Frederico Morais

Crítico de arte

Erotismo a flor de tela

Adir Sodré

 

 

 

 

Adir Sodré 

 

 

Adir Sodré

La primera cosa a ser dicha sobre Adir Sodré es que el no es un pintor primitivo. Nacido en Rondonópolis, interior de Mato Grosso, en 1962, comenzó a pintar con apenas 14 años, en Cuiabá, cuando empezó a frecuentar el taller libre de la Universidad Federal de Mato Grosso. Un año después, ya participaba en colectivas e integraba, con Gervane de Paula y otros, un grupo renovador de arte mato-grossense.                        

Es difícil explicar, para un extranjero, las enormes dificultades enfrentadas por un joven artista, pobre, mulato pero de talento explosivo, nacido y residenciado en el portal de la Amazonía, distante cerca de dos mil kilómetros de São Paulo o Río de Janeiro. En soledad y abandono sin las marcas definidoras de vastas regiones del país, como el Mato Grosso, donde no existen escuelas de bellas artes, donde, hasta casi los años 80, tampoco existían, museos, galerías, salones de arte, libros o revistas de arte, una crítica activa, etc. Pero, superando todas estas deficiencias locales y enormes dificultades materiales, Adir Sodré se convirtió en pintor –a palo y a pecho, como se dice en Brasil. Se convirtió en artista por absoluta necesidad de denunciar, a través de la pintura, todas las injusticias que el veía en su entorno -miseria, corrupción política, represión militar, etc. Al inicio, por tanto, su pintura era apenas vómito, eyección, protesta o, entonces, una crónica de la cotidianidad cuiabana y del paisaje físico y social de la región.

Pero rápidamente Adir descubrió que la pintura es, también, un lenguaje, con sus leyes específicas. A partir de este descubrimiento y procurando compensar las carencias de su formación, pasó a devorar velozmente, como un antropófago, todo lo que le caía en sus manos. Con un apetito insaciable, participa en el suculento banquete de la historia del arte brasileño e internacional, con un atrevimiento de quien no fue convidado, transformando sus cuadros en una verdadera orgía visual. Philip Guston, Matisse, Chagal, Manet, Cedron, Tarcila do Amaral, Guignard, Athayde, el arte op o pattern y la transvanguarda, miniaturas persas, el arte erótico de la India, e-makimonos, todo es devorado por él, vorazmente, pantagruelicamente, con cáscara y todo. Pone todo lo que ve en un único plato, perdón, un único cuadro, Manet y Tarsila, Guston y Gamarra, Chagall y las estampas ukiyo-é, o el lirismo guignardiano y la erótica picassiana, los mitos de la cultura de masas y los temas de actualidad mundial. Su pintura es un interminable dejeumer sur l'art. El transita la historia del arte moderno -sus casillas, ismos, autores, tendencias- como el pintor del siglo XIX percibía la naturaleza. Como el mismo dice, "chupo a Matisse, lamo a Picasso. Cada individual que hago es una colectiva de artistas". Podría decir, como Mário de Andrade, "son trescientos, son trescientos y cincuenta". Aunque es plural en la temática, su estilo es único. Su pintura tiene un rostro, sin marcas y es la burla, la ironía bruta, tosca, directa. Erotismo a flor de tela.

Pero el descubrimiento de la pintura como ente autónomo, como pulsión cromática, fue, también, el descubrimiento del placer de pintar. La práctica pictórica le proporciona tanta satisfacción, que podría decir, como Botero, que "mis cuadros están terminados cuando llegan a un estado comestible, en el cual las cosas se tornan frutas. Me divierto mucho pintando. Gozo tanto que debería pagar por el derecho de pintar y no lo contrario, como sucede. En este mundo no hay justicia". Es así como Botero pinta "perros-manzanas” y "curas-manzanas", Adir muestra en sus telas patillas-vaginas, montañas-senos, penes-mariposas, un transbordante proceso de erotización de la naturaleza. El parece concebir la vida como una cópula interminable. Con su pincel-falo hace explotar la vida en cada milímetro de sus telas. El, o Eros es tema, forma, color, decoración, gesto. Todo converge en una explosión vitalista. Es la pintura menos mórbida del Brasil de hoy.

Las feministas empedernidas pudieran ver, en él, un falócrata, pero algunos machistas no quedan menos asustados con aquella vagina fogosa dispuestas a devorar todo. Pero Adir parece no importarle las críticas. El ve las cosas de un modo lúdico, juguetón, transitando de una postura crítica a otra, lírica y amorosa. Es crítico cuando sitúa en un ring, como hacen dos luchadores de zumo, un falo y una vagina, cuando antropomorfiza uno y otro, transformándolos en una ridícula pareja de enamorados. Es todavía crítico cuando crea imágenes kitsch, como aquel corazón rodeado por decenas de penes y que guarda en su interior un paisaje erotizado, o un archimboldesco y casi grotesco "home sweet home". Pero es profundamente lírico cuando, deleitado en un campo florido, o en un cuerpo desnudo, con penes de angelitos barrocos barroco, se deja extasiar por la vía láctea, mientras, al lado, el sexo amoroso aparece desenfrenado.

Es cierto que, a veces, más que un voyeur amoroso, Adir se considera un "fucked painter", como está en el título de un autorretrato, o sea, es alguien que gustaría de estar ahí haciendo el amor y no sólo en una actitud contemplativa. Además, con frecuencia se autorrepresenta en la propia cena, o transforma un personaje de la trama en un simple narrador. O también, su manera de reafirmar la relación gozosa que tiene con la pintura, como si él quisiera decir, estoy aquí, en la pintura, y mi placer es enorme.

En fin, para el, autor, como para nosotros, espectadores, su pintura es un éxtasis permanente. En el tema como en la forma, las imágenes de sexualidad explícita como la decoración floral exuberante o la vegetación tropical lujuriosa, su pintura es puro goce, éxtasis. Casi se siente el perfume de las flores, la brisa de la noche, o el calor húmedo de la floresta amazónica, o el olor de esperma.

Viva Adir.

(volver)

  (volver a Conferencia y textos)