La primera guerra del Siglo XXI

Échale la culpa a la globalización o cómo aprendí a adorar la utopía arcaica

Boris Muñoz

El Nacional, jueves 11 de octubre de 2001

En apariencia, la mayoría de los secuestradores que participaron en los ataques del 11 de septiembre eran buenos hijos de la Aldea Global. Usaban tarjetas de crédito y cajeros automáticos, iban al gimnasio, jugaban video juegos, compraban en Wall-Mart, vestían con ropas de Tommy Hilfigher, comían en Pizza Hut, reservaban pasajes en el Internet y conspiraban por medio de imeils. Todo como el promedio de los seres de este mundo. El problema, sin embargo, está justamente ahí, porque todos los secuestradores estaban unidos por un hecho: este mundo no era el suyo o al menos eso creían.  

Tras la destrucción de las Torres Gemelas, esos símbolos de la expansión capitalista, la globalización no ha dejado de ser estigmatizada como la culpable de todos los males que enfrenta la humanidad. Sin embargo, poco se ha reparado en que el ataque tiene que ser entendido tanto como una venganza de una red de fanáticos contra la opresión histórica de los infieles como una reacción frente la progresiva secularización de gran parte del mundo árabe.

Tomemos como ejemplo la manida figura de Mohamed Atta, hijo de un abogado de la clase burguesa, pero tradicionalista, de Egipto. Su padre, hombre de estrictos principios religiosos le inculcó una educación de estilo occidental pero sin apartarse de los principios de la fe islámica. Atta concluyó su carrera de ingeniero en la Universidad del Cairo antes de marcharse a Hamburgo para cursar el post-grado. Fue allí donde encontró respuestas a la crisis de identidad que ha marcado a muchos de su generación. Aquellos que hoy tienen entre 20 y 40 años han atestiguado el paso de su país de una pre-modernidad casi medieval a una sociedad occidentalizada, cosmopolita y mundana. La respuesta fue una vertiente del fundamentalismo islámco tornada en fanatismo político.  

“Una sociedad opaca y austera se vio de pronto lanzada de cabeza en el mundo competitivo y glamorizado”, escribió hace poco en el New York Times Fouad Ayamí, profesor de estudios del Medio Oriente en la Johns Hopkins University. El lugar de ya tantos siglos comenzó a resultar extraño para sus pobladores. Ese vertiginoso tránsito del Corán al Internet ha impregnado a Egipto de una profunda angustia cultural. Pese a todo, subsisten las costumbres y ritos del pasado, que, en el caso de la religión islámica, constituyen el núcleo mismo de la cultura. Mientras la modernidad y el tradicionalismo habitan el mismo espacio, son vividos como universos paralelos sin aparente solución de continuidad. Los especialistas en teoría del caos han bautizado a este sistema dinámico “transformación pastelera”. En términos de la globalización, esto se podría traducir como que a medida que estas diferencias temporales de las culturas se acentúan entran en conflicto dando origen a las llamadas asincronías simultáneas. Por eso no debe sorprender que con total infantilismo tanto George W. Bush acuse a Osama bin Laden de bárbaro ni que éste tilde a la cultura occidental de pagana.  

El malestar contemporáneo

En buena medida la querella contra la globalización proviene de la errónea creencia de que se trata de una fuerza que trastorna los países desde afuera como un fenómeno natural. Pero los problemas del mundo ya no se le pueden achacar exclusivamente a formas de dominación como el colonialismo, el imperialismo y la transnacionalización corporativa, que desde hace tiempo se encuentran ampliamente cuestionadas. En la globalización, las cosas son más complejas. El mundo ha perdido unidad y coherencia (si es que alguna vez la tuvo) y eso es lo que tiene a mucha gente intoxicada e irritada. Porque si bien una parte de la globalización actúa desde afuera a través de la política, la economía, la tecnología y los mass-media, otra lo hace desde adentro en un proceso de cambio y adaptación de las identidades locales y nacionales, como lo estableció hace algunos años el sociólogo Daniel Mato. La globalización se ha transformado en el cruce de caminos inescapable para negociar los conflictos económicos, políticos, sociales, étnicos, religiosos y sexuales. Como encrucijada, fracasa cuando se transforma en una máquina incapaz de comprender las diferencias con su irreductible elemento de irracionalismo. Ahí prosperan muchos de los talibanismos de nuestros días. Pero hay otra vía que conduce a posibilidades más felices. El caso paradigmático es la lucha sostenida por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional de México.  

Los zapatistas irrumpieron en la escena de su país el mismo día de la entrada en vigencia del Tratado de Libre Comercio, un poderoso emblema de la globalización económica. Al igual que muchos grupos marginados en sus propios territorios y dejados fuera del Nuevo Orden Mundial, denunciaban el colonialismo brutal y pedían justicia para los crímenes que los indígenas habían sufrido históricamente. Pero fue comprender que la globalización planteaba una nueva forma de hacer política lo que definió su singularidad con respecto a otros movimientos guerrilleros. Con el uso estratégico de las tecnologías de la Aldea Global, como el correo electrónico y la Internet, los zapatistas consiguieron el respaldo de amplios sectores de la sociedad mexicana y de grupos activistas globales. La opresión contra los indígenas mexicanos data de al menos 500 años atrás, sin embargo, la globalización sirvió de contexto para adquirir la legitimidad necesaria al enfrentar a un poder que parecía monolítico, forzándolo a plantear un nuevo contrato social.  

Osama, el supremo

En un mundo en el que todo es inestable, resulta natural que las religiones resurjan como un asidero para darle sentido a la confusión. Su carácter conservador siempre ha servido de refugio para las almas que se sienten al acecho de la perdición, sobre todo cuando ésta encarna en la adoración idiota del progreso y la tecnología que profesan los paganos de Occidente. Sin embargo, no se pueden juzgar los hechos recientes como si fueran análogos al terrorismo de los ludditas, aquellas falanges de tecnófobos que destrozaban las máquinas de tejer a principios de la revolución industrial en Inglaterra. Que esta vez la respuesta de los fanáticos haya sido un uso radicalmente destructivo de las tecnologías –que en su seno repudian-, es sólo una cara de la historia.  

Es evidente que la situación del Medio Oriente no se presta a simplificaciones, pero es obvio también que detrás del auge del fanatismo se atrinchera una agresiva defensa de la identidad cultural. Con el fin de legitimar esa defensa se recurre a las formas más histéricas de la intolerancia.

De la declaración de Osama bin Laden, difundida al comenzar los raids aéreos de Estados Unidos y Gran Bretaña contra Afganistán, se desprende algo más que una guerra santa contra los paganos norteamericanos y sus hipócritas aliados. En la particular visión de Osama sobre la geopolítica global –el campo de los creyentes y el campo de los infieles-, se devela el desmesurado propósito de su cruzada religiosa: arrastrar al mundo árabe y finalmente al mundo a secas a la sombra de una utopía arcaica. Esta utopía pretende el establecimiento no sólo del Islam como religión única, sino un retroceso general hacia un tiempo pre-capitalista y pre-moderno.

En Estados Unidos el hijaker Mohamed Atta, hijo ilustre de la globalización y ejemplo del seductor carisma de la utopía arcaica, pasó casi dos años familiarizándose con las entrañas de un monstruo. Entretanto, cumplió la tarea de entrenarse como piloto kamikase y pulió los detalles del sangriento golpe maestro del 11 de septiembre. No es raro que todos lo que le conocieron coincidan en que era un tipo introvertido, incapaz de matar una mosca, pero que a veces mostraba un furioso idealismo. Sólo alguien con ese talante puede inmolarse sin vacilaciones como él lo hizo. Sólo alguien con ese talante pudo acabar con las vidas de miles de personas de las que sólo supo que debía destruir porque eran distintas a su mundo. ¿Eran tan distintas, después de todo? Cualquier intento de imponer un nuevo milenarismo precisa de un respaldo de un amplio número de islámicos. Aunque hay razones de todo tipo para explicar el retorno de un idealismo exacerbado, es difícil que esto ocurra. Como decía James Reston Jr. hace tres noches en la radio, quizá en un futuro no muy lejano bin Laden sea recordado como el líder de una secta islamámica milenarista como lo fueron David Korrech y James Jones para el cristianismo. Alguien que pretendió solucionar la angustia cultural propia de este tiempo a través de un desesperado esencialismo. Con todo, la problemática inserción de las culturas en el entramado del mundo actual no se deja reducir al dilema entre ser globales o tradicionalistas a ultranza. Para Oriente y Occidente, esa es una de las pocas lecciones que quedará de este pandemónium.

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