El arte. La cosa que piensa
Theowald D’Arago

Artista visual y Profesor de Filosofía, IUESAPAR, Caracas

INTRODUCCIÓN

Aquí no haremos ni literatura del arte,  ni solo citas o analogías filosóficas,  que no es Filosofía, y tratando de hacer filosofía del arte, probablemente nos volveremos pesados, porque ésta no es opinión (doxa), sino la búsqueda de la episteme, es decir de la matriz de conocimiento, de lo verdadero, en nuestra contemporaneidad ya no de la verdad, sino las verdades... (del Ontos On) lo que es verdadero.

Yo no soy pionero de nada, salvo de mi trabajo filosófico, soy un outsider. Siempre he tratado de mantenerme al margen, incluso hoy (para lo cual no hay que hacer mucho esfuerzo en este medio), porque en nuestro país se confunde solidaridad con complicidad, cuando de lo que se trata, además de debernos a los otros, por supuesto, es de que crezcamos, porque al final lo que buscamos es lo verdadero no la verdad ideal, porque ella no existe... y por lo tanto nadie la tiene.

 Por ahora, les echaré el cuento sintéticamente. Entre los finales de los 60 y principios de los 70, mientras los pintores venezolanos estaban haciendo “arte de concepto y conceptualista”, que se hacía en otras latitudes, yo pintaba paisajes reveronianos para comer, hacia política de izquierda,  cosa que me llevó a convertirme en ÁCRATA E ICONOCLASTA y estudiaba Filosofía.

Para entonces propuse estas ideas que son las que he desarrollado en estos últimos 27 años:

“EL ARTE NO ES SOLO UN PROBLEMA DE FORMAS DE FORMAR, PENSAR CON LAS TÉCNICAS, CREAR CON LA MENTE”

“POTENCIALMENTE ARTISTAS SOMOS “TODOS”, EL ARTE (EL HACER) ES UNA CUALIDAD DEL HOMBRE”. AUN MAS ES LA CUALIDAD QUE NOS HACE HOMBRE. NUESTRA CONDICIÓN.

Si mi trabajo termina siendo oficializado (cosa que traté de evitar todos estos años) no tendré otra alternativa que contarles mis anécdotas y mostrarles las decenas de trabajos-ideas que he realizado durante más de 30 años,  y si ya no estoy por aquí, lo cual hace al creador menos “peligroso”, no poniendo en evidencia a nadie, a lo mejor a alguno se le ocurre y hace un panegrifo donde me alabe y hasta me convierta en un hombre “bueno”.


FILOSOFÍA DEL ARTE

ARTE-VISUALMENTE

FILOSOF-ARTE

EL ARTE “LA COSA “ QUE PIENSA

Todo verdadero arte (hacer) es simultáneamente sensible e inteligible; seguir considerando anacrónicamente al arte como una percepción que solo está dirigida a la sensibilidad y a los sentimientos, como pareció haber quedado conjurado desde Kant y con los románticos y las vanguardias sucesivas que cierta contemporaneidad manipula por sus necesidades ideológicas y mercantiles, producto del idealismo platónico, por un lado, y de la ignorancia, por el otro, es absurdo. El arte como tantas veces hemos repetido desde hace ya más de 25 años, no es solo un problema de formas de formar. La percepción intelectiva, la hermenéutica (la interpretación) es propia, como diría Heidegger, de la condición humana. El arte como hemos planteado desde nuestros inicios en este que hacer, (como decíamos) es una cualidad del hombre, incluso es la cualidad que nos hace hombres (animales humanos), pues el único ser vivo que por voluntad conciente y auto conciente hace- crea, extiende sus sentidos-su mente es el ser humano. Por eso deberíamos ser más audaces y creativos al tratar de hacer y conocer el arte, y no solo hacer historia, idealizarlo, novelarlo y mucho menos copiarlo, además es una responsabilidad para con nosotros mismo y para el colectivo al cual nos debemos.

No busco ver, hacer, percibir o interpretar el arte sólo como fenómeno, como apariencia sensible, como representación sino como presentación objeto-sujeto de conocimiento, ontológicamente, que es finalmente como es;  es decir, la simultaneidad de lo sensible y de lo inteligible, lo pleno.

Como ya nos decía Sócrates, “la percepción no es un encuentro entre los ojos y los entes, (las cosas) sino que el ojo es solamente un órgano del alma. Vemos a través del ojo, pero no es el ojo el que ve” (Teeteto, 184 d. Quien ve es la mente, la psiké, el alma, el espíritu, tu, yo.

Una cosa es el oficio y la belleza, otra el arte, el hacer,  por eso creemos que todo artista, todo hacedor verdadero es básicamente un pensador, un hacedor intelectivo que se expresa

Sensiblemente, perceptible visualmente. Por ejemplo, en lo que hemos dado en llamar pre-historia, el hombre realizaba en sus cuevas pinturas, ahora denominadas rupestres, lo cual era básicamente un acto intelectivo, eso sin hablar (ya que sería motivo para otra conferencia) de la Mimesis ( imitación) que hemos realizado como arte por más de 2.500 años en Occidente, cuando como demiurgos (como artesanos de las ideas) rivalizando con el Logos, con el Ser, con la Vida, hemos querido crear o recrear la realidad – la verdad.

Todo arte es intelectivo ¿conceptual?. La búsqueda, el imaginar en su sentido primigenio encontrar su auténtico sentido y realidad y expresar la verdad. Por eso creemos que la vieja querella entre el arte (poiesis) y filosofía, en nuestra contemporaneidad, ya no tiene sentido; y como bien sabemos, el cuento de que el arte es sólo belleza, en el sentido de sensibilidad melosa y de ojos torcidos, no sólo es demodé sino propio del desconocimiento, de una interpretación ideológica, es decir de falsa conciencia, de la cual ya está bueno que artistas, investigadores, críticos, museos y, sobre todo, escuelas de arte se sigan permeando y continúen avalándolo. NO TODO LO BELLO ES ARTE, NI TODO ARTE ES BELLEZA.

ARTE (Hacer) Y VERDAD  

“El objeto de la estética como ejercicio analítico filosófico habría de ser las palabras y los sentimientos que pretende expresar: se analiza el lenguaje sobre el arte y los procesos de creación y recepción a que remite, en busca, respectivamente, de su auténtico sentido (el que tienen de hecho, no el que pretenden tener) y realidad (lo que son de hecho, no lo que imaginamos. Pero para eso justamente hay que olvidarse de las palabras y de las  imágenes (interiores), que de modo siempre diferente e imprevisible se ríen de nosotros, juegan con nosotros, nos colocan trampas y siempre parecen significar o remitir entidades metafísicas de las que no hay prueba alguna, haciendo buena, con ello, aquella vieja (septiembre de 1.913) máxima nietzscheana de Wittgenstein: “Desconfianza frente a la gramática es la primera condición para filosofar”. (Isidoro Reguera. Introducción: contra la arrogancia filosófica en  Lecciones y  conversaciones  sobre  estética, psicología y creencia religiosa”.

“En épocas diferentes se juegan juegos completamente diferentes”. “A un juego de lenguaje  pertenece una cultura entera” L.Wittgenstein (1.992) Lecciones y conversaciones sobre estética, p. 20  

La primera obra, el primer hacer, el Arte propiamente dicho fue (es) el lenguaje. Los juegos del arte, del hacer, del lenguaje son tan fabulosos como verosímiles. 

Si el lenguaje y el pensamiento están intrínsecamente ligados y son la condición que nos hace animales humanos, su  arte, su hacer es como “todos” sabemos expresión del pensamiento - lenguaje, de la concepción de vida y de existencia que tengamos, según y el momento en el cual nos ha tocado vivir.

¿Cómo deberían ser sus juicios, entonces, la crítica que ejerzamos del arte y del artista?.  

Partiendo de que “el origen de la obra de arte y del artista es el arte”[1], el hacer. Buscamos  su esencia en la obra efectivamente real. Y nos agrega Heidegger (ibíd.): “la realidad de la obra ha sido determinada a partir de aquello que obra en la obra, a partir del acontecimiento de la verdad”. Nuestro filósofo piensa este acontecimiento como la disputa entre el mundo y la tierra...

 “En la obra, obra el acontecimiento de la verdad “... “El carácter de obra de la obra reside en el hecho de haber sido creada por un artista” (un hacedor)  

Esto nos indica que de ser cierto lo que nos dice el autor, por la fuerza de las cosas, como él mismo plantea: “nos vemos obligados a introducirnos en la actividad del artista, para dar con el origen de la obra de arte”. Agrega, y nosotros con él: “el intento de determinar el ser – obra de la obra única, exclusivamente a partir de ella misma, ha demostrado ser irrealizable”.

En el planteamiento de este diálogo, nos queda manifiesta la reflexión sobre los acontecimientos plásticos nacionales (artísticos) fundamentalmente culturales: ¿puede la crítica iluminar certeramente la relación entre los distintos grupos e intereses humanos tal como se advierten en la obra de arte?.  

La única forma de que la crítica pueda certeramente ejercer esa iluminación que anhela, es que los investigadores de arte que ejercen la crítica (no así los informadores de arte, quienes, como comunicadores sociales, sólo pueden mostrar la obra), repito, ejerzan la crítica abordando la obra desde su naturaleza y existencia, es decir ontológicamente, con nuestras limitaciones, asumiendo hasta qué punto realmente podemos conocer la obra, es decir epistemológicamente y observar así la genealogía, los múltiples orígenes, no así la génesis de las obras que como respuestas realizan los artistas.  

De lo contrario, el “status” de la crítica y de los críticos frente a la emergencia de lenguajes distintos (nótese que no digo “nuevos lenguajes”) a los tradicionales, difícilmente puede elaborar discurso alguno. A partir de ahí podemos hablar de diálogos, sentidos, legitimidad, crítica (juicios), de no ser así, seguiríamos moderna y extemporáneamente haciendo acertijos sobre la base kantiana de considerar el arte y a la belleza como apariencia, porque guarda relación solo con nuestra manera de percibirlo, es decir, subjetivamente, arte – juego independientemente de estar dirigido a un fin, y no así como en realidad es. “En la obra, obra el acontecimiento de la Verdad “...

 “El carácter de obra de la obra reside en el hecho de haber sido creada por un artista” (un hacedor)[2]. Como decíamos, Heidegger piensa este acontecimiento como la disputa entre el mundo y la tierra. Puede parecer extraño que nos hayamos tardado tanto para dar esta definición de la obra, que además de aclarar todo, es la más lógica, y agrega: “pero manifiestamente el ser – creación de la obra solo puede entenderse desde el proceso del crear.”  

Como hemos dicho nos vemos obligados a introducirnos en la actividad del artista,  para  dar  con el  origen de la obra de arte. Y la causa por la cual ha sido imposible la determinación del ser obra de la obra única, exclusivamente a partir de ella misma, no es otra  que la herencia platónica, metafísica, pues el creer que hay una idea, un concepto ideal infinito, eterno e inmóvil del arte es producto de las interpretaciones platónicas e idealistas posteriores. Como plantea Gianni Váttimo[3]: “La estética ya no puede ser desde este punto de vista, reflexiones sobre las puras y simples condiciones trascendentales de posibilidad de la experiencia del arte y de lo bello, sino que ha de ser  escucha de la verdad que se “abre” en las obras”... El origen de la obra de arte y del artista es el arte, el hacer. Buscamos su esencia en la obra efectivamente real. “La realidad de la obra ha sido determinada a partir de aquello que obra en la obra, a partir del acontecimiento de la verdad”.  

Como hemos manifestado en otras ocasiones, es a partir de la physis, entendida como emerger y engendrar, es decir griega presocráticamente como el artista trae adelante y sale a la luz (aléteia) y se genera espontáneamente la cosa (el ente) arte. “Este quehacer está completamente determinado por la esencia del CREAR y siempre se inscribe en ella” (ibíd. p. 51)  

“A pesar de que la obra sólo se torna efectivamente real en el proceso de creación y por lo mismo depende de dicho proceso en su realidad efectiva, la esencia del crear está determinada por la esencia de la obra”... ahora, “si el ser creación forma parte de la obra de manera tan esencial como resuena en la propia palabra obra, tendremos que procurar entender esencialmente lo que se ha podido determinar hasta ahora como ser obra de la obra”.

Por lo tanto si aceptamos que el llegar a ser de la obra es una manera del devenir, del llegar a ser y acontecer de la verdad, y que en la esencia de la verdad, reside todo, tenemos que preguntarnos: ¿Qué es la verdad?.  

Heidegger lo pregunta de la siguiente manera “¿qué es la verdad para tener que acontecer en algo creado?”.  

Si bien es cierto que Nietzsche nos va a decir que la verdad se ha convertido en fábula, no es menos cierto que la verdad que él alude sigue estando dentro del contexto de la metafísica, pues el vitalismo antropocéntrico de su voluntad de poder sigue colocando en el sujeto, no así en el ser, en lo ontológico y su autonomía, la posibilidad de la verdad, como lo hará Heidegger.  

“La verdad es el combate primigenio, en el que se disputa en cada caso de una manera, ese espacio abierto en el que se adentra y desde el que se retira todo lo que se muestra y retrae como ente... La apertura de este espacio abierto, esto es, la verdad, solo puede ser lo que es, concretamente esta apertura, si ella misma se establece y mientras se mantenga instalada en su espacio abierto... Diremos simplemente que si la esencia del desocultamiento de lo ente pertenece de alguna manera al propio ser (ibíd. Ser y Tiempo, parágrafo 44), es éste, a partir de su esencia, el que permite que se produzca el espacio de juego de la apertura (el claro del aquí) que lo lleva, como tal,  a todo lugar en el que un ente (en nuestro caso la cosa arte) sale a la luz a su manera.  

La verdad acontece de único modo: estableciéndose en ese combate y espacio de juego que se abren gracias a ella misma”.[4] Esta hermeneútica (técnica de interpretación) no es un método que se puede diseñar, enseñar y aplicar. Nuestro filósofo sostiene que el ser humano es ser interpretativo, porque la verdadera naturaleza de la realidad humana es interpretativa; por tanto, la interpretación no es específicamente un instrumento para adquirir conocimientos, es ante todo el modo natural de ser de los seres humanos, es decir conocedor.

“La verdad en suma no puede pensarse por la hermeneútica con el modelo del enunciado; en cualquier caso, si la experiencia de verdad acaece sobre la base de un enunciado (acabo sabiendo algo, descubro una ley científica) es tal únicamente porque transforma a quien está implicado en ella.  Por lo  tanto,   reencontrar   la   verdad   del  arte no puede significar siquiera de lejos hacer prosa de la poesía, extraer enunciados de obras pictóricas, etc. ”[5].  

En la apertura de la supuesta pluralidad (individualidad) contemporánea parecería posible otorgar a la  palabra poética el sinónimo de libertad, sin embargo el sujeto metafísico moderno sigue a través del estado y de la técnica signándonos el camino de las poéticas a seguir, por eso hay que volver a imaginar, hay que conservar la individuación. Frente al dios único, el politeísmo, lo pagano, frente al estado, la autogestión, frente a la técnica, la imaginación, si no de lo contrario, a  nuestro juicio, seguiremos preguntándonos con Heidegger, para qué poetas, artistas, hacedores, en época de miserias que es la época de la metafísica. “Pero lo que más importa es precisamente la contestación de que los poetas a los que la filosofía se puede volver, hoy, en la época del final de la metafísica, son los poetas que hablan de la esencia, es decir que hablan de lo que es, en nuestro caso el Arte, el hacer de la poesía”. (como lo hicieron en su momento Hölderlin y Rilke, del destino histórico ontológico, no desde luego de la naturaleza eterna), (p.116).  

Nos es indispensable aludir al artista, al poeta en tiempos de miseria, y para ello nuestro autor nos dice, que la condición del poeta se define, especialmente, como la de mediador entre los dioses y el pueblo, pero su ser mediador no es una función pacíficamente definida, y refiriendo a Heidegger: el  poeta mismo no  pertenece a  aquello,  los  dioses, ni a éste, el pueblo. Él es alguien expulsado, por todo ello, así hay que comprenderlo, Hölderlin poetiza sobre la poesía: no por defecto de sustancia cósmica, sino por que se asoma para pensar el fondo y el centro del ser. Todo esto es válido para el poeta nuevo que Hölderlin funda (y no simplemente refleja); es el tiempo de los dioses huidos y del dios que viene.

Al remontarnos al origen descubrimos que todo conocimiento es de algún modo reconocimiento. Lo vislumbró Platón, lo  ha recordado Heidegger “la filosofía como constante movimiento de regreso al fundamento (grund), aunque finalmente el fundamento se esfume”.  

HACEDOR (Artista) Y VERDAD  

La verdad para Parménides, en su modo de pensar como pitagórico disidente, lo que quiere decir también órfico, partía de unos axiomas autoevidentes, llegaban a través de una argumentación lógico-racional, no sensible, a unos teoremas. La verdad en este modo de pensar y de proceder, es coherencia lógica, carencia de contradicciones.  

¿Pero existe la verdad sin contradicción?.  

 Nos dice K. Jaspers:

“La verdad es aquello que une a los hombres” (K. Jaspers (1.993). Los grandes filósofos. Madrid: Tecnos.  

“La verdad se hace patente en el diálogo” (op. Cit. pág.117. Y nosotros parodiando a Heidegger agregamos:

La verdad, presencia ausencia un salir a la luz de lo oscuro.  

En nuestro planteamiento hemos afirmado que la propia interpretación u origen  filosófico, la interpretación desde los inicios del pensamiento de ese bien o mal llamado amor a la sabiduría desde Parménides interpretado por Platón, o más bien, por el platonismo y sus intérpretes, es lo que a los hombres comunes nos ha mantenido escindidos, y  a los  poetas (artistas) y filósofos,  desgarrados. En estos tiempos de “pluralidad” y aciago donde el Arte al igual que el resto de nuestra cultura eurocéntrica, greco – latina – judeo-cristiana (llamada occidental)  se  ha  quedado    sin      verdad  para solo referirse a sí misma (a lo fenoménico, a lo antropológico) hemos sentido la necesidad de ir en la búsqueda de ese sí mismo del artista y del filósofo, que es a su vez el del hombre cotidiano, para tratar de encontrar su verdad, ya que la verdad parece haber sido siempre después de Platón desde los Aristotélicos y el resto de la filosofía hasta Hegel sólo un anhelo de conjurar el ideal socrático – platónico, es decir un bien sin mal.

¿Pero es posible este ideal?. No, nunca lo ha sido, ni lo será porque la real armonía no está en la unidad ideal platónica, en la negación de los opuestos, sino en el admitir y aceptarnos con estos, en medio de la tensión que ellos generan; como diría Heráclito el bien y el mal existen en su copertenencia, al igual que la sensibilidad y la razón, lo fenoménico y lo ontológico.

La realidad verdadera es vivir la no dualidad de los opuestos que conforman la armonía del uno - todo en el eterno devenir.  

Pero vayamos a lo que nos mueve en nuestra búsqueda, ese referirse del Arte a sí mismo al quedarse sin verdad, que entre otras cosas siempre ha sido una forma de conservarse, de protegerse frente al conocimiento “objetivo” de la razón, y su mejor expresión la encontramos en “la subjetividad del romanticismo del siglo XIX frente a la Ilustración del siglo XVIII y las sucesivas vanguardias, desde entonces frente a la Modernidad. Pero en nuestra contemporaneidad bien o mal llamada Posmodernidad (para nosotros Transmodernidad) la subjetividad queda remitida a cada artista, cada uno es una fuente de creatividad, sin embargo en su remitirse a sí mismo está extraviado, inmerso solo en lo antropológico y lo patético, donde no parece haber más que el agotamiento de la IDEA, del logos ideal que atraviesa todo el platonismo, comprendiendo lo que en el pensamiento moderno se relaciona con él mismo. A mediados de los años 70, ya lo señalábamos de una manera intuitiva, hoy en los años 90 al conceptualizarlo cobra más vigencia; en aquellos momentos  nuestros artistas  reclamaban el agotamiento  de las  formas de formar, al  igual  que  ahora,  los de los 90, cuando, como decíamos, lo que ha estado agotado es el logos – ideal, que le dio fundamento a la cultura occidental, he ahí su reiterada necesidad textual  y hasta patética, como todo vanguardismo, desde el Romanticismo... por eso nuestro planteamiento va en la búsqueda del Arte, sin importar el medio con el cual se realiza.  

A nuestro juicio, no se ha tratado nunca (como lo pretendió la Modernidad y todavía pretenden algunos trasnochados) de excluir los medios llamados “convencionales” o de otras convenciones, pues todos son válidos a partir de la ruptura moderna del mundo clásico y su “equilibrio ideal, pues el arte al igual que todo, ya desde entonces queda huérfano de verdad, lo que le dio a partir de ese momento y con el apoyo teórico kantiano el aval para “disfrutar” y padecer de “autonomía”, de subjetividad, perdiendo la brújula del actuar para conocer que es lo que caracteriza los orígenes de la cultura occidental, el mundo griego.  

Al hombre al pensador, al artista actual le toca vivir en medio de la fragmentación posmoderna, su propia ontología y elaborar su cosmogonía particular. Por eso el Arte huérfano de Dios, de  las divinidades  (se queda  en las formas de formar, en lo antropológico, en lo patético o lo meramente esteticista) persiguiendo “libre” y desesperadamente, a través de la aventura “no” formal, una forma de lo “divino”, y al parecer la experiencia estética es también, obligar a que se manifieste a través de esa religión secular, moderna del arte aquello con respecto a lo cual el hombre moderno se siente abandonado. La aceptación de nuevo del enigma, eso desconocido frente a lo cual no nos queda más que hacer silencio y que la modernidad y su episteme newtoniana (la mecánica) sacó del escenario, y que en cierto momento imploramos su retorno...  

En medio de las multisonancias, hay un arte y unos artistas donde la verdad de todos los tiempos nunca se ha agotado, El Sí Mismo, es el sí mismo de siempre y de todos. El Enigma del Intelecto, la aceptación silenciosa de lo mistérico, de lo místico, el Ontos – On (el Ser, lo que es verdadero).  

El vocablo místico está, lamentablemente, muy viciado y mal interpretado, se suele creer que el misterio (el enigma) está en la llamada Metafísica desde Aristóteles, y realmente está antes y después del fenómeno physis, del engendrar y emerger, del umbral y del “límite”... Karl Jaspers acuñó un vocablo por la palabra mística (das umgreiffende), lo circunvalente, lo envolvente, lo omnicomprensivo, en suma, lo que sobrepasa la separación sujeto – objeto. El hecho es que las palabras no nos permiten (aunque nos acerquen) ir más allá del sí mismo, decir con palabras que nos es posible despertar mediante palabras, es como soñar que deseamos despertar, por eso hemos llegado a lo enigmático, a lo omnicomprensivo o como le queramos llamar, al asumir que la naturaleza última de las cosas trasciende   a   las  posibilidades  del  lenguaje,  y  a partir de aquí no cabe, sino la Iluminación, la recuperación de algo que jamás habíamos perdido, descubrir o redescubrir, que la más profunda identidad personal, es paradójicamente transpersonal.  

Todo artista, todo pensador verdadero para mantenerse en pie (y por eso en el nihilismo de hoy vuelve a cobrar vigencia) se recoge en lo místico, entendiendo como tal que no hay dualidad alguna, sino tensión permanente entre contrarios...

Se trata de trascender, de salir de la cárcel del ego y volcarse en algo que a uno le importe más que sí mismo (en el sentido perverso) salir de la cárcel del ego equivale a sobrepasar lo que la Filosofía se propone mediante el discurso crítico, que no es otra cosa que plantearse la vida como problema y rastrear la no dualidad última de todas las cosas, que es también infinita diversidad.  

Nuestra cultura pos-socrática nos ha acostumbrado a vernos en la dualidad de ser humanos en busca de lo divino, cuando en realidad somos (todo lo es) expresión de lo divino.  

No tenemos palabras para hablar de lo que no se puede hablar... esta es la paradoja esencial del lenguaje, su relación con la realidad, por definición inaccesible al lenguaje. No hay palabra que nos permita ir más allá de sí misma. Es ahí donde nos encontramos o nos reencontramos con esa otra mitad que nos es propia, con la mitad extraviada en los tiempos de solo la “RAZÓN”, el pensamiento que ha olvidado sus orígenes, la sabiduría, la mística, lo enigmático, la lucidez que es el impulso mismo de la razón crítica (la Filosofía) y también su fundamento. Paradójicamente Platón lo presintió: “Solo alguien que en el fondo sabe puede asombrarse por no saber”.  

Preguntar realmente el por qué significa atreverse a agotar y atreverse interrogando lo inagotable de esta pregunta por medio del desvelamiento, el desocultamiento (aléteia) de aquello que esta pregunta exige preguntar. Allí  donde algo semejante acontece está presente la Filosofía.  

Para nosotros, el responder de la pregunta (ontológica) por el ser del hombre, va unida a su hacer, a su arte. El Arte es la cualidad que nos hace hombres, es una expresión ontológica, como bien nos dice Heidegger, porque confiere y recibe un sentido. Es sentido e interpretación, es decir, hermeneútica, lo cual lo hace no ser lógico, ni categorizable, ya que sus posibilidades son todas como el hombre mismo.  

¿Cómo es posible la comprensión?

Comprender es el estado donde siempre estamos.

La comprensión precede a todo comportamiento, a la comprensión subjetiva..... previo al cogito cartesiano.

“La comprensión  no es uno de los modos de comportamiento del sujeto, sino el modo de ser del propio estar ahí. En este sentido es como hemos empleado aquí el concepto de hermeneútica. Designa el carácter fundamentalmente móvil del dasein que constituye su finitud y su especificidad y por lo tanto, constituye  el conjunto de las expresiones del mundo”  H. G. Gadamer (1.977) Verdad y Método. Ediciones Sígueme. Pág. 12   

Lo que queremos decir finalmente es que el filosofar hermeneúticamente, en el gerundio del ser (en el siendo), no es arbitrariedad, como diría Gadamer, sino que está en la naturaleza misma de las cosas.  

Heráclito. Frag. 93

El señor cuyo es el oráculo de Delfos ni revela, ni encubre, sino que da señas, indica.

Lo mismo que Apolo dentro de su templo el Logos dentro de cada cosa, ni es patente, ni tampoco incognoscible, sino (que entre las dos cosas) emite indicios seguros: su comprensión depende del esfuerzo interpretativo o la penetración de los hombres.  

Váttimo nos dice: “del ser no se puede tener nunca “prensión” plena sino sólo la palabra rememoración, huella, recuerdo”.

 

Theowald D’Arago

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Octubre, 2.001


Notas


[1] Heidegger, Martín (1.995) Caminos de Bosque. Alianza Universal. Madrid

[2] Heidegger, Martin (1.995) Caminos de Bosque. Alianza Universal. Madrid

[3] Vattimo, Gianni (1.995) Más allá de la interpretación. p. 112. Paidós. España

[4] Heidegger, Martin (1.995) Caminos de Bosque. p.52 Alianza Universal. Madrid

[5] Vattimo, Gianni (1.995) Más allá de la interpretación. p. 113. Paidós. España

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