Manuel Carrero - Coordinador de Formación, Fundación Celarg

Discurso inaugural. Un  libro  necesario: La  conspiración  internacional  contra Cipriano  Castro  (1903-1924)

“Por encima de la historia no se puede pasar impunemente”. La frase es de Jesús Sanoja Hernández y la escribió al inicio del denso y sólido prólogo al libro: Cipriano Castro en la caricatura mundial. Lo dijo para referirse a la versión inmerecida e injusta que hasta mediados del siglo XX predominó en la historiografía venezolana en torno a la figura de Cipriano Castro. Hasta 1943, cuando se publicó El hombre de la Levita Gris, prevaleció una tesis malévola, interesada y estimulada desde muy temprano por Juan Vicente Gómez y sus áulicos, para “justificar” el derrocamiento, mantenerlo en el exilio y  afianzar la entrega del país a los monopolios petroleros.

El Cabito, novela de Pío Gil (Pedro María Morantes), que circuló en Caracas desde 1911, fue una especie de expediente punitivo apropiado a la imagen que el recién instalado gobierno necesitaba propagar sobre Cipriano Castro. En esa exitosa novela y en artículos de prensa y textos de diversos escritores, Castro es descrito como un personaje cruel, megalómano, ambicioso, buscapleitos, bebedor,  libidinoso, impulsivo, pendenciero, ciclotímico, ruidoso, impío, licencioso, desaforado y con otros estigmas que inculpaban descomposiciones y conductas impropias en su vida pública, pero nada dicen de las actitudes de un gobernante que defendió el interés nacional en diversas ocasiones y circunstancias.

Todos estos escritos en torno a Don Cipriano perfilaron una figura perniciosa y maléfica cuya permanencia en el poder apenas podía explicarse sólo por la insolvencia y negligencia de la oligarquía caraqueña para controlar el poder a través de sus viejos caudillos, o,  por supuestas taras sociológicas de los venezolanos. Con El Hombre de la Levita Gris comenzó una lenta reivindicación de Cipriano Castro; su autor Enrique Bernardo Núñez, fue el primer escritor en consultar los archivos que la misión diplomática de Estados Unidos acreditada en Caracas, enviaba  a Washington detallando el día a día de la Restauración Liberal y con esos documentos comenzó a elaborar novedosos juicios despersonalizados del tiempo de Cipriano Castro.

Para entonces habían transcurrido treinta y cinco años del derrocamiento de Castro y dos décadas de su fallecimiento; y los plumarios lisonjeros del gomecismo se quedaban gradualmente sin tinta para adular al fallecido Benemérito, al tiempo que nuevas fuerzas pugnaban para tomar parte en los escenarios políticos venezolanos.  Poco después concluía la dominación andina y comenzaba el interés por saber cómo se produjo ese fenómeno durante casi medio siglo durante el cual interrogantes y respuestas.

En 1953 Mariano Picón Salas publicó Los días de Cipriano Castro, libro de impecable prosa y trama biográfica singular, con el cual avanzó, entre en el ensayo y la historia, a una  mejor comprensión de Cipriano Castro en el poder. En sus páginas dibuja la odisea de un jefe provinciano decidido a revertir el orden de una camarilla política rentista del país, las calamidades iniciales de un presidente enfrentando dificultades de toda clase, el rechazo de los círculos políticos capitalinos, personajes y componendas, contubernios y  conspiraciones, la agresión de las potencias, el drama del  poder y el final de un hombre expatriado por su compadre Gómez, convertido en gran agente del imperialismo. Posteriormente con Los andinos en el poder, Domingo Alberto Rangel contribuyó al conocimiento histórico-social, no sólo de Castro y de esa suerte de estirpe política surgida en las montañas andinas que se tomó el poder durante medio siglo, sino del proceso de neocolonización, extranjerización cultural e implantación del imperialismo en Venezuela.

Otros trabajos contribuyeron a colocar al dictador Cipriano Castro en un lugar más ajustado con la historia. Autores ajenos o despojados de los dolores y pasiones que causaron las arbitrariedades y abusos de los Jefes de la Restauración Liberal, comenzaron a reconocer acciones patrióticas y nacionalistas que hicieron de  Cipriano Castro el hombre más hostigado por las potencias imperialistas de la época. Me atrevo a asegurar que ningún latinoamericano ha sido tan perseguido, acosado y vejado como lo fue Don Cipriano. Una muestra de ello está en las miles de caricaturas burlescas y humillantes recopiladas por el historiador estadounidense William Sullivan, profesor de la Universidad de New México, quien publicó sólo una parte de ellas en el libro Cipriano Castro en la caricatura mundial.

De modo que debió transcurrir más de medio siglo para que la investigación documental, desprovista de resentimientos y odios, comenzara a colocar a Don Cipriano en una posición más acorde con la verdad, con su tiempo y sus circunstancias. Creo necesario repetir con Sanoja Hernández: “Por encima de la Historia no se  puede pasar impunemente”. A Cipriano Castro se le injurió durante décadas, pero los documentos históricos que poco a poco se han localizado en diversos repositorios, permiten estudiar y ver a este personaje de manera más justa.

Por  ejemplo: escuchemos al propio General Castro en declaraciones ofrecidas a un periodista de “La Unión Mercantil” en Cádiz, a comienzos de 1910. Cuando el reportero le preguntó sobre su situación, él refiere la traición de Gómez y agrega: “Los Estados Unidos siguen su plan de absorción de todas las Repúblicas [de América Latina], y á éstas no les conviene. / A Europa tampoco; pero lo extraño es que ésta lo vea y lo tolere con impasibilidad suicida: en diez años se han llevado nueve países, algunos tan ricos y extensos como las Filipinas, Cuba y Puerto Rico/ ¿A dónde vamos a parar?/ Debe ser guerra de razas, y yo, para ir contra los Estados Unidos, ocuparé el lugar de más peligro: soy General y mis planes siempre salieron triunfantes”. En estas declaraciones, creo yo, revela Don Cipriano una clara consciencia patriótica y antiimperialista.

Pero oigamos más datos que aclaran cómo se ganó Cipriano Castro la malquerencia de Estados Unidos. “…Los Estados Unidos intervinieron [en la Revolución Libertadora] por mediación de la compañía Bermúdez [la New York and Bermudez Company], que negociaba en asfaltos, dando a los revolucionarios 140 mil dólares. El motivo que esta compañía tuvo para ayudar a los revolucionarios fue que estaba ya para caducar el contrato que tenía con Venezuela para la explotación de los asfaltos, contrato que era por 25 años y ya habían transcurrido 23, y como no había cumplido bien, temía perder todo, (…) y esta compañía encontró el medio de unirse a los revolucionarios de Venezuela para que viniera un nuevo gobierno que la apoyara en su propósito./ Cuando se venció [se derrotó] a los revolucionarios, sucedió que las naciones extranjeras que habían tomado parte en el movimiento revolucionario se consideraron afectadas, y de ahí el bloqueo que se declaró a Venezuela…”.

 

En verdad la New York and Bermudez Company había financiado la Revolución Libertadora organizada por Manuel Antonio Matos, quien era el más importante banquero venezolano de la época, presidente y accionista del Banco de Venezuela y del Banco de Caracas. Esa significativa “inversión” revela la relación entre el capital nacional y grandes financistas internacionales. No era circunstancial ese vínculo, Matos había estudiado durante nueve años (1859-1868) en Estados Unidos y Europa  (Alemania, Francia, Inglaterra), donde estableció nexos con empresarios y banqueros, y una vez que regresó a Venezuela se erigió como la gran figura del ámbito económico; “…pronto ha de convertirse en uno de los hombres más ricos de Venezuela y de hecho, en el vocero de la naciente burguesía financiera y empresarial del país.

Castro no ofreció más detalles sobre el bloqueo, pero esa violación a nuestra soberanía –es necesario decirlo-,  fue una acción coaligada de las potencias imperialistas para resolver apetencias y pugnas sobre el suelo de una nación virtualmente inerme, una acción bastarda, propia de gavilleros validos del enorme poder militar que poseían.

En la entrevista, Castro deja ver que creyó en la buena voluntad del Ministro Bowen, [Embajador de EE. UU. en Caracas], para solucionar el problema, y lo aprobó como mediador pero condicionando su trabajo a las decisiones finales de un superárbitro nombrado por Castro [un holandés que había sido Gobernador en Curazao].   

El presidente de los Estados Unidos, Teodoro Roosvelt, había asumido la defensa de la New York and Bermudez Company como una cuestión de Estado. Es posible que altos miembros de instituciones gubernamentales fueran accionistas de la empresa, o quizá se trazaba de una estrategia para doblegar la decisión de los tribunales y del gobierno venezolano para debilitaba nuestra soberanía y ponerla bajo sus determinaciones como finalmente sucedió cuando Castro fue derrocado y el gobierno de Gómez se sometió a Washington.

Entonces los EE. UU., entraron en reclamación contra Venezuela como lo había hecho Alemania, Inglaterra e Italia. Defendían los  intereses de la New York and  Bermúdez Company, la compañía Manoa que explotaba yacimientos de hierro en el Delta del Orinoco y la Griffet que explotaba asfalto en Maracaibo. Pero cuando el superárbitro determinó que los reclamos de esas compañías tenían que resolverse en los tribunales venezolanos, el gobierno de Estados Unidos se negó a aceptar la decisión de las instancias tribunalicias.

Dijo Castro que esa fue una permanente discusión con Roosvelt durante cinco o seis años y que “Cuando el gobierno de Estados Unidos se convenció de que no podía conseguir nada, resolvió retirar su ministro y cortar relaciones con el gobierno de Venezuela”.

Así estaban las cosas cuando Castro marchó a Alemania a operarse. Juan Vicente  Gómez, “…que ya debía estar convenido de antemano con los Estados Unidos –según le dijo Castro al periodista-, declaró lo que se ha llamado <<la reacción>> y los Estados Unidos enviaron barcos de guerra a La Guaira para apoyarle, haciéndose a renglón seguido como han querido los norteamericanos…”; es decir: Gómez anuló la sentencia contra la New York and Bermúdez Company por cincuenta millones de bolívares, y con ello aceptó subordinarse ante Washington. Esa deshonra se tradujo en la entrega de nuestra soberanía y la conversión de Venezuela en una colonia de nueva traza, condición que perduró hasta el advenimiento de la Revolución Bolivariana.

      A lo largo de la entrevista Castro se declara consciente de la realidad imperialista de  Estados Unidos: “A la doctrina Monroe que es una especie de reto de los Estados Unidos á Europa, le han puesto un aditamento los norteamericanos y ya no es <<América para los americanos>> sino <<América para los americanos del Norte>>”.  Castro señala la indiferencia de Europa ante el avasallamiento estadounidense en América Latina en los términos siguientes: “…en 12 años –dice Castro- se han apoderado de Cuba, Filipinas, Santo Domingo, Puerto Rico, Panamá, Venezuela, que es casi un protectorado; Colombia, que están sobre ella, y últimamente Nicaragua, donde acaba de hacerse una revolución a Celaya. Ocho países en el espacio de 12 años.”

 El General Castro dijo al periodista que ante la amenaza del imperio estadounidense era necesario: “O bien formar una gran república de Colombia compuesta por Venezuela, Colombia y Ecuador, o bien la constitución de un gran tribunal permanente de arbitraje para dirimir todas las controversias y todas las cuestiones y para fomentar sus relaciones de amistad y de comercio y  de navegación…”.

Así expresaba su antiimperialismo Don Cipriano. Era patriota y nacionalista con sentido latino-caribeño. Basta saber que Estados Unidos lo hostigó sin descanso, lo cual es una clave para su valoración, sobre todo cuando otros gobernantes aceptaban subordinar los intereses nacionales y acatar las determinaciones de Washington.

Veamos cómo se produjo el golpe contra Cipriano Castro: Rufino Blanco Fombona refiere en su libro Camino de imperfección. Diario de mi vida (1906-1913) cómo se organizó el golpe, Desde el día once y doce de diciembre comenzaron las  acciones de calle, primero un mitin contra la dictadura de Castro, para lo cual se tomó como excusa una manifestación antiholandesa debido a la captura de naves venezolanas por un crucero holandés, luego la marcha de grupos que vociferan contra la tiranía castrista por varias calles de Caracas,  concentraciones frente a locales de reconocidos castristas, saqueo de casas comerciales,  alteración del orden público, etc.

El 13 de diciembre Gómez hizo publicar un Decreto anunciando que asumía todos los poderes públicos y el día 19 inventó una conjura para matarlo, e hizo circular el célebre telegrama que decía: “la culebra se mata por la cabeza”, que se traducía en una supuesta orden de Don Cipriano para asesinarlo. Inmediatamente dispuso el encarcelamiento de todos los Ministros y altos funcionarios castristas y publicó una alocución informando el nuevo Gabinete ministerial. Garantizaba las libertades públicas y la autonomía de los Estados, la protección a la industria y la solución pacífica de  los conflictos con otros países. Sin embargo la realidad de estos episodios era otra: todo esto estaba planeado, no fue el telegrama ni la conjura. El 14 de diciembre, es decir, cinco días antes del supuesto atentado el Canciller José de Jesús Paúl, uno de los más activos traidores en la traición contra Castro, solicitó al Embajador de Brasil en Caracas, Luis de Lorena Ferreira -encargado de los asuntos estadounidenses en Venezuela desde la ruptura de relaciones a mitad de 1908-, que se comunicara con el Embajador de Brasil en Washington para pedirle al gobierno de Estados Unidos el pronto reestablecimiento relaciones y el arreglo de las diferencias: Leamos la infamante postración de Gómez a través del telegrama enviado por Lorena Ferreira: “Reacción iniciada contra General Castro, Ministro de Relaciones Exteriores me requirió hoy pedir hacer constar [al]  Gobierno americano voluntad Presidente Gómez ultimar satisfactoriamente todas las cuestiones internacionales. Halla conveniente presencia de nave de guerra americana  La Guaira [en] previsión de acontecimientos…”.

A los pocos días José de Jesús Paúl fue nombrado Ministro Plenipotenciario de Venezuela ante los reinos de Alemania, Gran Bretaña e Italia, con la misión de superar todo obstáculo en el restablecimiento de relaciones cordiales y hacer lo necesario para impedir la adquisición de armas por parte del General Castro en esos países.

Inmediato al telegrama de Lorena Ferreira, Washington informó el nombramiento de  William I. Buchanan, como Alto Comisionado Representante del Presidente de los Estados Unidos para iniciar los arreglos que requerían las compañías demandadas por los tribunales venezolanos; y entre el 25 y 30 de diciembre llegaron a La Guaira tres naves de guerra: la cañonera “Dolphin”,  en crucero “Nort Carolina” y el acorazado “Des Moines” las cuales transportaban entre 4.500 y 5.000 tropas.

Para entonces al General Castro se le había suspendido legalmente de sus funciones y un juicio en los tribunales le imputaba la autoría del asesinato del General  Antonio Paredes en 1907 y la conjura para asesinar al General Gómez del pasado 19 de diciembre.

El 13 de febrero de 1909 Francisco González Guinán, nuevo Canciller del gobierno venezolano y William I, Buchanan, firmaron los protocolos que daban por concluidos  los  reclamos venezolanos a las compañías estadounidenses. Insistimos en recalcar que ese acuerdo anulando las legítimas reclamaciones de Venezuela contra las compañías norteamericanas significó, en términos de nuestra historia nacional, la aceptación de un protectorado, la conversión de República soberana a una neocolonia y la inserción de Venezuela en la órbita del imperialismo estadounidense hasta el triunfo de la Revolución Bolivariana.

Quienes se interesen en conocer las tramas imperialista para penetrar los conductos neurálgicos de nuestra economía y cultura, deben leer, analizar y discutir este libro que presentamos hoy: La conspiración internacional contra Cipriano Castro (1903-1924), no sólo por lo que atañe a Don Cipriano, sino por lo que simbolizó su posición frente las potencias foráneas; cómo actuó el imperialismo en el pasado y cómo actúa en el presente y cómo forman a los truhanes que fraguan las nuevas formas de coloniaje. Es un libro que hacía falta en la historiografía venezolana para estudiar el problema: soberanía nacional v.s. imperialismo

Está conformado por seis trabajos sólidos, bien documentados, con información rigurosa, con documentos no difundidos hasta ahora y lo complementa una interesante síntesis cronológica. Parafraseando a Luigi Pirandello, diremos que son seis autores en busca de una clave histórica.  Ellos autores son:

Moravia Peralta Hernández escribió: Los Protocolos de Washington como antecedente de una política hegemónica  de los Estados Unidos de Norteamérica,

Iliana Gómez Tovar: Tensiones diplomáticas de Venezuela con las potencias mundiales  (1904-1908)

Yepsaly Hernández Núñez: La New York and Bermúdez Company y las tensiones diplomáticas entre Venezuela y EE. UU. 1901-1908

 Damarys Cordero: Entretelones de un golpe, participación de los Estadios Unidos de Norteamérica en los acontecimientos que rodaron el golpe de Estado contra Cipriano Castro

Laura Arreaza Arana: Primeros años de exilio de Cipriano Castro (1908-1912)

Daniel Blanco Rojas: Exilio de Cipriano Castro en tierras americanas (1912-1924)

Krikor Biranian: Cronología de la vida de Cipriano Castro

 El libro contiene, además, un ordenado Índice documental de suma utilidad para los especialistas  en Historia, pero mejor aún para quienes no lo son. Adicionalmente incluye una serie de fotografías de altísima calidad que ilustran cada tema. Es un libro que debe leerse para comprender los tiempos de la dominación neocolonial y el tiempo de larga duración de nuestra Revolución venezolana y bolivariana.

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