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Encuentro reflexivo en el marco de la exposición ZONA DE DISTENSIÓN (inventario y estadísticas de una experiencia de diálogo). David Palacios |
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Félix Suazo LA OBRA INVENTARIO Y LA RETÓRICA MUSEAL (II) [1] |
Arte, museo y sociedad: el problema del coleccionismoLas
prácticas de creación artísticas no sólo se definen a partir de la
noción de obra, sino también como
procesos, cuestión que trasciende los resultados o productos
sensibles para extenderse hacia diversos aspectos de la experiencia
vital, intelectual y social. El museo, por su parte, no es sólo el
contenedor o marco de una estrategia de comunicación centrada en el
valor de las obras; también puede ser entendido como referente de un
planteamiento creativo. En este sentido, la praxis museística y las
producciones creativas mantienen una relación de co-determinación
que permite tratarlas de manera complementaria. Como se sabe, gran
parte del arte de postguerra, a diferencia del arte de vanguardia en
los años 20, ha sido creado para el recinto museal, presuponiendo su
escala, su especificidad física y su proyección legitimadora. Véanse
como ejemplo, los grandes formatos de la pintura norteamericana o la
orientación site specific
de algunas propuestas instalatorias concebidas para el museo. Al
confrontar este fenómeno podemos plantearnos el problema, algo más
sutil, de cómo el arte o algunas prácticas de creación artística
metabolizan la idea del museo como parte de su estructura y
significado. Este último aspecto se torna particularmente decisivo,
aunque no muy explícito, en los ensamblajes,
las obras objetuales
y las propuestas instalatorias
las cuales recuperan, la acción de recolectar, coleccionar o
seleccionar objetos e imágenes de diversas procedencia. Cierto que
dichas prácticas surgen, en un principio, como una respuesta paródica
a la fetichización del arte y como crítica el concepto de
originalidad. En estos términos, la obra se convierte en una
“microcolección” de artefactos pre-elaborados y desprovistos de
su función original o en contenedora de un pathos
patrimonial que le permite abarcar o incorporar todo aquello que
el museo rechazaba debido a su naturaleza anodina. Mediante esta
estrategia la obra cumple una “función auratizante” que antes sólo
correspondía al juicio especializado o al museo. En este caso la
función acumulativa del
museo es “parafraseada” por la obra en tanto que
“estructura contenedora”.
Al respecto, podría establecerse un paralelo entre las
pinturas de gabinete de
los siglos XVI y XVII y la configuración adoptada por los
ensamblajes, las ambientaciones
y las instalaciones que
aparecen durante la segunda mitad del siglo XX. En ambos casos
enfrentamos el mundo de las colecciones, su heterogeneidad inicial y
el carácter emblemático del objeto dentro de las mismas.
Podemos
entender, entonces, la obra contemporánea como un “nuevo gabinete
de curiosidades”,
que ya no es
un simple depósito de cuadros, especies y objetos insólitos
recolectados en
viajes y campañas científicas, sino un espacio de intercepción
donde el desecho, la basura, los artículos
domésticos y los materiales orgánicos
sufren un proceso de reordenamiento simbólico, que no sólo
afecta el significado de la institución arte sino la naturaleza del
discurso museal.
Musée
d´Art Moderne. Déparment
des Aigles
(1968-1972), instalación del artista belga Marcel Broodthaers (Saint-Gilles,
Bruselas, 1924-Colonia, 1976), aborda esta situación de modo emblemático.
Se trata un museo ficticio que parodia los mecanismos de presentación
y recepción institucional
del objeto de arte, mediante la utilización de vitrinas y
otros dispositivos de montaje para exhibir objetos diversos (águilas
disecadas, afiches, libros, tarjetas postales, cajas, etc). Inaugurado
en la propia casa del artista y clausurado a raíz de su presentación
en la documenta 5 de Kassel, el Musée d´Art Moderne. Déparment des Aigles “... constituye una
ácida reflexión sobre el estatuto del arte –y del museo- en la
sociedad contemporánea
a través de mini-ficciones
irrisorias, alusiones a la cultura oficial,
objetos voluntariamente insignificantes
o dibujos simultáneamente deprimentes e irónicos”[2] La
propuesta de Broodhaers parece haber definido una pauta a la hora de
aproximarse a la relación entre la obra de arte contemporáneo y el
museo en la cual el simulacro tiene un papel distinguido. En Desechos
reservados (Paloverde,
Caracas, 1998), muestra presentada por David Palacios en su propia
residencia, el artista recrea esa suerte de “neurosis patrimonial”
que caracteriza al museo, coleccionando los vestigios inconclusos de
su propio trabajo. Palacios reunió todos aquellos artefactos y cachivaches
que había guardado a lo largo de los años para ejecutar obras que
nunca se realizaron. Con todo este material construyó una instalación
en la sala de su apartamento. Cada elemento –colchón, cocina,
equipo de sonido, marco, cenicero, remo, camiseta- fue identificado
con una etiqueta en la cual se consignaban
nombre, número,
características y dimensiones
del mismo, “parafraseando” la operación de catalogación que
suele efectuarse en el museo con los objetos que almacena y exhibe. La
distribución de estos peroles
por la habitación adquirió la apariencia de un gabinete de
curiosidades, que en este caso no mostraba especímenes naturales y
objetos raros, sino los desechos de un proceso de creación fallido.
Ahora
bien, el problema de estas “colecciones alternas” rebasa la cuestión
de la calidad y consistencia del objeto seleccionado, para afincarse
en aquellos mecanismos que lo propician. ¿Por qué la gente
colecciona? . ¿Cuáles son los criterios que hacen que un objeto sea
o no coleccionable? Sin duda, el fetichismo, la ostentación y el placer son aspectos que se
mezclan en este fenómeno. Pero hay variables aún más recónditas
que reclaman una explicación. Para poner un ejemplo, en La Bandera,
una humilde barriada de caraqueña, habita Maira “Cayita” Bello
quien es “chatarrera” de profesión y coleccionista por vocación.
Sólo que los vestidos y objetos que colecciona no provienen de
ninguna expedición científica, ni tienen un valor estético o histórico
significativo. La colección de “Cayita” es el resultado de su
humilde profesión de chatarrera –o recoge lata, como también se le
llama a esta actividad en Venezuela. Hurgando en la basura, no sólo
obtiene la fuente de sustento sino la oportunidad de una retribución
paralela de orden espiritual que no concluye con la simple recolección,
sino con la organización de representaciones teatrales y desfiles de
moda que recuerdan el lenguaje de la performance.
Los trajes de la colección de “Cayita” son también disfraces que
ella utiliza para recrear personajes inexistentes como las indias
que dieron orígen a la exposición Mara-Yanomami
(Sala Mendoza, 2000), facturada junto al artista plástico y pastor
seminarista Juan Carlos
Rodríguez. Además de incorporar algunos disfraces y objetos de la
colección de “Cayita”, la muestra parodiaba la manera en que los
museos etnográficos representan al Otro. Esta experiencia tiene sus
antecedentes en sendas propuestas realizadas por “Cayita” y Rodríguez
el Salón del Pisaje (Museo Mario Abreu, Maracay, 1996) y el Premio Mendoza
(Sala Mendoza, Caracas,1996). En estos casos, la idea de
colección, los propósitos que la animan y el uso que se hace de las
mismas difieren notablemente del sentido que tiene en los museos
modernos, pero de algún modo colindan con la heterodoxa conformación
de los antiguos gabinetes de curiosidades y con algunas obras instalatorias
que reflexionan explícitamente sobre este aspecto.
En todo caso, es interesante constatar de qué manera el mundo
social interpreta y recrea la idea de colección, trazando nuevas
coordenadas para su entendimiento.
La
noción de colección, tanto en la versión instalatoria
que propone Palacios como en la acepción doméstica desarrollada por
“Cayita” y Rodríguez, trasvierten
los propósitos conservacionistas del contenedor museal al desplazar
su atención hacia una esfera de valor no instituida que pone el
acento en la alteridad. Paradójicamente, la efectividad de ambas
propuestas depende de una estrategia de automusealización,
donde la obra se transforma en contenedor de objetos
de desechos, desprovistos de valor “aurático”. Esta idea
se manifiesta de manera emblemática es la Casa
Museo del Agua, instalación presentada en abril de 1998 por el
Grupo Provisional[3]
en el marco del evento “La fiesta del Agua”. La experiencia,
centrada en las implicaciones materiales y simbólicas de la problemática
del agua, se desarrolló
a propósito de la instalación de la primera pila de agua en el sector
"La Plazoleta" del
barrio "La Bandera" en Caracas. En la parte alta de la
Capilla de la Virgen del Carmen, patrona
del barrio, se
acondicionó un pequeño local, disponiendo estantes y repisas para la
exhibición de diferentes tipos de agua. A cada recipiente se le colocó
su respectiva etiqueta, indicando su nombre, procedencia y número de
inventario: agua de chorro, aguas negras, agua de gotera, agua de
charco, agua de colonia, agua de coco, agua bendita, agua del Guaire,
aguafiestas, etc.
La instalación, parodiaba la lógica museal, al tiempo que
funcionaba como un detonador reflexivo para los miembros de la
comunidad, quienes confrontaban con elementos y expresiones propias
del imaginario cotidiano.
Más
que intentos aislados, las propuestas comentadas forman parte de una
corriente reflexiva que ha penetrado la actividad expositiva local en
los últimos años[4].
Ejemplo de esto es la muestra colectiva De
colección/Relatos de usos y abusos (Sala RG, Caracas, 2002),
donde se destaca la existencia de “amplios sistemas de coleccionismo
como taxonomías abiertas a la subjetividad (...) que rescatan el
valor de lo personal, lo olvidado, lo rechazado, lo omitido y en
general de aquello que no se quiere nombrar”[5].
De esta manera, las 30 propuestas que se incluyeron en esta
experiencia cuestionan la
lógica del coleccionismo especializado
y la supuesta coherencia de los principios que lo sustentan. Fotografías,
muñecos inflables, videos, prendas de vestir, papel moneda y otros
elementos integran la estructura
de estas obras, algunas de las cuales están provistas de
etiquetas que parodian los mecanismos de clasificación. Al mismo
tiempo se plantea el problema de la presentación institucional de las
colecciones a partir del empleo de accesorios de montaje
tales como vitrinas y marcos. Ejemplo de esto es Pasado
Pisado (2002) de Sandra Vivas, instalación compuesta por una
vitrina vacía, cuyas patas se apoyan sobre cuatro grupos de diarios
de la artista, por lo cual el dispositivo contenedor es incapaz
de realizar su función. En Cooelección
(2002) de Juan Carlos Rodríguez
y El que lea esto
(2002) de Marta Liaño el simple hecho de
utilizar sendos marcos dorados le confiere a las propuestas un
irónico pathos museal. Más allá de los diversos perfiles que derivan de
esta exposición, prevalece en ella ese juego en el borde de la
institucionalidad artística donde la obra opera como un
“microcontenedor” capaz de incorporar a su ámbito aquello que
altera la selecta exclusividad del museo. A
lo largo de estas consideraciones
hemos indicado cómo algunas prácticas de creación
contemporáneas – sobre todo instalatorias y objetuales–
han adoptado elementos de la cultura museal para descubrir mecanismos
o transformar su significado. Uno de
los aspectos más significativos
de este fenómeno es el
proceso de “automusealización” que ha sufrido la obra de arte, la
cual se ha convertido en un “microcontenedor” de objetos y
procesos que antes sólo
podían ser validados por
el museo. Es decir, la obra de arte contemporánea funciona como un
pequeño museo dentro del museo; o mejor aún, como un “nuevo
gabinete de curiosidades” que retorna a los orígenes de la cultura
museal, cuando no existía otra cosa que un recinto destinado a la
colección de objetos raros y heterogéneos. Caracas,
24 de noviembre de 2002
[1]Reflexiones en el marco de la exposición Zona de Distensión. Inventario y Estadísticas de una experiencia de diálogo, de David Palacios (Sala RG. Caracas: noviembre, 2002) Este trabajo se basa en dos textos inéditos, realizados por el autor en torno a la relación entre el coleccionismo, la idea del museo y su impacto en las prácticas de creación contemporáneas. Cfr. Suazo, Félix. La obra inventario y la retórica museal. Caracas, 1998 y Suazo, Félix. Arte museo y sociedad: el problema del coleccionismo. Caracas, 2002. [2] Durozoi, Gerard (director). Diccionario Akal de arte del siglo XX. Ediciones Akal, S.A., 1997. p. 97. [3] El Grupo Provisional fue fundado en Caracas en 1997 para generar experiencias de creación y reflexión . Sus integrantes son Juan Carlos Rodríguez, David Palacios, Domingo de Lucía, Juan José Olavarría y Félix Suazo. [4] Cfr. Mauricio Lupini. Hábitats (Exposición individual). Sala Seis. Museo Alejandro Otero. Caracas, 8 de agosto – 29 de septiembre de 1999. Juan Nascimento “27,58 cm3” (Exposición individual). Sala Seis. Museo Alejandro Otero. Caracas, 12 de marzo- 7 de mayo de 2000. Etnografía: Modo de empleo (Exposición colectiva). Museo de Bellas Artes. Caracas: agosto-noviembre de 2002. [5] Hernández, Carmen. Palabras: De colección/ relatos de usos y abusos. Hoja de Sala. Sala RG. Fundación CELARG, 14 de marzo de 2002.
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