Dafna Talmor

Reflexiones

Una fotografía es siempre un objeto del pasado. Una vez que se dispara el “click”, ya todo está hecho, es el momento ya ido y que ya no volverá a ser. Creo que esto es lo que hace de la fotografía un objeto tan colmado de nostalgia y que habla de una especie de muerte. Nos muestra lo que ya no poseemos, lo que está perdido y lo que está ausente. Al mismo tiempo, nos muestra lo que tuvimos, aunque sólo fuera por un momento. Muestra la realidad y, simultáneamente, la no-realidad. Encubre en la medida que revela. Es esta doble naturaleza de la fotografía lo que me fascina. Abre todo un mundo de posibilidades ya que nos permite pensar en lo que pasó antes y lo que podría venir después. Aún siendo un objeto del pasado, engloba todos los tiempos.

Creo que una buena fotografía debería dejar espacio para que la imaginación deambule, para crear historias, para acribillar pensamientos. Las fotografías nos rodean en tantas formas diferentes y sin embargo, aún así infunden un sentido de fascinación y de intriga en muchas personas. Creo que nunca nos sentiremos impasibles ante  las fotografías pues juegan un papel clave en la manera en que construimos recuerdos y relatos; allí está todo lo que existe más allá del marco. Quizás por eso considero que “congelar el tiempo”, una frase frecuentemente usada para  describir una fotografía, es una terminología equivocada. Si algo hace una fotografía es más bien activar el tiempo en la mente de quien la mira.

Durante los últimos siete años he estado usando el medio de la fotografía. Aún cuando usé otros medios, es al de la  fotografía al que siempre volví. Quizás por el hecho de que, a lo largo de mi vida, me he desplazado por distintos lugares, era justamente la cámara la única cosa que podía llevar siempre conmigo y, a través de ella, los objetos y recuerdos que ella creaba. Esta era la forma en que transportaba mi hogar, o la manera en que me las arreglaba con el hecho de cambiar constantemente mi entorno. Fue una forma de tener control. El hecho de registrar algo con mi cámara me da la sensación de tener control, me da la sensación de llevarme algo cuando me voy. Me alivia de una cierta ansiedad la cual tiene que ver con el hecho de dejar el sitio, los seres queridos, las cosas. Y a pesar de que la fotografía nunca reemplaza al objeto “real”, llena el vacío que ese objeto real deja. Es un intento desesperado de aferrarse a algo a lo que es imposible aferrarse.

Hasta aquí, da la impresión que la mayor parte del trabajo que he realizado en los últimos años se lleva a cabo en el momento que, física o mentalmente, dejo un lugar, una persona, una situación. Pareciera ser la última oportunidad; existe una fuerte sensación de urgencia por tomar la fotografía antes de que sea demasiado tarde. Esto no siempre es necesariamente obvio en la imagen, pero si es la fuerza que la impulsa.

Una de mis obras, “Un Beso en la Cuello”, refleja la urgencia. Terminaba el verano y estaba dejando Israel, el país donde nací para regresar a Londres. Nuevamente tenía que despedirme de mi abuelo, con quien me  sentí muy ligada. Siempre fue duro hacerlo, pero cada vez se volvía más difícil. El tiempo pasaba: el no se ponía más joven y su salud se estaba deteriorando. Su estado mental estaba todavía intacto, así es que cuando lo visité en su habitación en el ancianato donde vivía en Tel Aviv, llevé mi cámara y sugerí que nos tomáramos algunas fotos juntos. Esto le produjo una gran felicidad ya que tanto él como yo sentimos que compartíamos un momento especial. Era, en cierto modo, un intento de tender un puente sobre una brecha; el acto cruzó sobre mis dos vidas, las cuales nos separaban. Era una manera de explicar cosas sin palabras. Siempre parecía imposible explicarle lo que yo andaba haciendo “por allí”; era todo demasiado abstracto.

Más tarde, cuando miré las imágenes en mi estudio en Londres, me di cuenta de todo lo que había sido captado. Mi trabajo surge de un lugar extremadamente personal, pero procura es hablar de cosas universales. “Un Beso en la Cuello” es un ejemplo de esto. Describe un ritual muy singular para mi abuelo y para mí. De hecho fue siempre lo especial que sólo él y yo hicimos, que es el motivo por el cual se escogió con tanta naturalidad para restituirlo ante la cámara (en lugar de alguna otra cosa). A pesar de la singularidad de este acto, sus imágenes resultaron más amplias, más universales. Ellas hablan de adioses, de vínculos y de la mortalidad.

Podría decir que mis fotografías son una combinación de algo escenificado y no escenificado a la vez, en el sentido de que la acción (o la no-acción, dependiendo de cada fotografía), es escenificada y los alrededores están hechos de elementos parcialmente implantados y objetos que concuerdan con los ya presentes (o encontrados). Las fotografías a menudo tienen lugar en interiores, un espacio doméstico, un espacio, que es contenido. Es entonces una cuestión de trabajar dentro de las limitaciones del ambiente y de interactuar con el espacio. Hay siempre una sugerencia de lo exterior o, más bien, de la relación entre lo interno y lo externo.

Por ejemplo, “Intimidad de lo Extraño” está compuesto por dos sub-series, las cuales tienen lugar en dos espacios domésticos, un baño y un dormitorio. Ambas series se resuelven alrededor de la interacción entre el sujeto (que soy yo) y las cortinas que cuelgan de las ventanas. El sujeto habita el espacio relativo creado por el área entre las cortinas y la ventana. Este es un espacio  en medio que no está ni aquí ni allá. La persona detrás de la cortina se esconde y se revela a la vez. Es a través de la acción de colocar parte del cuerpo “adentro” y el resto “afuera” que se puede sentir la incertidumbre o la indecisión del Sujeto. Incapaz de comprometerse con un lugar, o de escoger entre el seguro mundo interior y el más peligroso, confuso mundo exterior, termina por escoger una especie de espacio neutral en medio. Los espacios interiores, por ende, juegan un papel importante en mi trabajo en distintas formas. Ellos reflejan lo que las personas crean como mundos interiores, mundos que podrían estar en cualquier parte. El interior es mi realidad. El exterior, sólo sugerido pero nunca realizado, se refiere a la ambivalencia sentida por el sujeto atrapado entre dos mundos.

Dafna Talmor

Visiones obstruidas

La relación entre lo interior y lo exterior tanto en un sentido físico como psicológico, ha sido de gran relevancia en mi trabajo fotográfico en los últimos años. La relación entre el Sujeto y su espacio, cómo uno afecta al otro, es algo que he estado explorando en profundidad. En mis fotografías, de ninguna manera tengo interés en hablar de un lugar específico, (en vista de que me uso a mí misma y personas cercanas a mí en mis fotografías), sobre personas como individuos. La relación entre lo autobiográfico y lo universal quitando una especie de subjetividad e incorporando una cierta distancia, es en lo que estoy interesada. El papel del Sujeto y la ubicación es meramente el de un stand-in. Es por esto que la identidad del sujeto y la locación de las fotografías no son en ningún momento revelados dentro de la imagen o a través de los títulos.

Como lo mencioné antes, la relación entre lo que yace afuera y el emplazamiento del Sujeto situado en el espacio interior, es lo que está en juego en mis fotografías. El emplazamiento del Sujeto mirando hacia fuera tiene el objeto de referirse a cierta ambivalencia, una especie de revoloteo; por una parte expresando un deseo, nostalgia por lo exterior mientras permanece a salvo adentro.

La ventana, la cual es un elemento recurrente en mi obra para sugerir el mundo exterior, es empleada, paradójicamente, para extender el “panorama”.  Pues a pesar de que la ventana es lo que ofrece esta extensión es también lo que niega al observador el conocimiento de lo que yace afuera. En obras anteriores, la obstrucción a lo que estaba fuera de la ventana estaba siempre completo, como se puede ver en la fotografía del Mar Muerto (2000) y en algunas de las fotografías más recientes como Sin Título (2003). Sin embargo, en las obras de los últimos dos años se ha extendido una Interacción entre la ventana y el panorama. A pesar de que  recientemente comencé exponiendo lo que estaba fuera de la ventana, el panorama se mantiene brumoso y algo está siempre en el camino que impide  tener una vista completa. Esto sirve como una metáfora de mirar  y se refiere a la noción de lo que podemos o no podemos ver, no solamente en una manera fotográfica, sino también en una manera más general. Sin embargo, la vista hacia el exterior todavía no provee suficiente información para dar especificidad y, en cambio, actúa como un espacio proyectado, un espacio virtual.

El meollo de mi práctica se desarrolla alrededor de la noción del lugar. cuestiones de movilidad y el aspecto transitorio de nuestras vidas es en lo que estoy interesada en aludir en mi trabajo fotográfico de una manera metafórica.

(volver)