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Un debate abierto en el marco de la exposición ZONA DE DISTENSIÓN (inventario y estadísticas de una experiencia de diálogo). David Palacios |
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Aníbal Ortizpozo Eruditos, curadurías y otras mentiras o, la basurita debajo de la alfombra Caracas, 11 de abril de 2003 |
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Hoy
para nadie es un misterio ni siquiera se duda al afirmar, que la
historia del arte y la cultura venezolana, como toda historia oficial,
está hecha de mezquindades y exclusiones; apoyada en una crítica
complaciente y mercadeada por el poder económico de una clase
adinerada con escasa educación artística y snob que embriagada de
poder se dedicó a halagar, comprar y seducir a los artistas e
intelectuales, donde aún los más rebeldes y sus lenguajes llamados
“subversivos” cedieron a la tentación del poder y del mercado. En
esta historia todos somos co-responsables en mayor o menor grado desde
el poder funcionario estatal o desde el poder económico empresarial.
Algunos en participación abierta y descarada y otros que se
transformaron en cómplices guardando silencio ante
hechos denigrantes. Muchos vivimos la contradicción de
participar en eventos que en principio nos parecieron correctos, para
darnos cuenta después de la manipulación de intereses extra-artísticos
que ocultaban. Frente
a la Historia oficial del arte y la cultura venezolana, está la otra
Historia, la paralela, la underground, la desconocida y enmarañada en
el borrón histórico, esa es la que se mantiene oculta en el campo
virgen de la investigación artística que debemos impulsar y
profundizar sin prejuicios políticos ni estéticos, para poner las
cosas en su justo lugar. Apoyada
en tres cariátides como lo fueron Mariano Picón Salas, Uslar Pietri
y Miguel Otero Silva, la Cultura y el Arte venezolano
se enrumbaron por el consumo artístico cultural
internacional-snob y bajo el slogan “París bien vale una
Misa”, privilegiaron y acudieron a culturizarse en los grandes
centros de la cultura universal, establecidos en París, Madrid, Nueva
York. Aquí vale la pena preguntarse: sobre algunos escritos que
intentaron desmontar el discurso de la cultura oficial, por ejemplo:
el libro Uslar Pietri, Cultura y Dependencia del escritor Mario
Szichman. Es necesario leerlo o releerlo hoy para la comprensión de
la conformación de nuestra verdadera historia cultural. Adelantados
de todas las nacionalidades introdujeron a la gran ceremonia de
iniciación a talentos criollos quienes adulados por una crítica
complaciente se hicieron maestros nacionales a temprana edad, serán
los mismos a que se refiere el escritor Mario Szichman en otro libro
de su autoría Miguel Otero Silva. Antología de una generación
frustrada cuyos análisis siguen vigentes para el debate que debe
darse en estos tiempos. Siguiendo con las lecturas, una enorme
responsabilidad tuvo en la construcción de la historia oficial del
arte y la cultura venezolana, y especialmente en su comercio, el Sr.
Alfredo Boulton, cuyos escritos influyeron en las “no originales”
plumas de otros críticos más jóvenes. Basta analizar sus textos con
sentido común y comprobaremos la mil veces contada historia mentirosa
de Armando Reverón y su cliché de “solitario loco”. Hoy se
devela la explotación incruenta de que fue objeto y las jugosas
ganancias que sus colecciones dejan a quien las posee. En
los años 70 y 80 lo que Juan
Calzadilla llamó “vanguardia crítica” se concentró en los
dibujantes y gráficos quienes convocaron a la inteligencia sensible
del país, la que se dio cita en pequeñas galerías como la del Techo
de la Ballena, la Viva México, La Trinchera y
la Cruz del Sur, para citar sólo algunas. Parte la producción
artístico-plástica de esos tiempos la podemos encontrar en libros
como Tiempo y espacio del dibujo en Venezuela de Juan
Calzadilla, El
Dibujo en Venezuela».
Estudio y Antología de Textos
de Roldán Esteva-Grillet, y en algunos escritos de Roberto Guevara. Ediciones
limitadas, desconocidas, que no trascendieron al conocimiento y
memoria del país. Muchas acciones como Fragmentos de la memoria erótica
de Venezuela y su producto expositivo-gráfico El paquete erótico.
que convocó a más de un centenar de artistas liderizados por Víctor
Hugo Irazábal, también pasó a la historia sin pena ni gloria.
Igualmente los videos de ese gran artista del performance que fue Juan
Loyola. Es necesario decir que para ese tiempo ya la élite artística
se reagrupaba hacia objetivos comerciales y de poder. El arte político
crítico que subsistía en las llamadas vanguardias, les era incómodo.
El respaldo vino del exterior, neoliberalismo, postmodernidad,
transvanguardia (o por lo menos la asimilación formal de movimientos
artísticos foráneos) y su eco en Venezuela se desarrolló
como alternativa. Fue en la Galería Sotavento donde
aprendieron su negocio Ruth Auerbach y Zuleiva Vivas, bajo la tutela
de la señora Sofía Imber lo hizo María Luz Cárdenas y en la Sala
Mendoza, Axel Stein y Ariel Jiménez (hijo pródigo
de Sofía Imber). Personajes todos
afables, educados, contra quienes no tengo nada personal. Ellos
hicieron lo posible por borrar, al menos en la programación y
selección de obras, toda la producción simbólica-artística de los
años 70 y 80, enarbolando las banderas de la “libertad creadora”.
Pero al menos en una entrevista publicada en El Nacional fueron
desenmascarados por María Elena Ramos -que a pesar de no dar nombres,
todos sabíamos hacia dónde apuntaba las baterías- cuando expresó:
“Hay críticos y promotores
que arman arbitrariamente estilos; hay fabricantes de modas del
mercado que liderizan tendencias a veces totalmente artificiosas; hay
maestros mediocres que liderizan seguidores a su imagen y semejanza;
hay artistas “maduros” que
liderizan de modo vertical y tiránico a grupos de jóvenes creadores”.
Sin embargo, a pesar de la conciencia de algunos, nada detuvo la
fiebre instaladora que surgió como una moda epidémica en Venezuela,
especialmente entre los jóvenes -aunque también ha influido a otros
menos jóvenes- con una producción subsidiada por las empresas,
manipulada por curadores quienes han estimulado soluciones plásticas
de obras asimiladas formalmente de catálogos de la Bienal de São
Paulo o de Venecia, bajo el dogma del arte conceptual que sostiene
“el arte es idea”. También
surgieron las FIAs como el mayor ejemplo de un mercado persa de las
artes o convención de galeristas tratando de vender o intercambiar lo
más comercial y exitoso, eso sí, en pequeño formato exigido
a los artistas, que les llevó a producir algo parecido a pequeñas
maquetas mediocres de sus mejores obras de gran escala (recuerdo en
este sentido pequeñas piezas y múltiples de los escultores R.Barrios,
C.Prada y M. De la Fuente). Es en este mismo tiempo donde alcanza su
mayor producción una crítica artística aún más complaciente y de
doble moral cuando el crítico escribe y al mismo tiempo es vendedor
del artista a quien elogia y lo incluye en Bienales por invitación. En
el debate propiciado por el Celarg en Internet donde participa el Sr.
Pérez Oramas –a quien no conozco y no tengo nada personal contra él–
debiera explicarse para mejor compresión de su alegato, que en su
currículum lo más destacado es el pertenecer a la pequeña
“rosca” de venezolanos con poder que influyó y pretende influir
en los lineamientos del arte que se debía hacer y el que debe
ignorarse o excluirse. Por lo tanto, es comprensible que para oponerse
al texto de Juan Carlos Rodríguez sobre la propuesta Zona de
Distensión de David
Palacios, no hace sino defender su posición política clasista en la
producción artística venezolana y sumarse al discurso de la oposición
golpista. El
señor Pérez Oramas ignora, al igual que Félix Suazo y Marian
Caballero, lo vinculante de la ideología del Techo de la Ballena con
el Congreso Cultural de Cabimas cuyas propuestas están inscritas en
los llamados “lenguajes de la subversión del arte venezolano”,
que aún hoy tienen vigencia. También dice que el Techo de la Ballena
fracasó. Seguramente se refiere a alguna actitud individual de sus
participantes que sin principios sólidos que sostener, que no fueran
el protagonismo personal, saltaron la talanquera, o más bien saltaron
del “Techo de la Ballena a la República del Este”. A
lo largo de esta historia oficial es común acceder a la lectura de
textos diletantes del Arte Plástico Venezolano donde no se encuentra
referencias a ignominiosas exclusiones. Por ejemplo, en la exposición
El Techo de la Ballena en la GAN, se ha excluido y se lo sigue
haciendo a uno de los
miembros más lúcidos y talentosos miembros del Techo de la Ballena
como lo fue Dámaso Ogaz. También fue totalmente ignorado en la
revisión de los años 60 realizada por Federica Palomero en la
exposición por ella curada: La década prodigiosa, presentada
en el Museo de Bellas Artes, en julio de 1995.
¿Saben
estos curadores que Dámaso Ogaz es considerado en Francia e Italia,
donde editó poemas y poesía visual, uno de los padres del “Mail
Art”?. Para Dámaso el fracaso del Techo de la Ballena no podría
haber existido cuando afirma que: “el Arte es ilegal”, no oficial.
El excluido Dámaso Ogaz murió solo sin recursos económicos, enfermo
como un caminante lúcido entre Valera y Barquisimeto, pregunto: ¿se
le excluye por ignorancia o por mezquindad? La
mayoría de los creadores estamos llenos de experiencias en pos de la
libertad creadora y de que se nos respete el derecho a expresarnos, a
exhibir nuestras obras y ser diferentes. En la otra historia, la que
nos entristece y que desconoce el pequeño “grupo de poder
oficial” que decide sobre el arte, están los recuerdos.
Personalmente pienso en los desayunos criollos en el taller de ese
hombre afable que fue César Rengifo. Allí emergían conversaciones
sobre los sueños de justicia social, nuestras derrotas y por sobre
todo, las experiencias latinoamericanas del Teatro de la Calle.
Rengifo hablaba con orgullo y principios de su negativa ante los
halagos del poder. Me enteré de su propia boca que jamás aceptó ni
aceptaría una condecoración de Gobierno alguno. Qué tristeza, al
encontrarlo después de muerto, su cadáver en la Galería de Arte
Nacional de donde estaba excluido de por vida, con una condecoración
post-mortem clavada en su pecho, mientras el Presidente Herrera
Campins lo homenajeaba con un discurso, sobre su magnífica política
cultural, ante una bobalicona presencia cómplice de destacados
artistas plásticos. Así mismo, pasó con Gabriel Bracho y Pedro León
Castro. Por suerte los cadáveres de Luis Lusik, Enrique Kron y Dámaso
Ogaz no los consiguieron para este cruel “reality show” de la
historia oficial de la plástica venezolana. Lo
que escribo no me lo contaron ni lo leí, soy testigo presencial.
También soy actor con la participación de mi propia obra. No me
siento un excluido, como dibujante o pintor. Me siento excluido como
pensamiento crítico. He intentado sumar esfuerzos con grupos
comunitarios de trabajo y autogestión, para romper el tradicional ego
y dependencia de los subsidios estatales. Importantes críticos del
sistema conocieron y escribieron sobre mi obra; Roberto Guevara, Perán
Erminy, Willy Aranguren, María Elena Ramos, Víctor Guédez entre
otros, por lo que soy parte de esa historia oficial de las Artes Plásticas
Venezolanas que propongo sea revisada e investigada a fondo. En
la historia oficial hay mucho trabajo artístico valioso que se ignoró
y por supuesto, no fue registrado
por los eruditos historiadores y curadores. En relación al grupo
Confrontación Real integrado por Eneko, Peli, Mundo Vargas, Mari
Carmen Pérez, Gilberto Ramírez y OP, pregunto: ¿qué se sabe de las
acciones artísticas y propuestas multidisciplinarias, instalaciones y
performances que se realizaron a partir de la Viva México? Sólo
citaré dos acciones: la performance titulada “Con decoro,
cuyo maestro de ceremonias fue actuado por ese excelente dibujante
valenciano Edmundo Vargas quien leía el discurso inaugural de la
ceremonia escrito nada menos que por Isabel Allende, mientras las
“medallas” de las distintas órdenes fueron diseñadas y
producidas por la ceramista Renate Pozo, entre las que destacamos
condecoraciones al “Televidente de tiempo completo” y a “La
capacidad de aguante” del venezolano. Performance ésta, con gran
asistencia e impacto del contenido. El manifiesto de este grupo está
impreso en un calendario que se diseñó para satirizar las efemérides
de la cotidianidad comercial, pero este equipo de trabajo fue más allá
y realizó una obra colectiva de 3 x 10 x 5 metros titulada El
circo que estuvo presente en la Primera Bienal de La Habana
y que posteriormente ganó el premio “Luis Eduardo Chávez” en el XLIII
Salón Michelena de Valencia, en 1985. La paradoja –y no es una
excepción- se evidenció cuando el Ateneo de Valencia le encargó
escribir un libro, o sea la Historia oficial, de los Salones
Michelena, al crítico Willy Aranguren quien (y no lo responsabilizo
directamente) omitió en los textos de este impreso, la obra El
Circo, sus autores y el premio. A
propósito del Salón Michelena, el Salón de Aragua y
otras bienales regionales, quiero decir que en estos eventos, como
parece natural, se registran todo tipo de trampas, abusos y
exclusiones producto de las distintas “roscas del poder” y
presiones de las galerías comerciales a través de sus críticos
pagados que mayoritariamente y “coincidencialmente”, se incluyen
como jurados. En el Salón Michelena, y lo se por experiencia
solidaria, le entregaban obras a empresas patrocinantes, sin que el
premio fuera de adquisición (caso de Edmundo Vargas). Artistas como
Gaudi Esté rechazaron el premio otorgado. En fin, sería muy larga la
lista de irregularidades. Sólo para finalizar, recuerdo la demanda y
el juicio que entablara y ganara la artista Gloria Fiallo porque su
obra fue rechazada sin ser desembalada ni vista por el jurado
constituido por María Luz Cárdenas, María Elena Huizi, Alberto
Asprino, entre otros. El subjetivismo y la discrecionalidad sumado a
intereses económicos, confirman lo expresado por mí en las Primeras
Jornadas Nacionales de Reflexión sobre
Salones de Arte en Venezuela, 1991, CONAC. (¿quién conoce
esta publicación del CONAC?), con relación a que una variada
presencia de intereses extra-artísticos de los jurados hacen que sus
decisiones sean tan discrecionales y subjetivas. Por ejemplo, para un
mismo envío, si se cambia el jurado, cambian también la selección y
los premios. También propuse que las deliberaciones de los jurados no
se oculten, como si ellas constituyesen un hecho “de delincuencia
cultural”. En
el circuito del arte y la cultura venezolana ya no se puede comulgar más
con “ruedas de carreta” que ofrecen en sus programaciones
oficiales estos santuarios llamados Museos donde la obra se ha
congelado y petrificado en los muros, donde se ha “cosificado”,
donde las expresiones artísticas mueren de soledad porque sus
creadores viven en el exitoso individualismo alejados de la vida y
donde la mayoría del pueblo pobre venezolano no accede, ya sea porque
no maneja los códigos allí presentes o porque simplemente no toman
en cuenta sus propios intereses. La
historia oficial de la Plástica y la Cultura Venezolana es una
historia signada por una crítica complaciente. Durante los
veinticinco años en que he participado en la producción artística
nacional, todo lo que se produjo era reforzado por textos dulces
llenos de halago y calificativos. La
basurita debajo de la alfombra que ilustra el pequeño sub-mundo a que
me refiero está en el libro que recomiendo leer Sofía Imber: La
Intransigente de Manón Kubler. Quedan todavía algunos ejemplares
por ahí, que se salvaron del retiro de librerías y quioscos para ser
picados. Los
primeros textos críticos equilibrados, profundos, bien fundamentados
y sin complacencia los leí en la columna Mirar en Caracas que
escribía Marta Traba, una importante critica de arte latinoamericana,
quien nunca se autocensuró y valientemente expresó lo que pensaba
respecto de la producción plástica que se exhibía en Venezuela.
Nunca pensé que esta actitud le traería dificultades y agresiones
por parte de los artistas. En efecto, llegó a Venezuela un artista
argentino de apellido Pérez Célis quien, gracias a sus recursos económicos,
se instaló en una quinta en Bello Monte donde festejó a la
burocracia artística de ese tiempo con faraónicas cenas, donde también
asistieron periodistas “palangristas” a quienes regaló obra gráfica
y libros de lujo, full color, producidos por él mismo. Resultado: sin
tener méritos artísticos suficientes, se le organizó una exposición
en el Museo de Bellas Artes y se le invitó a representar a su país
en una exposición internacional en Venezuela. Ante esta situación,
la crítica de arte Marta Traba escribió, dejando claro que la obra y
el personaje no tenían el nivel ni para representar a Argentina, ni
para exponer en el Museo de Bellas Artes. El muy hombre Pérez Celis
esperó a la crítica en la Inauguración de la Exposición en el
Museo de Bellas Artes donde ella asistía con su esposo, el escritor
Ángel Rama, y después de esperar que él se alejara de ella, la
agredió, insultándola y golpeándola
en la cara. Marta, según me lo expresó telefónicamente, quedó en
shock y sólo atinó a alejarse de su esposo para que éste no se
enterara, pues estaba convaleciente y cargaba un marcapaso. Lo grave
de esta anécdota, que está en la “basurita debajo de la
alfombra” de la historia oficial del Arte en Venezuela, es que los
artistas venezolanos presentes o los que se enteraron posteriormente,
aplaudieron esa agresión. Incluso circuló un texto para que lo
firmaran los artistas donde se pedía que se expulsara a esta crítica
de arte del país. ¿Será
por eso que nadie se atreve a escribir o denunciar el maltratos,
humillaciones y exclusiones injustas que suceden en el campo del Arte
y la Cultura? o supuestamente no tener enemigos, porque las opiniones
disidentes no son consideradas opiniones que se puedan debatir, sino más
bien agresiones. Por
ello, ante los discursos sobre Arte que pretenden defender posiciones
personales relativistas o dogmáticas, mi propuesta es de revisar las
bases históricas del arte y la cultura venezolanos y profundizar en
la “otra historia”, la paralela, la de los excluidos, la que no
defiende intereses de galeristas y críticos. Las
nuevas generaciones, los jóvenes artistas, con otras metas, con otros
intereses, llenos de fuerza y creatividad son bienvenidas, pero
también nos llenan de dudas, porque muchos de ellos nacen
contaminados. Traen dentro el pecado original de su dependencia del
sistema económico que quieren sustituir. Con una facilidad inaudita
se adhieren al mapa de movimientos artísticos internacionales de una
supuesta vanguardia y que son sólo moda. Hay que hacer arte
conceptual dicen los curadores, el “arte es idea”, (¿cuándo no
lo fue?). La creación artística de los jóvenes empieza a ser
permeada por la lumínica, la neumática, la antropológica, y la política
barata. Las ideas de los jóvenes, que no siempre son ellos, sino de
un curador que los manipula, se “Pirelliza” se
“Christiandoriza” y se termina trabajando creativamente para la
Coca-Cola o aceptando que los “jóvenes están con la Pepsi” bajo
esa atractiva, pero no definida propuesta de las llamadas “alianzas
estratégicas”, es donde sin duda, la estrategia ganadora, es de la
empresa patrocinante. Lo conceptual es más bien, la idea que del
arte, tiene el poder económico y sus empresarios. Varios
miles de kilos de papel impreso son testigos de textos, críticas y crónicas
sobre las nuevas generaciones de jóvenes creativos y rebeldes en la
Plástica venezolana, uno llega hasta a admirar sus valientes
propuestas, para confirmar posteriormente que esas acciones,
performances, instalaciones o trabajos de equipo poblacionales, no son
sino ocasionales erupciones juveniles artísticas que no logran
permanecer por mucho tiempo y que tampoco logran romper la inmovilidad
y ausencia de debates en el sector de los intelectuales. Recientemente
Javier Téllez, el de la Ultima
Cena y el León de Caracas, el mismo que causó revuelo con
su carta de renuncia a la representación de Venezuela en la L
Bienal de Venecia, puso su carta a circular en Internet, con un epígrafe
que dice “Un ejemplo que todos debemos seguir” y donde sin duda la
mayor justificación de esta renuncia es la repetición del
discurso mediático contra el gobierno venezolano, con los conceptos
ya sabidos de la oposición, sobre un supuesto “discurso autoritario
y antidemocrático”. Textualmente Téllez señala: “tales
posiciones esconden la corrupción y tal es su lucha por el poder que
ha terminado por asfixiar al país”. Yo me pregunto si realmente
este sensible y talentoso joven que es Javier Téllez escribió él
mismo la carta–renuncia, porqué en vez de sumarse a la oposición
política, (lo que sería legítimo) no pensó más bien que en
Venecia representaría al país y no al gobierno. Como él habla de
democracia, cabría preguntarse ¿consultó él para su renuncia a las
comunas del “23 de enero” que colaboraron con la obra? ¿Qué
entiende Javier por democracia?. No
dudo de la honestidad en la búsqueda de nuevos lenguajes o tecnologías
de muchos jóvenes. Asistí a la presentación de los videos y página
web del proyecto de Juan Carlos Rodríguez titulado La cama.
Este es un elemento creativo viajero que vincula el arte, el juego, la
salud y lo comunicacional político–educativo, lo que da una gran
efectividad a la obra en su relación social con los espacios
programados y sus habitantes. Ahora bien, por mucha lucidez e
imaginación política que tenga un proyecto artístico, la falta de
difusión constituye también una forma de exclusión y puede quedar en el olvido, sirviendo sólo para enriquecer el
currículum del creador. La
Zona de Distensión en el Celarg a la que se refiere Juan
Carlos Rodríguez en su texto, valora la intención oportuna del
artista de salir del campo artístico para entrar en un territorio
efectivamente dialógico. Motivado por la situación política
trancada en la Mesa de Negociación y Acuerdos instalada y presidida
por el Secretario General de la OEA, se pregunta J.C.R. sobre
¿cuál es la Ganancia de cada uno de los involucrados en la
Mesa de Diálogo como centro de la Zona de Distensión?. Como no se
sabe si el arte es sólo la representación simbólica de la realidad
etc. etc., me preguntosi esta Zona de Distensión no pudo tener también
“agendas ocultas” que a veces existen sin que nos demos cuenta y
que en la respuesta: “¿de quién es la ganancia?” aparezca el
hecho de que irremediablemente nadie escapa a la tentación de
engordar lo curricular e incluirse en el listado de “Joven maestro
nacional” en el mercado del Arte. Sé
que David Palacios conoce de estas “dulces trampas” del sistema y
es necesario que se haga un esfuerzo para que sus propuestas artísticas
sean más difundidas, más debatidas, de modo que ese hombre integral
nuevo que sugiere, pueda convertirse en realidad.
Siempre
me ha sorprendido cómo los analistas y estudiosos del arte han
separado en sus escritos la lamentable situación que tienen las
escuelas de arte y la
educación artística dentro de la educación general en el país.
También me sorprende cómo enarbolando las banderas de la
participación, la ley de
la oferta y la demanda y del arte
por el arte, nuestra obra se sigue subordinando al interés del
programa del mercado y a los dictámenes estéticos de una crítica de
arte complaciente y de doble moral. Por lo tanto, el entramado y las
relaciones sociales de la cotidianidad donde se gesta y produce la
obra y su natural relación con el público, camina velozmente hacia
la enajenación de su propia finalidad. Lo que era subsidiario, pasa a
ser fundamental y el acontecimiento humano, primordial de la creación,
su goce, queda subordinado a intereses espúreos. Los creadores reclamamos nuestro derecho a disentir y revisar la historia y criterios oficiales, así como los mercantiles de la crítica de arte e información artística en los medios de comunicación masiva. Recordamos a los burócratas, marchands, curadores y críticos que no es precisamente nuestra obra la que debe estar a su servicio, sino todo lo contrario. |