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Francisco Da Antonio octubre de 2005 |
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María Lionza alquímica |
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Desnudas, como una ráfaga de eróticas tensiones, cabalgando en pelo sobre dantas indómitas, Elizabeth y la Reina avanzan desde un extraño tiempo. La memoria no alcanza el intenso galope de los cuerpos cimbreantes entre lechos blanqueados por las aguas y las hojas de las sierras empapadas de líquenes orgánicos y las erectas varas de selváticas voces, murmullos y quejidos, el vuelo de los pájaros al paso del insólito potro y sus heroicas dueñas, como un viento ancestral de enloquecidas hembras y erguidos personajes. Más allá de los rostros de miradas brahamánicas, de las míticas formas de la cabalgadura, de las rosas sangrantes de las defloraciones, flamígeras estampas de lo feroz y lo terrible, consagración pagana de medievales textos, devoradoras sierpes, copa de las delicias donde se sacian víctimas y oficiantes de las mitologías, quimeras de la historia, holocaustos y crímenes sepultados por gritos y consignas odiosas, desasistidas sombras resurrectas, el tiempo las devuelve como joyas radiantes, seductoras y amigas de dulces aventuras de las formas y los cuerpos floreciendo de nuevo por milagro de las antiguas musas del Jordán y del Ganges, del Mar de los Sargazos y los soles Caribes encendiendo las hogueras fulgentes al paso impredecible de las desnudas diosas aquí, frente a nosotros, en estas salas, entre los oficiantes de la Reina y las crípticas, lúcidas y enigmáticas imágenes de Elizabeth Pazos. |
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Lakota, 2004 Fotografía a color |
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