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Un debate abierto en el marco de la exposición ZONA DE DISTENSIÓN (inventario y estadísticas de una experiencia de diálogo). David Palacios |
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Juan Carlos Rodríguez Carta a Luis Pérez Oramas |
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Caracas, 24 de Marzo de 2003 Estimado
Luis Primero
que nada un afectuoso saludo esperando te encuentres bien en tus
labores en Nueva York. Me
llegó una respuesta tuya al documento que preparé en el contexto de
la muestra Zona de Distensión de nuestro amigo David Palacios
y que ha estado disponible desde esta semana en la página del Celarg.
Me ha parecido muy bueno tu interés ya que como señalas en tu carta,
la recepción de nuestros trabajos -los de todos-
aquí en Venezuela es decepcionante. Paradójicamente
a pesar de que nos hemos visto repetidas veces en Caracas, el correo
se convierte ahora en la oportunidad de seguir conversando desde
nuestras posturas y por
supuesto desde el afecto y la admiración que aprovecho en hacer
mutuo. Doy
la bienvenida a esta “accidental” polémica ya que si algo
necesitamos en el medio del arte venezolano es una actitud propicia
para la discusión y el debate de ideas. Y digo “accidental”,
porque podría decirse que fue así como llegaste a mi texto, y porque
de inicio no me proponía tocar lo de la Invención de la
Continuidad. Pero ya hablando de ese texto, debo decir que
ciertamente mi comentario sobre la Invención de la Continuidad
–IC- es somero en cuanto a que no obedeció a un análisis minucioso
de tu curaduría. Mi reflexión iba por otra parte, y más bien
respondió a la “sorpresa” de no encontrar al Techo, y otras
propuestas que me parecen valiosas, en la lista de muestras “históricas”
que mi memoria pudo alcanzar al momento de estar sentado frente a la
computadora. Y si la IC fue una de ellas y además la que cito, se
debe a que fue una de las últimas muestras que han tratado con la
“historia del arte venezolano” aunque no sea desde la tentación
actualizante ni la mera secuencia o retrospectiva histórica que bien
señalas. De
cualquier manera, como nunca se habla desde la nada, estuve
reflexionando sobre tu carta y encuentro algunos puntos que me parecen
importantes conversar. Uno referido a tus planteamientos respecto al
arte contemporáneo que de alguna manera trabaja con “pretensiones
antropológicas”, donde incluyo lo del compromiso y la ética, otro
referido a la IC propiamente, y por último un comentario referido a
la frase “paro-sabotaje” que utilicé en el referido texto.
Creo
que pudiera expresarte algunas de mis coincidencias contigo en relación
a las posibles limitaciones de la noción de “compromiso”, en un
comentario de otra naturaleza vinculado al campo eclesial y teológico.
Durante los años 60, 70 y 80 algunos de los teólogos y pastores que
optaron por una teología “comprometida” cónsona a los documentos
del episcopado latinoamericano de Puebla y Medellín -Teología de la
Liberación- terminaron en sus prácticas, alejados del propio pueblo
al que pretendían liberar, y más aun, cometieron en algunos casos,
excesos de poder y
violencia, producto de una lectura antisobrenaturalista de la fe,
cuando intentaron mutilar elementos “alienantes” de la
religiosidad popular -sobre todo del catolicismo popular y ciertas
creencias evangélicas-, convencidos de que esa era una operación
indispensable para la toma de conciencia y la resurrección de un
sujeto-Iglesia histórico(a), que como tal se hiciera cargo de su
propio destino como comunidad de fe. No
se daban cuenta para entonces, que la erradicación -que nunca llegó
como se lo plantearon- de esas creencias consideradas como a-históricas,
alienantes y desmovilizadoras, representaban en muchos casos, la
sangre, el mundo de sentido mismo de las comunidades, y por lo tanto
su principal potencial, incluso, de resistencia respecto a las
representaciones de fe producidas por la jerarquía eclesial. Así en
cierto modo el liberador devino en dominador, y en muchos casos
quedaron paradójicamente aislados de las comunidades, las cuales, de
otra manera, ciertamente más silenciosa, continuaron sus procesos de
transformación y modelaje del contexto social y cultural en que se
desenvolvían. En
el caso de muchas iglesias protestantes se asumió, por ejemplo, la
liturgia “latinoamericanista”, creyendo que eso iba mejor con
nuestra idiosincrasia y con los “comprometidos” postulados
liberacionistas, sin darse cuenta tampoco que las interpretaciones que
hacían de esa idiosincrasia era absolutamente parcial, que las
“negociaciones” con el mundo del mercado por un lado, y las
“negociaciones” o sincretismos que desde la fe “negra” o
“india” –por sólo nombrar a las dos de más larga data- habían
tejido muchas comunidades a lo largo de su historia con la fe
“oficial”, eran infinitamente más complejas que el diagnostico
elaborado desde su teología. No
fue sino hasta los años 90 con la llamada “nueva evangelización”,
donde empezaron a vislumbrarse propuestas teológicas que consideraban
seriamente algunos de estos aspectos, que afortunadamente, ya se
dibujaban en diversas experiencias eclesiales y misioneras, algunas de
las cuales, eran adelantadas por el laicado, sin plena
“conciencia” de que sus metodologías de trabajo -y seguramente
gracias a esa inexactitud racional-
coincidían a ratos y distorsionaban en ocasiones esta
corriente teológica. Así “deformaron” la teología y lograron
fecundas “inculturaciones” –o diálogos con inculturaciones ya
existentes- dignas de estudios posteriores. Enfatizando
en lo del “compromiso”, hay que decir que ciertamente en sí mismo
no es garantía de nada. Y ética y estratégicamente puede estar
limitado. Sin embargo, y ahora hablando del arte, creo que ambas
posturas, la de un arte con “pretensiones antropológicas”, y la
de un arte que opte por la sola forma o la belleza “pura” deben
ser auscultadas y juzgadas, ya que si como señalas con toda razón,
los riesgos de un “arte con “pretensiones antropológicas” pasa
por las posibilidades de la “otrización ficticia y manipuladora”,
pasa por el uso y reducción de la alteridad con fines esteticistas y
personalistas, y que a pesar de sus cuestionamientos al objeto estético
termina plácidamente disfrutando de los mismos mecanismos de
circulación del reconocimiento del arte que cuestiona, no creo, ni en
el campo de la fe, ni en el del arte ahora, que toda idea de la
belleza en si misma, ni de la pura forma, sean per se modos de
resistencia, incluso porque como sabemos, ellas también están
cargadas –distraídamente o no-
de contenido e intención política. Y cuando digo distraídamente
me refiero a los artistas, porque en realidad, en el campo del arte,
como sub sistema de la sociedad del capital, no existen esas
“distracciones”, y cuando se defiende la autonomía ética del
campo de las artes, se defiende un modelo de sociedad particular, con
intereses particulares, y con valores particulares. En este sentido
considero, que mucho del formalismo, mucho del culto a la belleza
“pura”, representa en nuestro contexto venezolano –incluso más
allá de él- , lejos de toda práctica de “resistencia muda”, un
compromiso raso y acrítico, facilista y complaciente, con un sistema
de cosas en el campo del arte -global-local- que por muchas razones
merece ser interrogado. Merece ser interrogado en su plácido y
desproblematizado reposo en los mecanismos mercantilistas que en buena
medida determinan las formas y tópicos del objeto artístico, así
como determina -sobre todo en los contextos metropolitanos-
la forma institucional adecuada para ese arte, y cuyo signo
institucional aparece impreso, por citar sólo un ejemplo, en el
modelo de trasnacionalización del museo, poderosamente ostentado por
el Guggenhein -y no se entienda con esto una postura “antiglobalización”,
ni un juicio a priori de homogenización en la producción de obras de
arte-. Merece ser interrogado y cuestionado en su reducción
fetichista de lo cultural, y en el delirio egocéntrico del “artista
creador” quien habiendo ya abandonado el relato del artista como
redentor del mundo, sintiéndose por fin liberado de esa carga, asume
que ahora si llegó el momento de hacer su carrera y punto, de no
tener otra preocupación que su distinción como hombre o mujer de
“avanzada”, objetivo para lo cual, dado el caso, tanto la “pura
forma” o la apropiación de tal o cual temática “exótica”,
debe ser asumida siempre y cuando sea garantía de “éxito”. Localmente
debe cuestionarse por ejemplo, el rol ineficiente que el Estado ha
asumido durante años, y que en parte señalas en tu carta, con lo de
las bolsitas del Conac, el funcionariato crónico, los becarios del
estado, etc. Generalmente
el cuestionamiento que se hace a nivel local está dirigido al Estado
como patrono, como benefactor, debido a que es quien sustenta nuestros
museos y orienta gran parte de las prácticas del mal llamado
“sector cultural”. Pero abro el compás porque considero que no sólo
las instituciones estatales elaboran políticas culturales, y porque
gran parte del arte que se hace en el país asume como referencia, -y
esto no necesariamente implica un juicio valorativo- en el sentido de
los mecanismos de circulación, de los parámetros de éxito, etc., el
arte producido en contextos metropolitanos, donde las grandes
corporaciones tienen un peso muy importante.
Ahora,
no implica este juicio una detracción a ultranzas de la forma, ya que
ella misma como discurso, y como todo discurso, apoya, modifica y/o
genera realidades. Estoy de acuerdo con los ejemplos que pones como el
de Antonieta Sosa, Héctor Fuenmayor o Eugenio espinoza, por citar
algunos que, asumiendo la forma y “maculándolas de mundo” como
dices, logran articular unas propuestas pertinentes frente al callejón
ciego de la “modernidad venezolana” encarnada y encarada en el
cientismo y en las propuestas abstracto geométricas. Pero habría que
decir también, que una Antonieta Sosa con “pretensiones
Psicologicistas” y un Claudio Perna con “pretensiones artísticas
o geográficas” -no sabemos ya que, como es de nuestro conocimiento,
provenía antes que del arte, de la geografía-, ella dada al trabajo
minucioso y “limpio” de la forma, y él dado al trabajo de una más
“despreocupada” forma, lograron articular sus propuestas gracias a
sus “pretensiones”, gracias a una visión ética y política del
campo, gracias al cruce de saberes, en la búsqueda de esos otros
sentidos que el campo mismo comenzaba a aceptar, gracias también a
las pretensiones de otros impertinentes pretenciosos como Duchamp o
Beuys. Este último como sabemos, quien logró articular sus
propuestas desde el uso de una formalización bastante liberada y
contundente, y el primero, aunque nos dejó su “gran vitrina” y
otras obras de igual formalidad liberada, sumamente extraña e
igualmente contundente, es imposible olvidar que participó de la
“efímera y fracasada” vanguardia dadaísta, y
que tal vez por ello, le fue posible concebir sus propuestas de
los ready made, sobre todo aquel “anárquico”, “antiformal”, y
“nada bello” urinario, que por cierto ponía su acento en lo político,
en las reglas o constitución del campo del arte. Ahora,
volviendo a los ejemplos venezolanos, a mi de Antonieta me interesa
también otro tipo de experiencias que no aparecen en sus muestras. Me
refiero a su labor docente y sobre todo a las prácticas corporales
desarrolladas con grupos diversos, los cuales son de un gran contenido
ético, relacional, inventivo y humano. Pero de nada de eso se habla o
no se trata generalmente, y creo que se debe a las limitaciones del
campo de las que hablo, de las “reglas” de la
interpretación curatorial, y probablemente de las
interpretaciones de la propia artista –y de los artistas en
general-, lo que impide su tratamiento. Igual
consideración podríamos hacer de Perna quien realizó unas muy bien
resueltas obras, formalmente hablando, como son esos mapas
intervenidos que conocemos, pero habría que analizar por ejemplo, la
precariedad formal “del otro Perna”, el de las obras sociales, por
ejemplo, donde sus preocupaciones parecen alojarse en otra parte,
parecen alojarse en zonas poco consideradas hasta el momento, más allá
o más acá, –no sabemos- del objeto artístico. Creo
que frente a esto hay dos opciones: Demandar del campo del arte la
valoración de algo más, que tal vez no se llame “obra de arte”.
O abrir otros espacios que permitan la valoración de estos trabajos,
en su más rica dimensión -de la relación, de la temporalidad, de
los afectos, de saberes difusos-, es decir, que el arte más que desde
el arte, se asuma como “haceres o prácticas desde y en la
cultura”, por decirlo de alguna manera y momentáneamente, todavía
demasiada abierta e imprecisa. Ahora,
esto no implica necesariamente renunciar a la formalidad del campo de
arte, pero sí implica no restringirse a sus exigencias. No implica su
renuncia por dos razones: la primera, porque el campo del arte, como
todo campo, es un espacio para el debate que no debe ser descartado.
Segundo, porque las ingenuidades de aquellos quienes en los años 60,
tanto en Venezuela como internacionalmente, se revelaron radicalmente
contra la forma -y en esto tienes razón de que sería ingenuo-
terminaron, como bien sabemos, por demostrar sin querer, la
enorme capacidad de adaptación, de absorción, de los museos y del
campo del arte en general, respecto a todo trabajo y propuesta que
cuestione su constitución. Por
eso uso el término “experiencias de creación”, “experiencias o
proyectos desbordados”, etc. que aunque como términos
“deflacionarios de realidad”, pueden permitir al menos considerar
provisionalmente, grandes “zonas marginadas” por nociones como la
de “obra de arte” y el tipo de “morfología” que esa
construcción exige. Yo me pregunto ¿que hacer?, ¿como tratar?, ¿como
inquirir sobre todas esas dimensiones de las “realidades” tratadas
en nuestras experiencias que normalmente no caben –o son segregadas-
en una sala de arte, en un museo?. Pero que –por su método y
“forma”- difícilmente puedan ser bien recibidas por la sociología,
la antropología o la teología. ¿Acaso no existen por no tener “cédula
de identidad”?. Y son prácticas, procesos vivenciales e
investigativos donde hay sentidos, hay voces, hay afectos realmente
enmudecidos en la constitución de los campos, en el régimen de la
forma artística, en el régimen
del texto antropológico y en el régimen de la interpretación teológica.
Esto
ocurre incluso, con producciones “desubicadas” como las de mi
amiga Cayita, la cual no podría ser tratada ni desde la óptica de
los folcloristas, ni de los promotores y defensores de lo que se ha
denominado “arte popular”, y mucho menos sería considerado como
“arte contemporáneo”. Llegados
aquí me parece oportuno reivindicar sin lamentos, la posibilidad de
cruzar distintos saberes en las prácticas de los artistas o de
cualquier otro “profesional” en su afán investigativo o
experiencial, y donde, en el caso del arte, el aspecto ético, que se
coloca sobre la mesa por los aspectos co-lindantes con problemas
antropológicos, me parecen una ganancia en un contexto social-global
que se debate entre la omisión o el “todo vale” posmoderno y la
recurrencia o persistencia de una moderna ética normativa y
universalizante a la cual considero que definitivamente hay que
salirle al paso. En
este sentido es una tarea pendiente, la reflexión sobre una ética
que ha mi juicio debe ser contextual, relacional, y en ese sentido
“blanda”, seguramente siempre irresuelta e inacabada, pero que
opta por un sentido de responsabilidad.
Por
otra parte, en lo que se refiere a la IC, la verdad es que la tesis
que propones junto a Ariel Jiménez me parece interesante. De hecho
creo que según esa tesis brevemente explicada en tu carta, se
entiende la ausencia del Techo en la muestra. Ciertamente su inclusión
haría aparecer otra tesis curatorial interesada en hilvanar –según
mi interés- una lectura, un discurso, que identificara y partiera de
acentos políticos, de lecturas del poder en el arte venezolano, lo
que pudiera ser, entre otras cosas, una lectura a contrapelo de una
versión muy común hoy que promueve la idea de la inexistencia de un
arte político en Venezuela, y que pudiera contar y valorar las
distintas estrategias formales y “contra-la forma”,
“individuales” y “grupales” que se hubiesen producido en el país,
más allá del Techo, que en fin de cuentas es una de ellas, más no
la única. No
se, Luis, si has tomado en cuenta lo suficiente, el hecho de que en el
país son escasísimas las muestras que de algún modo realizan una
lectura “histórica” del arte venezolano, que de hecho las últimas
que se han realizado son “cortes” de décadas como Nuevas
Cartografías, o muy localizadas como la actual del “Techo”, y
que probablemente debido a esto, estas muestras posean tal vez sin
querer, un aura fundacional que haga muy necesario subrayar
doblemente, el hecho de que se trata como señalas en tu carta, de
“una narrativa posible de un aspecto específico de nuestra
contemporaneidad artística”. Porque más allá de los malentendidos
que señalas, como el que te endosa la idea de no haber más
modernidad que la cinética en el arte venezolano, y esa cosa pudorosa
sobre las muñecas de Reverón, etc., creo que son pocas las ocasiones
que se presentan de construir o tejer un discurso que trate con estos
asuntos, y que probablemente debido a ello, se forme la idea de que lo
presentado es, repito, un discurso fundacional. Y
volviendo a lo del Techo, sólo me queda referirme por los momentos,
al juicio que emites respecto a esa experiencia. Obviamente esa
valoración habla de una manera muy específica de entender el arte, y
quizá también sea una de las razones –desde la forma- que
expliquen la ausencia permanente del Techo en la memoria histórica
del arte venezolano, a menos desde la óptica institucional. Calificas
al Techo de “fracaso”, me imagino, en su enunciada intención de
demoler, acabar o desinflar el “fracasado metarrelato cinético y
otras cursilerías”. Pero yo me pregunto, y de verdad al margen de
una chata apología, si esa evaluación toma en cuenta que todo
proyecto social, artístico o investigativo, puede ser analizado y
evaluado, tomando en consideración una cantidad de variantes que van
más allá de sus objetivos enunciados, de sus propósitos explícitamente
expuestos. Creo que sería interesante elaborar una evaluación
distinta sobre el Techo. Una evaluación que permita crear grandes
categorías de consensos y disensos respecto a el mismo, buscando el
lugar más ajustado en esa pluralidad de voces, ubicándolo en su
contexto histórico y social, e indagando sus sentidos como posible
remanente en el ámbito de lo simbólico, que aunque no se sepa por
donde anden –esos sentidos-, pueden ser retomados aunque sea
parcialmente, y servir de detonante de nuevas experiencias. Ya
por último, no podía dejar pasar tu comentario respecto a mi
“fraseología presidencial” cuando califico la huelga de diciembre
de paro-sabotaje. Ciertamente conozco tu posición respecto al
gobierno venezolano, pero en función de mi propia experiencia, y de
los argumentos de la oposición venezolana, no puedo dejar de señalar
lo que me parece una simplificación del problema, su presentación
como que de lo que se trata es de la lucha del bien contra el mal.
Creo
que el estado y el capital de distintas forman logran un mismo
cometido: controlar, diseminar, reprimir, comprimir, dispersar. Lo único
que el capital lo hace sin una ideología visible y sin una
subjetividad señalable a diferencia del estado. Máxime cuando su
representante, hace gala de personalismo y carismatismo. En
este sentido, a pesar de colaborar y participar en proyectos
comunitarios de gente muy valiosa vinculada o simpatizante de Chávez
–no puede ni tiene por qué ser de otra manera cuando trabajas en
barrios o en mi natal parroquia de Caricuao- no puedo ser un gran
entusiasta de los “grandes relatos” que persisten en algunos
sectores de la izquierda venezolana, ni de los relatos nacionalistas
sobre todo esencialistas que también aparecen en el horizonte político,
ni de los “grandes relatos” de la derecha que hoy, como sucede
desde el 98, se esfuerzan en pintar de caos cada uno de los
movimientos de gobierno, con la intención de hacernos creer que ellos
representan el orden, la pluralidad y el bienestar. Básicamente
actúo desde el escepticismo en términos de la pretendida inocuidad o
beneficios del poder, ofertados en todos estos discursos. Y
precisamente, y paradójicamente por ello, actúo “sesgadamente”
desde la “defensa” de los “mundos de vida” –para decirlo en
términos de Alejandro Moreno- no considerados por ellos, es decir, ni
por la insistencia de la epísteme moderna, ni por las
despreocupaciones o justificaciones guabinosas o aceptación
naturalizada de las construcciones económicas y culturales de cierta
posmodernidad, expresadas por ejemplo, en ese tipo de frases sin
rostro como “es que no se puede hacer nada, así son los mecanismos
y las fuerzas del mercado, y en fin de cuentas es lo que más
conviene” . Que
si Chávez representa la antípoda de una sociedad plural, es hasta
ahora, una paradoja, porque quiérase o no, llámese por oportunismo,
por demagogia, por ingenuidad, bien sea un efecto efímero o no, una
gran parte de la población por primera vez o desde hace mucho tiempo
se siente representada, incluida, nombrada. Y los detractores de Chávez
que hoy se esfuerzan por “una salida como sea”, parecen no tomar
en cuenta ese hecho, o les parece poco importante, o al fin de cuentas
es el sector menos preparado e importante de la población, que no
entiende lo que “realmente pasa”, los indígenas, el lumpen
criollo, etc. Creo
que más allá de las críticas que deben definitivamente hacérsele
al gobierno, las manipulaciones son evidentes, y así como una buena
parte de la población que no se identifica con el gobierno se siente
desplazada por él, y está en su legítimo derecho a la crítica y a
las acciones que esa crítica supone, una buena parte de la población
se siente amenazada con los juicios y calificativos homogeneizantes y
generalizantes que se le imponen desde el otro lado al sólo asomar la
cabeza: terroristas, violentos, desadaptados, etc., y temen no
injustificadamente, que la caída de Chávez represente la
“desaparición” definitiva de su inclusión en el mundo social.
Para mi el discurso de que los venezolanos experimentábamos una
“armonía de clases sociales”, ha ocultado lo que ya no se podía
más, la fuerte exclusión de estos y otros grupos o sectores de la
población. Claro
que todo esto es contradictorio, pero definitivamente creo que es
necesario asumir que el camino de la inclusión, de la pluralidad, de
la solidaridad, de la democracia, de la construcción de una sociedad
civil, es, muy visiblemente en este momento, un camino espinoso, y lo
que veo planteado es una lucha por la interpretación de todas esas
nociones. Y
por cierto, la manera en que presento la sucesión de hechos desde el
año 89 hasta hoy, no se trata de una manera caprichosa de vincular
todos estos hechos, ni porque se quiera “meter todo en un mismo
saco”. Más bien responde a que en ese año, pese a las diferencias
que podamos percibir entre este gobierno y los anteriores, se acentúa
o aparece un ciclo de protestas que aun hoy no culmina, protestas que
como sabemos, están atravesadas o moldeadas en los forcejeos por la
interpretación de las nociones antes mencionadas como las de
democracia, ciudadanía, estado, etc. Con
respecto a la frase paro-sabotaje, esta no tiene la intención de
desconocer que en el país hayan razones para cualquier huelga,
incluido la situación de los museos que es paupérrima como nunca,
pero no puedo considerar legítimo el daño conciente que se le
infringió por ejemplo a algunas de las plantas petroleras, más allá
de las naturales acciones de una huelga. En algunos casos más que
“paralizar” se llegó a “dañar”, y esto es lo que no acepto.
Y
me pregunto ¿fue sólo una decisión de Chávez lanzar al país a la
bancarrota al no negociar?. Realmente no creo que la oposición
tuviese deseos reales de negociación alguna, ya que para ellos
lanzarse al paro, más que salir de Chávez, era salir de él y de
todo lo que tuviera que ver con él, sin lo engorroso y
“desventajoso” de los malabarismos propios de la negociación. Era
la garantía de victoria total. Y
hablando, Luis, de tu posición política expuesta en la prensa -la
cual no deja de revelar cierta dicotomía respecto a la belleza
“pura” defendida en el campo del arte, y el compromiso asumido en
contra de un gobierno-, así como leí en un artículo tuyo una dura
crítica a cierta izquierda francesa donde te referías –para tratar
de ubicar el artículo- a
la gente del Le Monde, y que ahora no viene al caso extender el
comentario, no se cual será tu postura frente a las ideas y acciones
imperialistas adelantadas desde Washington. Tal vex eso nos diera un
panorama más completo de una misma idea. Bueno
Luis, me despido deseando nuevamente que puedas desarrollar los
proyectos que te llevaron a la ciudad de Nueva York, del cual espero
buenas noticias, y deseando también que este intercambio nos sea útil.
Un abrazo afectuoso, Juan Carlos Rodríguez |