¿Por qué nos odian tanto?

Rigoberto Lanz

El Nacional, Caracas, martes 30 de octubre de 2001

“Lamentémonos juntos pero no seamos estúpidos juntos”
Susan Sontag

La pregunta habría que tomársela en serio por muy gafa que parezca a primera vista. De otro modo, si se trata sólo de un gesto hipócrita de los tantos que observamos en estos días, entonces cabría otra pregunta igualmente cínica: “¿Es que acaso no se lo esperaban?”.

El ciudadano promedio norteamericano (esa babosa categoría sociológica que Jean Baudrillard califica de “incultura radical” en su célebre libro América) alberga sinceramente el estupor y perplejidad de esa pregunta. Y es más que comprensible: ¿cómo es posible que mi nación, representante universal del bien, la moral y las buenas costumbres, pueda ser “odiada”? La ignorancia no está en crisis, ya lo sabemos. La idiotización funcional de miles de millones de trajes ambulantes no acaba de ocurrir. Vivimos desde hace mucho la apoteosis de la banalidad hecha sentido común de la gente simple y llana. No hacen falta guerras mundiales, amenazas de destrucción nuclear, destrucción irreversible del ambiente, terrorismo de Estado impunemente aplicado, miseria humana masivamente expandida en gran parte del planeta, para entonces tomar nota de lo mal que van las cosas. Un muerto más, un muerto menos: ¿en qué altera el patetismo de un mundo que tiene “atrás las ruinas y adelante el vacío” (Robert Musil).

Ninguno de estos hechos (¿acontecimientos?, según J. Baudrillard vivimos una “huelga de acontecimientos”) puede mirarse aisladamente. Si alguien se empeña en leer uno por uno estos fenómenos, entonces es muy probable que no entienda el trasfondo que permite dotar de sentido los disparates más atroces de nuestra flamante civilización occidental. La “mcdonalización” del globo terráqueo es sólo un aspecto de los dispositivos de homogenización por los cuales discurre el sistema de poder. A su lado están todos los mecanismos de violencia brutal que han sido activados impunemente cada vez que los intereses son tocados en cualquier parte del mundo.

El discurso del poder se vuelve cinismo desvergonzado con toda esta cháchara de “la libertad” y “la democracia”. La derecha quiere sacar ventaja –como siempre– vendiendo sus propios valores como si hablara la humanidad. Los sectores más reaccionarios del mundo entero juegan al viejo truco de apropiarse de la figura universal de “la libertad”, como si tal “libertad” estuviese ontológicamente depositada en las sociedades industrializadas del Norte. Esta falacia funciona como pensamiento único en todos los formatos de opinión que se ponen en marcha frente a la crisis. Esta vieja manipulación pasa como sentido común en un mundo cuadriculado por el dominio massmediático de viejas y nuevas ideologías.

El chantaje arrogantemente proferido de dividir el mundo en amigos y enemigos, según que “están con nosotros o están con los terroristas”, es nuevamente el esquema maniqueo de una razón política incapaz de entender lo que ocurre en el mundo. Muchos funcionarios de las agencias del capital se tomaron demasiado en serio las entusiastas profecías del inefable Francis Fukuyama. La marcha triunfal de Occidente, coreada a los cuatro vientos por legiones de intelectuales adosados al festín de la globalización, se ha saltado alegremente la pequeña anomia de una humanidad dramáticamente excluida de todo chance de viabilidad en el modelo de desarrollo dominante.

La alineación automática de los amos del mundo es más que comprensible. Se entiende menos la incapacidad de muchos intelectuales para establecer la diferencia, para matizar sus opiniones, para romper el juego manipulador de gobiernos y agencias al servicio de sus propios intereses.

La violencia en el mundo no tiene solución militar. La ilusión de un “triunfo” fundado en una momentánea superioridad bélica frente a un “enemigo” construido desde la propia lógica del poder, es parte de un círculo vicioso, tan inútil como infernal. La lucha de millones de seres humanos por un mundo distinto, no puede ser escamoteada por esta cruzada universal de “los buenos”. Se trata de trazar otra demarcación, otra línea divisoria: la de la lógica del poder en todos sus enmascaramientos y la de la racionalidad emancipadora en sus infinitas expresiones.

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