe en sus espacios de la Sala RG la muestra itinerante Llorando a aquélla que creyó amarme del fotógrafo español Alberto García-Alix, organizada por el Ministerio de Cultura de España y la Subdirección de Cooperación y Promoción Cultural Exterior de la Agencia Española de Cooperación Internacional.

Esta exposición, que reúne dos décadas de trabajo fotográfico de García-Alix, Premio Nacional de Fotografía en 1999, lleva como título un verso de Samuel Beckett seleccionado por el propio fotógrafo, posiblemente como leivmotiv nostálgico sobre la pérdida y la incertidumbre que representan esas imágenes como fragmentos de episodios vividos, recuperando así una sensibilidad más emotiva para el retrato contemporáneo registrado en blanco y negro.

Lola Garrido, en el catálogo de esta muestra aclara que: “cualquier exposición de Alberto es siempre autobiográfica, aunque poco importa lo que sea de verdad porque, además de su propia historia, lo que relata es la historia de toda su gente, de su tiempo”. Y ciertamente, ingresamos en el campo representacional porque no está en juego la verdad sino el deseo de imponer una mirada al margen. Los referentes autobiográficos son un pretexto para desenmascarar las políticas de representación y desestabilizar la imagen del sujeto “soberano” propiciada por el tradicional género retratístico, y desde la oblicuidad, poder indagar sin pudor en la intimidad, en la complicidad entre las miradas, que en el caso de los sujetos seleccionados por García-Alix, develan el deseo de estar allí, en el centro.

Michel de Certeau ha advertido que la maquinaria de la representación opera en dos vías, ya sea para restarle a los cuerpos aquello que resulta excesivo (asociado a la idea de enfermedad o anomalía) o añadirle aquello que falta (atributos relativos a la belleza o a la estética) con la finalidad de aproximarlos al código, norma o modelo previamente fijado. Michel de Certeau se pregunta cómo burlar la maquinaria de la representación: “Pues ¿dónde, y cuándo, hay algo del cuerpo que no esté escrito, rehecho, cultivado, identificado por medio de las herramientas de una simbología social? Tal vez, en la frontera extrema de estas escrituras inalcanzables, o al horadarlas con lapsus, quede solamente el grito: el que escapa, se les escapa”[1]. Desde una frontera extrema o desde la horadación, la mirada de García-Alix exalta esas diferencias y marcas que quedan ocultas por las inscripciones de la ley sobre los cuerpos.

Esta exposición, que privilegia principalmente el universo de lo femenino, nos enfrenta a los límites del erotismo, transgrediendo el desnudo clásico y a la vez, a la pornografía, porque las imágenes quiebran las poses estereotipadas, características en este género, distanciándose de sus esquemas habituales del espectáculo sexual. Entre sus personajes retratados se encuentran algunos actores porno, como Nacho y Michelle, que retan a la cámara en poses poco convencionales, exhibiendo sus cuerpos más que evidenciando una acción explícita -rasgo común en la pornografía- e incorporando a veces un referente “casual”, con cierto humor, que introduce alguna proximidad a lo cotidiano. Las diferencias entre erotismo y pornografía pueden ser sutiles, de grado, pero se puede plantear que la especificidad de la pornografía, en su accionar mecánico y serial, radica en su  ámbito de circulación como objeto básicamente mercantilista de la sexualidad, donde los sujetos son apreciados como meros objetos de goce, sin hacer énfasis en los rasgos de su personalidad, a diferencia de la operatoria que despliega García-Alix.

Este trabajo, que mezcla residuos de una memoria personal y la teatralidad del mundo cotidiano, expresa la mirada cómplice y generosa del fotógrafo que reposa en la  complacencia de sus interlocutoras. Ellas se identifican en las imágenes escogidas, aunque según relata el fotógrafo, a veces él les roba un gesto para mostrar aquellas facetas de sus rostros que quieren ocultar. Sus retratos registran ese yo estallado y fragmentado en múltiples facetas y aunque parecen organizarse según una narrativa singular -cuando registra a la mismas personas en varias poses o selecciona un lugar o un objeto- finalmente esas posibles historias carecen de importancia pues el espectador queda cautivado por el orgullo misterioso que ejercen esas miradas a través de la frontalidad de la cámara.

Llorando a aquélla que creyó amarme puede parecer una exposición controversial porque invita a observar el cuerpo desnudo desde perspectivas poco convencionales, pero este recorrido en el fondo es un pretexto para reconocer en esa desnudez, el compromiso visual con la personalidad de individuos que se enorgullecen de ser diferentes.

Julia, 2001

80 x 77 cm

Notas


[1] Michel De Certeau. 1996. La invención de lo cotidiano. 1. Artes de hacer, México D.F.: Universidad Iberoamericana, p. 160.

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