- La
mayoría de las nociones que los artistas y los críticos emplean
para definirse o para definir a sus adversarios son armas y
envites de luchas, y muchas de las categorías que los
historiadores del arte utilizan para pensar su objeto no son más
que esquemas clasificatorios hijos de estas luchas y enmascarados
o transfigurados con mayor o menor pericia. Inicialmente
concebidos, las más de las veces, como insultos o condenas (¿pero
acaso no proceden nuestras categorías del griego katégorein,
acusar públicamente?)
-
Pierre Bourdieu
- Las reglas del arte. Génesis y estructura del
campo literario
-
- Introducción
-
- En
primer lugar debo señalar que durante esta exposición cuando me refiera
a los artistas, estaré aludiendo principalmente a aquellos que de alguna
manera han estado incorporando en sus trabajos, metodologías consideradas
como “impropias” del campo del arte y por lo tanto, “inadecuadas”
para la construcción de las obras. Me estoy refiriendo específicamente a
algunas experiencias del arte contemporáneo que se plantean problemas
metodológicos colindantes (a propósito o no) con las ciencias sociales,
y que asumen tanto el carácter político de sus propuestas, como el carácter
contextual de las mismas.
-
- En
este sentido, estaré proponiendo un símil entre los procesos de producción
de estas obras de arte, con los procesos sugeridos en el nombre de la
muestra “zona de distensión”. Y me estaré concentrando en aquellas
figuras que nos acercan a la comprensión de experiencias
transdisciplinarias y experiencias de creación,
como zonas de intercambio o tráfico de saberes (más o menos
conflictivos) útiles para la producción de reflexión y acciones
cargadas de una intencionalidad específica.
-
- No
obstante me permitiré a la inversa, pequeñas digresiones que me
sugiere la ausencia de una zona de distensión en el campo de las
artes, considerando que vivimos
en un país que desde hace poco más de una década, convulsiona
al ritmo de una serie de acontecimientos políticos, sociales y
culturales sumamente intensos y desarrollados a una velocidad
vertiginosa.
-
- I
-
- Mientras
en el campo militar, religioso, político, social y cultural (a nivel
nacional e internacional), muchas veces las diferencias deben ser
dirimidas y los acuerdos negociados en mesas de diálogo o “zonas de
distensión” que pretenden tomar el lugar de las armas, los atentados o
las bombas suicidas, en el campo del arte pareciera que seguimos
entretenidos con los juegos estéticos y el disfrute vacuo de zonas más
bien de “distinción” donde en nombre de metáforas
bien resueltas, o de una presumida autonomía del campo de lo estético,
se pretende justificar la segregación
de responsabilidades inherentes al ejercicio de nuestro trabajo (llámese
artistas, curadores, etc.), sobre todo en aquellos casos donde las obras
sugieren o evidencian una carga política localizable o más aun, en
aquellos trabajos donde personas ajenas al campo del arte, llegan a
formar parte de las obras, o a tomar parte en la construcción de ellas.
-
- Estas
justificaciones parecen anclarse en la historia de un país donde
todo acento político, donde toda operación contextual, donde
todo trabajo con lo local, pareciera destinado a ser omitido o
invisibilizado por las instituciones y por aquellas voces que han
logrado controlar en buena medida, las interpretaciones sobre la
historia de la plástica venezolana. Como ejemplo de ello puedo
nombrar la omisión del movimiento “Techo de la ballena” en la
muestra “Invención de la continuidad”, así como en la mayoría
de las muestras y debates anteriores. O la apología que comúnmente
se hace de Alejandro Otero en detrimento del pensamiento de Marta
Traba. O las polémicas entre los Oteros. Es decir, se continúa
de una u otra forma el mantenimiento de un “anillo de
seguridad” alrededor de experiencias vinculadas a la geometría,
a la abstracción universalista, etc. en omisión de aquellas que
colocan su acento en problemas mucho más locales, y de un
contenido político que señala y cuestiona las asimetrías del
poder en el establecimiento de las relaciones.
-
- Revisando
la actualidad, no puedo dejar de hacerme varias interrogantes. Me
pregunto por qué en un país que en apenas 12 años, ha vivido la
profundización de la exclusión de grandes sectores de la población,
el surgimiento de los niños de la calle como problema social de
dimensiones considerables, un caracazo en el año 89, dos golpes
de estado en el año 92, un juicio y deposición de un presidente,
una crisis bancaria convulsionante en el año 93, la redacción de
una nueva constitución, el cambio de nombre del país, un nuevo
golpe de estado en Abril del 2002, y el paro-sabotaje más largo
de la historia del país, ¿por qué en un “escenario” tan dinámico,
complejo, y contradictorio como éste, persiste una práctica artística
sumamente despolitizada, confinada a los espacios instituidos del
arte, y que cuando decide tocar algún aspecto sensible para
nuestro contexto (de la plástica, o social, etc.) juega al
disimulo y desdibujo de esas zonas potencialmente conflictivas,
convirtiéndose por lo tanto en prácticas artísticas
formalizadas, domesticadas y en consecuencia, inofensivas y dóciles,
incluso respecto a la propia estructura que las contiene, al
entramado que hace posible su regulación, difusión,
reconocimiento y consumo.
-
- Tanto
es así, que en el contexto de la plástica venezolana, cuando
aparecen muestras como la de Javier Téllez, llena de
posibilidades a nivel reflexivo, sobre todo por sus implicaciones
éticas y políticas, parece que nos contentamos con el ritual del
reconocimiento, con la confección visual de las obras, o al menos
así lo parece.
-
- II
-
- Si
bien es cierto que los procesos inherentes al campo del arte, (bien sea
desde el punto de vista de la producción de las obras, o bien sea por las
discusiones académicas que se corresponden con dicha producción), son de
un carácter distinto a procesos de una complejidad peculiar como las
mesas de negociación palestino-israelí, los procesos de negociación
impulsados por la presión que ejerce el movimiento zapatista en México,
la mesa de negociación y acuerdos instalada con la participación del
secretario general de la OEA Cesar Gaviria aquí en Venezuela, o la
“zona de distensión” instalada en territorio colombiano, donde el ejército
y los distintos gobiernos que se han sucedido han tenido que emprender
delicados y prolongados procesos de negociación con los grupos
guerrilleros más antiguos del continente (el ELN y sobre todo las FARC),
sirva la comparación, la “imagen de Zona de Distensión”, la idea de
“espacio de negociación-co-operación”, la imagen de dos o varias
partes de un conflicto sentadas unas frente a las otras en busca de
soluciones compartidas, para tratar algunos aspectos puntuales del campo
del arte.
-
- Son
muchas las posibilidades que me sugiere la zona de distensión como metáfora.
Por ejemplo, pienso que podría ser útil para revisar los problemas
surgidos de las relaciones entre comunidades e instituciones (la zona de
distensión como espacio y condición necesaria para la resolución de los
conflictos de poder que atraviesan este tipo de relaciones), los
conflictos entre la episteme popular y la episteme moderna mas o menos
encarnados en nuestros sistemas de producción económica, (la zona de
distensión como espacio para la resolución de los conflictos surgidos de
la diferencia entre el “homo económicus” promovido por el capitalismo
y el “homo convivalis” formado en el entramado cultural popular de
gran parte de los venezolanos que habitan en barrios y zonas rurales).
Podría servir también para abordar los procesos de constante redefinición
de términos en el ámbito académico, y que llegan a ser motivo de lucha
por el espacio y el reconocimiento social cuando grupos determinados (no
académicos) se los apropian y toman parte en las discusiones (ejemplo: la
noción de lo “popular” en García Canclini).
-
- Sin
embargo en esta ocasión me limito a dos usos puntuales y que son parte de
una propuesta para el campo del arte. En primer lugar, propongo una
lectura de la ZD como imagen de experiencias facilitadoras de la negociación
y cruce de metodologías provenientes de diversos campos de producción de
conocimiento. Y en segundo lugar, propongo una lectura de la ZD como
imagen de experiencias autocríticas que consideran los problemas de carácter
ético y político que se desprenden de la participación (en dichas
experiencias) de agentes “ajenos” al campo del arte, sobre todo cuando
estas experiencias pasan por la institución. O dicho de otra forma, la ZD
como “señalización” –aro rojo- colocado sobre el mapa de las
relaciones establecidas entre los participantes de las experiencias artísticas
y que lleva como nota: “No existe relación neutral. Aquí se han
asumido posturas éticas. Revisar”.
-
- III
-
- Comencé
señalando al inicio, que en el campo del arte existe un reiterado intento
por justificar la segregación de responsabilidades inherentes al
ejercicio de nuestro trabajo (artistas principalmente aunque también
curadores, etc.), sobre todo en aquellos casos donde las obras sugieren o
evidencian una carga política localizable o más aun, en aquellos
trabajos donde personas ajenas al campo del arte, llegan a formar parte
de las obras, o a tomar parte en la construcción de ellas. Dije también
que esta justificación se hace frecuentemente a nombre de metáforas bien
resueltas, o de una presumida autonomía del campo de lo estético. También
hay quienes la justifican en la preponderancia de la subjetividad en la
obra de arte, lo cual nos lleva irremisiblemente a la zona del todo vale.
Pero esta justificación a mi modo de ver no es otra cosa que una omisión
engañosa que ablanda todo posible contenido reflexivo y crítico de las
obras y experiencias, y en consecuencia anula la posibilidad de todo
compromiso abierto del artista con su propia reflexión crítica.
-
- Pero
adentrándonos más específicamente en lo que respecta a la incorporación
de personas ajenas al campo del arte en la construcción de las obras o
como parte de ellas, suelen aparecer justificativos vinculados a los
problemas de la autoría, (el cual es un problema político) y sobre todo
a las limitaciones o imposibilidad de la distribución o dispersión de
dicha autoría.
-
- Así
nos encontramos con que algunas veces se nos dice que no debe exagerarse
en preocupaciones éticas si las obras resuelven bien en lo simbólico, en
lo metafórico, la reflexión que proponen. También se nos argumenta que
esas consideraciones son de orden antropológico o de cualquier otro campo
del saber más que artísticas. También hay quienes señalan que todo
esfuerzo por dar voz a esos otros ya no tiene sentido una vez que esta
demostrado que es imposible que esos otros se representen a sí mismos en
el campo del arte, o incluso, cuando las reflexiones tocan el problema de
la autoría, se nos dice que no tiene sentido hablar de la disolución del
autor ya que el sistema requiere, y no es posible que sea de otra manera,
la figura autoral para el sostenimiento del campo en aras de su
legibilidad, es decir, se requiere de la clasificación y ordenamiento de
las experiencias para poder nombrarlas y eso hace ineludible la ubicación
del autor.
-
- Si
bien es cierto que señalamientos como estos pueden contribuir para la
discusión de las estrategias que diversos artistas implementan hoy en la
realización de sus proyectos, es necesario señalar a su vez, que tales
aseveraciones serían inaceptables en tanto se pretenda justificar con
ellas la tranquilidad y facilidad con la que se suele incurrir en prácticas
verdaderamente colonialistas por parte de los artistas.
-
- En
este sentido me atrevo a señalar, que si bien estas consideraciones son
pertinentes y nos ubican en el contexto de la producción de la obra de
arte en la sociedad capitalista y de consumo occidental, y más aun,
reconociéndonos como integrantes de las dinámicas que heredamos de este
contexto político y social, señalo como necesidad fundamental, promover
experiencias que mantengan la tensión de este conflicto, al menos señalando
estas limitaciones en cada una de las experiencias que se vinculen con
este tipo de problemas. Pero además es necesario, a riesgo de la
incomprensión o descalificación, ampliar nuestras prácticas de modo que
ellas no sólo sean localizables en el campo del arte, y que en esos otros
contextos a donde pertenezcan las experiencias, sea asumida y más aún
construida por otros actores que en su accionar rebasen nuestra
posibilidad de control sobre dichas experiencias. Así aparece la
importancia de lo incontrolable y del desbordamiento en la
gestación y construcción de las obras, o como prefiero llamar, en las
experiencias de creación.
-
- Otro
aspecto a considerar dentro de esta propuesta, implícito en los
planteamientos anteriores, tiene que ver con que estas experiencias sean
construidas “desde la relación” y no desde esa creencia
individualista que afirma que el “yo” consciente, es el que puede
significar y comunicar ese significado a través de imágenes, textos o la
palabra oral. Por otra parte, se nos ha dicho con frecuencia que todo esta
en el lenguaje, pero el lenguaje no es posible sin el intercambio humano,
que es quien le otorga (al lenguaje) su capacidad de significar.
-
- Concluyo
este aspecto afirmando, que no es posible señalar las limitaciones
impuestas por el problema de la autoría, ni es posible propiciar
experiencias incontrolables o desbordadas, ni es posible tampoco construir
situaciones desde la relación, sino concebimos esas experiencias como
zonas de distensión, donde se discutan y negocien los conflictos emanados
de los diversos saberes que concurran. En este sentido, lo
transdisciplinario, y lo extradisciplinario, constituyen dinámicas
susceptibles a ser tratadas como juegos de co-operación, en procesos de
reacomodo de las epistemes, de las metodologías, por más incómodos y
molestos que puedan ser estos procesos.
-
-
- Javier
Téllez: De la “última cena” al “León de Caracas”: ¿colonialismo
o crítica a la reclusión?
-
-
- En
la muestra Un artista del hambre, Javier Téllez abre el panorama
de una producción artística que pareciera buscar construir sentidos en
diálogo con contextos distintos al campo del arte, tal vez por tratar de
entender mejor al campo mismo, tal vez como veredicto de unas
imposibilidades impuestas por los mecanismos del propio sistema artístico,
tal vez por interés en participar del entramado de sentidos que se
producen en el tejido social, valga decir, no restrictivo al campo del
arte. Cualquiera que sea el caso, la muestra me sugiere algunas
interrogantes que a mi juicio, merecen una respuesta, no sólo por parte
del artista, sino por parte de todos aquellos a los que nos interesan las
problemáticas sugeridas por tales interrogantes.
-
- En
primer lugar, en lo que respecta al video de la última cena, la
metáfora se desarrolla con fuerza, ironía y sutileza hacia el campo del
arte, este es su auditorio natural al cual se le conoce con precisión y
se le entrega este material que entre otras cosas, lo confronta hasta
cierto punto con sus propias limitaciones a la hora de articularse con
“otros” mundos de sentido, y a la hora de revisar los problemas de la
exclusión desde una perspectiva amplia. Sin embargo, me surgen
algunas interrogantes. ¿Qué le dice esta experiencia a las
personas con las que la realizó?. Más allá de lo que pueda decirle, ¿qué
posibilidades de diálogo existen con esas personas? Pero tratándose de
personas consideradas “enfermas” ¿cuál es el compromiso real del
artista con la situación de estas personas más allá de la sala de arte?
-
- Desde
la perspectiva del arte estas interrogantes sobran, puede argumentarse que
es perfectamente legítimo que un artista construya sus metáforas del
modo que mejor lo considere y
que no tiene ninguna obligación más allá de lo que su rol determina. Sin
embargo y a pesar de lo extendido y aceptado de estos argumentos, nos
asaltan esas interrogantes como posibilidades de desplazamientos a
territorios inexplorados desde la “ortodoxia plástica”, para quien
estas interrogantes serían indeseadas debido a las posibles
complicaciones que toda situación fronteriza genera, en este caso, por
las implicaciones epistemológicas que tendría construir experiencias desde
la relación. También estas consideraciones serían
indeseadas, por las interpelaciones de carácter ético, que suelen
socavar las bases de la despreocupación artística en términos de
relaciones específicas, en contextos específicos, ya que no existe
relación ingenua y no es posible concebirla -la relación- sin considerar
su dimensión política.
-
- Como
señalé antes, esta obra nos plantea la interrogante básica de, ¿cómo
está considerando el artista a aquellas personas que nos presenta en sus
videos?. Ésta, en apariencia insignificante pregunta, tiene relevancia si
consideramos que en Venezuela, casi un siglo después que en Europa, pero
antes que en Lima, ha venido sucediéndose un proceso de
desinstitucionalización del enfermo mental, consistente en sacar al
enfermo mental de lugares de reclusión permanente, proceso vinculado al
impacto del movimiento de la anti-psiquiatría francesa e italiana que
documentó profusamente la escasa repercusión de la reclusión en la
remisión de la enfermedad. (Creo que quedan algunos reductos de la
reclusión como el hospital del Lídice y en el que trabajó Téllez. Si
esto es así, se me impone la necesidad de entender este trabajo no sólo
como un cuestionamiento del “manicomio”, sino como un compromiso ético
con el cuestionamiento emitido y con las personas (enfermos) con los que
se trabaja, y por otro lado, el reto de un trabajo conjunto con personas
que aunque enfermas, se les reconoce hoy –al menos es la idea- su
condición de ciudadanos. En otros términos, no podría ver un
cuestionamiento al manicomio, y a la vez, el uso colonialista de las
personas recluidas. Creo que este trabajo se haya al filo de esta
disyuntiva y por eso es interesante debatir sobre ella.
-
- En
el caso de la obra León de Caracas, encuentro en ella una
poderosa imagen que se resuelve bien en lo metafórico, y donde se diluye
un poco el problema ético al desligarse de las implicaciones de la
“relación”. El artista no necesita otra cosa que pasear un león
disecado por un barrio caraqueño, y al proyectar esta acción en una sala
de arte, aparece una fuerte e irónica metáfora que se basta a sí misma.
Los problemas de relacionarse con quienes allí viven, más o menos se
pueden limitar a una solicitud extendida por el artista a esos habitantes,
buscando su autorización para la realización del ejercicio. Más no es
imprescindible dialogar con ellos acerca de la finalidad de tal acción,
ni de preguntarles sobre su visión de la misma, ni si quieren participar
en ella y mucho menos preguntarles o proponerles su intervención. Ahora,
cabría preguntarse si esta “ventaja” pudiera constituir a su vez, su
confinamiento al recinto del arte. Sería interesante saber cuál fue la
respuesta que el artista le dio a la gente de la comunidad cuando le
preguntaron (siempre hay quien se atreve a preguntar, y aunque no lo
expresen lo piensan) sobre la finalidad de tan particular procesión.
- Esa
respuesta revelaría mucho acerca de hacia cual audiencia trabaja el
artista.
-
-
- David
Palacios: Zona de Distensión
-
- En
esta obra de David Palacios encontramos innumerables posibilidades
de abordaje. Desde las consideraciones vinculadas a la apropiación
crítica de metodologías de investigación museísticas
por parte del artista, y la crítica al sistema de valoración que
el campo del arte le confiere a sus objetos “fetiches”, hasta
la revisión de los mecanismos sociales que hacen posible la
aparición del “creador” como productor reconocido de esos
fetiches, es decir, la revisión de la constitución del campo artístico
como ente encargado de reproducir permanentemente la creencia en
el valor del arte.
-
- Podemos
entonces abordar a ZD como un reclamo a un campo que ha tenido que
pagar el precio de su “auratización” del objeto, y de su
pretendida autonomía, con
una alta cuota de olvido, de divorcio respecto a su referente,
respecto al mundo social en el cual se sustenta su actividad. Un
reclamo a un campo convertido en centro de reclusión para
esquizofrénicos, como posiblemente sugiere Téllez en su trabajo.
-
- Pero
lo que a primera vista parece una crítica que vacía de sentido a
las prácticas y creencias del campo del arte, una segunda mirada
parece indicar que ZD, como
su nombre lo sugiere, es a su vez una propuesta de “resolución
del conflicto”, “un espacio abierto para dirimir
diferencias” y para intentar reinventar los tejidos que nos
hacen a todos: trabajadores de una fábrica de ladrillos,
empresarios, artistas, curadores, etc. parte de un complejo
cultural, donde posiblemente todos estamos de alguna manera
enajenados, pero donde podemos ir reencontrándonos, asumiendo
nuestros propios conflictos como sociedad y como campo.
-
- Así,
Palacios elabora un material “didáctico e informativo” que constituye
un “puente” entre dos territorios que aparentemente se desconocen. Un
instrumento sencillo y efectivo dirigido a los trabajadores de la fábrica
de ladrillos (obreros, ingenieros, personal administrativo, etc.) donde
vincula su producción, a la producción de un campo al que se supone no
conocen (el campo artístico “contemporáneo”). De hecho, el interés
que muchos de los trabajadores muestran sobre este material, y sobre la
información colocada en esa especie de “cartelera con ruedas”,
evidencia que el ejercicio pudo lograr su objetivo, que pudo hasta cierto
punto “ iniciar el diálogo”.
-
- Pero
además de que este material se constituye en el puente, en la
“negociación” inicial para una “relación” entre campos y
personas pertenecientes a cada uno de esos campos, constituye a su vez un
testimonio, una evidencia del modo en que tales vínculos se han
producido. Así, no sólo vemos en sala un video de un trabajador
“involucrado” en una experiencia de arte,
sino que podemos ver en qué condiciones y de qué modo se involucró
ese trabajador.
-
- Si
consideramos que con cierta frecuencia, cuando los artistas tratan de
cuestionar los mecanismos de poder, suelen reproducir en sus trabajos esos
mismos mecanismos,
esta experiencia nos plantea una metodología transparente que permite la
discusión de sus posibles zonas defectuosas, o limitaciones, asumiendo
una postura frente a esa práctica tan corriente de artistas y curadores
de “maquillar” u omitir información como garantía de una lectura
“exitosa” de la experiencia.
-
- ZD,
a mi modo de ver, introduce la
necesidad de considerar cuál es la ganancia de cada uno de los
involucrados en la mesa de diálogo como centro de la Zona de Distensión.
Y considerando la complejidad en las relaciones entre diversos campos de
producción, también nos plantea la necesidad de revisar cuál es el esfuerzo y el sacrificio
que han debido realizar las partes –campos- involucradas.
-
- Queda
así la interrogante sobre la intención o no del artista de asumir su
hacer “en la cultura” y no sólo en esa área de ella que solemos
llamar “arte”. Lo que
implicaría en este caso, profundizar estos vínculos con los trabajadores
de manera que ellos pudieran apropiarse de la experiencia y recrearla o
replantearla en términos materiales o discursivos,
entrando así en un territorio efectivamente dialógico.
-
- Notas
-
Con la noción de “experiencias de creación” me
refiero a trabajos donde la producción de situaciones
contextuales y reflexivas no restrictivas al campo del arte,
priva sobre la idea de “calidad del objeto” artístico.
Estas experiencias pueden producirse a lo interno, o a lo
externo de los marcos institucionales. O pueden producirse en
el desplazamiento y cruce Inter.-contextual de dichas
experiencias, para lo cual se requiere por lo general, de
la creación de las condiciones facilitadoras de la
transdisciplinaridad y la extradisciplinaridad.
- Es
importante señalar que esta noción que presento es apenas un
esbozo no discutido suficientemente entre quienes lo hemos
estado usando y donde de entrada algunos objetan el término “experiencia”
por sus connotaciones fenomenológicas. Todo esta por
discutirse.
-
Es necesario aclarar que toda “zona de distensión” lleva
implícito un acto de “distinción”,
reconocimiento o beligerancia por parte de lo
instituido y a escala internacional, sólo que en estos casos
la visibilidad deseada más que un fin en sí mismo, persigue
objetivos reivindicativos de naturaleza racial, religiosa,
social, política o cultural .
-
Alejandro Moreno realiza este análisis con suficiente detalle
en sus libros “El aro y la trama”,
y en “Historia de vida de Felicia Valera”. También
lo trabaja en el cuadernillo sobre “la Familia popular
venezolana” publicado por el Centro Gumilla.
- En
el libro “Culturas Híbridas”, Néstor García Canclini desarrolla el análisis
sobre los conflictos entre las distintas definiciones y usos
que históricamente se han venido producido sobre lo
“popular”. Folcloristas y antropólogos, comunicólogos,
sociólogos, partidos políticos, etc., han desarrollado
propuestas opuestas y que incluso, han generado intentos de
unificación como son por ejemplo la “teoría de la
reproducción” y
la concepción neogramsciana de la hegemonía. Innumerables
grupos comunitarios, artesanales, indígenas, etc., han
asumido el término y participan intensamente de las luchas
por su interpretación, ya que se considera como
imprescindible en la creación de una identidad que posibilite
la fuerza para el logro de sus reivindicaciones.
-
El artista se dedicó a clasificar y contabilizar de modo
bastante detallado, una enorme cantidad de artistas que por diversas razones han
incorporado al “ladrillo” como material de trabajo para
sus obras. Pero lo que llevó a este procedimiento al punto
del absurdo, fue la contabilización de ladrillos en cada
propuesta. Para esto debió contar uno a uno cada ladrillo,
incluso en obras donde el ladrillo es representado.
-
Como ejemplo vale recordar la serie “Acciones remuneradas”
de Santiago Sierra (México), donde le paga a muchachos de un
estatus marginal para que se masturben frente a la cámara, o
donde le paga a los obreros de una galería para que sostengan
durante cuatro horas una pared de madera a sesenta grados del
piso, mientras la gente que fue la “muestra” degustaba
buenas bebidas y reproducían los rituales propios de una
“inauguración”.
-
Cabe señalar que la relación del artista con los trabajadores de la fábrica,
varía de acuerdo a su posición en ella. Así por ejemplo, la
vinculación del ingeniero quien es el encargado de la fábrica,
es mucho mayor que la de los trabajadores de planta. Esto
puede entenderse de varias maneras. Por una parte podemos
pensar que el ingeniero por ser jefe, tiene una mayor libertad
para decidir involucrarse en una actividad ajena a la rutina
de la planta, más aun cuando se trata de horas laborables.
Por otra parte, la integración del ingeniero en la
experiencia se debe a que evidentemente es una persona que
valora su trabajo y parece estimularle cualquier ejercicio que
le brinde la posibilidad de verlo de formas distintas o
ampliadas. Un trabajador de planta por el contrario, aunque le
interese una experiencia como esta, necesita la autorización
de su jefe para involucrarse en ella. Lo mismo podríamos
decir del personal administrativo. En todo caso, este tipo de
apreciaciones podría ser útil para el diseño de nuevas
experiencias.
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