Fragmentos de la novela Canaima de Rómulo Gallegos

“El canto lejano del campanero, melancólico badajo de la verde concavidad inmensa, el estruendo repentino del árbol que rinde su vida centenaria sin soplo de viento, del árbol gigante que apenas tiene raíces, pues no hay espacio para tantas como quieren nutrirse de la tierra…La columna derribada, la sombría cúpula rota al chorro de luz del calvero inquietante…El eco vasto y profundo que retumba en los verdes abismos…La pausa, el grave silencio que sigue al estruendo. Lo impresionante sin formas sensibles, la espera angustiosa…Y el triste tañido del campanero, esta vez por el árbol caído".  

"…la impresión de que por momentos iba a aparecerse ante su vista,

brotado de la soledad misma,

en la sugestiva lejanía,

algún ser inédito, algo menos o algo más que hombre,

espíritu de la selva encarnado en forma inimaginable,

obra de las formidables potencias

que aún no habían agotado la serie

de las criaturas posibles… 

 

"¿Y esto era la selva? –se preguntó- ¡Monte tupido y nada más! 

Pero luego empezó a sentir que la grandeza estaba en la infinidad, en la repetición obsesionante de un motivo único al parecer. ¡Árboles, árboles, árboles! Una sola bóveda verde sobre miríadas de columnas afelpadas de musgos, tiñosas de líquenes, cubiertas de parásitas y trepadoras, trenzadas y estranguladas por bejucos tan gruesos como troncos de árboles. ¡Barreras de árboles, murallas de árboles, macizos de árboles! Siglos perennes desde la raíz hasta los copos, fuerzas descomunales en absoluta inmovilidad aparente, torrente de savia corriendo en silencio. Verdes abismos callados…Bejucos, marañas…¡Árboles, árboles!"

"…Se agita el agua dormida, el pescador solitario se pone de pie dentro de la embarcación diminuta y son dos figuras alucinantes él y su reflejo en el caño. Tiende el arco o emboca el cañuto, dispara la flecha o la cerbatana, vuelve a acuclillarse y a cobrar el canalete, calmoso, pues ya el morocoto o el aymara se aboyan paralizados por la acción del curare…El indio grave y taciturno, que es el silencio en bronce bogando por el caño solitario. El duende de la selva, que aparece y desaparece de pronto sin que se advierta por dónde"

"…Pasa el vuelo blando de la lechuza trompetera de impresionante graznido. Se oye el sonido peculiar, la u sibilante de la arañamona. Se alza de pronto el canto desvelado del tucuso montañero. Grita el obiubís. Se escucha el tropel lejano de una manada de dantas que huyen del tigre. Continúan percibiéndose los mil rumores de la bestia noctámbula…Los ahoga el inmenso gemido de la caída de un árbol, a leguas de distancia, y cuando se cierran los negros abismos del eco toda la selva vuelve a quedar en silencio…Ahora un silencio extraño, que produce angustia, absoluto y profundo para los oídos de los hombres intrusos. 

"Pero los indios, de sutilísimos sentidos expertos en la comprensión de aquel mundo, cuando sobrevienen estos repentinos enmudecimientos totales, prestan atención expectante. 

¡Canaima! 

El maligno, la sombría divinidad…, el dios frenético, principio del mal y causa de todos los males, que le disputa el mundo a Cajuña el bueno. Lo demoníaco sin forma determinada y capaz de adoptar cualquier apariencia…”

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