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Luis Ángel Duque Director del Museo de Arte Contemporáneo |
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Hace frío en la ciudad Febrero de 2006 |
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Hacía frío en Bogotá en 1977 el mismo año de los Novísimos Colombianos en el MACC de Caracas. Esta fue una gran colectiva de artistas jóvenes ideada por Marta Traba y aunque fue incluido en esa gran panorámica artística, Antonio Caro era el excluido en su larga marcha por las muy largas calles de la ciudad que lo vio nacer y en las que coincidí en los mismos años cuando, abriendo el cauce a ciertas prácticas artísticas sospechosas en Colombia, realizó SAL, una creación de máxima expresión Povera o cuando reinventó el trademark de Coca Cola para siempre. Pero su obra máxima de esos años fríos fue cuando recuperó y reiteró de una vez y para siempre, la caligrafía de M. Quintín Lamé, el antiguo líder indígena, cuya figura borrosa ya se perdía en el tiempo. Y lo reactualizó por el medio de reiterar su firma en los muros sacros del arte, una y otra vez. Al conocerla, fascinado por la insólita rúbrica, siempre imaginé que la redescubriría en los helados muros de la gran ciudad, reproducida con mano nerviosa por el artista, como si fuese un “Radiant Child” y así pues, me dediqué a caminar por la calles de Bogotá presintiendo que de seguro ese día las recorrió Antonio Caro en sus larguísimos recorridos matutinos, pensando y observando; pero yo los realizaba en las tardes: era la Séptima a lo largo, cruzando parques y avenidas hasta la calle 60 y de allí por vías alternas hacia el Norte, donde nos esperaba la noche de frío concentrado en acogedores espacios donde tomábamos bebidas calientes.
Nunca descubrí la firma ansiada sobre los muros helados, pero durante esos años y los siguientes la he tenido impresa en la memoria, clara y nítida como la Spiral Jetty o los meandros del Alto Orinoco visualizados desde una avioneta. Pasaron los años, ya había sucedido Grano de Miguel Ángel Rojas, en el Museo de Arte Moderno, lo cual fundamentó el arte de las ideas en Colombia y en la misma Bogotá, acercándose mi partida de ese país, un mediodía luminoso se abrió la puerta y la dueña de la casa que yo visitaba me presentó a Antonio Caro, quien había tocado el timbre. Ella es la editora Celia Sredni de Birbragher y me explicó que era Antonio Caro y me aseguró que había cruzado toda la ciudad para visitarla, pues él caminaba mucho. Por fin daba con él, y frente al fundador del arte conceptual en Colombia, sentí una gran tranquilidad. Siempre me ha gustado constatar a los mitos vivientes en carne y hueso y lo percibí adusto y estoico, de muy pocas palabras; sin la ansiedad por la comunicación verbal de los caribeños o costeños. Y aunque ese único encuentro fue justo hace 25 años, desde entonces me sentí satisfecho con Antonio Caro, pues esa misma sensación de distante plenitud la tuve cuando estuve cerca de Luis Caballero, uno de los mejores dibujantes que ha dado el continente, porque Antonio Caro desde mucho antes y hasta la fecha es uno de los pocos artistas colombianos que año tras año,–antes lo sabían pocos, ahora lo saben muchos–, a todo riesgo y a la intemperie, siempre ha estado a la altura de su tiempo.
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