- El dibujo es un medio de expresión y es, también, un ejercicio sensible de la reflexión, donde el espacio se hace gesto, línea en movimiento, superficie y valor. Es, en este sentido, un momento de obliteración y suspensión, en el que la contextura de la experiencia vital y sus soportes visuales ceden ante sus propios fundamentos: convirtiéndose en entramado de relaciones, en manifestación y misterio.
- El dibujo, por su condición limítrofe siempre deudora de emociones y señalizaciones-, puede convertirse en una afirmación de la inmensa densidad expresiva de sus propios instrumentos: línea, valor, desplazamiento en el espacio y vacío. Una afirmación en la que la unicidad de un gesto se muestra como multiplicidad irradiante, en la que puede decir y decirse en lo flexible y sutil.
- El dibujo puede esbozar el mundo, idearlo, darle siempre un contenido irreductible en el pura narración de sí mismo; el dibujo justamente porque sabe más de entramados que de texturas, porque comprende mejor los despliegues que las presencias, funciona como un medio de expresión adecuado para descubrir y describir los procesos, los caminos de transformación, los espacios de disolución, los movimientos inciertos, los ensayos. Se hace de trazos mínimos, funciona en el apunte y en la pura señal expresiva, permite el error, el tanteo.
- En estos dibujos reconocemos un proceso de reflexión, un lugar de concentración, en el que entre ritmos, desvanecimientos, manchas y vacíos podemos entender discurrir- en la riqueza del movimiento mismo de la línea, en su hacerse sobre la superficie, un decir, que es en realidad un decirse, íntimo, silencioso, elocuente, secreto.