Educar para la tolerancia
Antonia Cipollone Iemma
Suplemento Cultural, Diario Avance, Los Teques, sábado 6 de octubre |
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Es feo ser digno de castigo, pero poco glorioso castigar. Michel Foucault
El terror es un miedo grande, pavoroso, destructor, demoledor tanto de lo físico como de lo emocional en los seres que lo padecen. Puede ser, y a veces lo es, absolutamente irreparable. El daño que causa se aloja en esa hondura del ser que es la memoria para gestar lo insano de su recuerdo que va en menoscabo de nuestra propia existencia. El terror se expresa de muchas maneras pero en todas el deterioro es inminente. Es una amenaza que no acaba nunca, que nos acosa y paraliza azotando nuestra fragilidad. No es fácil despojarse de la inseguridad que produce, nos acompaña como un fantasma presto a mostrar su ineluctable poder. El terror al que me refiero es casi siempre producto de un agente externo, de una otredad clausurada a la posibilidad de una visión de mundo distinta a la suya. Por ello, va acompañado a su vez de una fuerte sensación de impotencia: el saberse indefenso ante un gran monstruo que ni siquiera tiene un rostro definido. No es el terror que nos producen ciertas fobias: es el terror a una muerte sin causa, desproporcionada, que pensamos no nos corresponde; es el terror a una mirada que nos aplasta; es el terror a un gesto negador que se vislumbra en el vacío pero arde y quema; y no solamente, es el terror que comienza en el hogar, desde el primer castigo, la primera represalia, el primer encierro a oscura, la primera lágrima sin justicia que derramamos inocentes; el terror y la castración que produce el padre que golpea con toda su insania; la madre para quien la pulcritud de una camisa, de un mueble, es más importante que la felicidad y la libertad de su hijo, que va creciendo limpio pero inmensamente infeliz. Todo castigo o represalia pareciera buscar la curación de algo que, finalmente, no se cura con eso. Estos seres que toman la batuta del mundo o de los hogares imponiendo un único orden, sometiendo a los otros a vivir bajo ese orden único, estricto e implacable, que nada tiene que ver con ellos, haciendo estallar la armonía, también posible pero olvidada entre los seres humanos, no han comprendido que ya, a estas alturas, no hay nada que pueda llevar el adjetivo de absoluto, como tampoco se puede hablar de un poder central. Porque recordando a Foucault: "...el poder ya no es monolítico y monocípide...", el poder es difuso, se ha disgregado; ya no hay centros de poder sino parcelas de poder. Entonces, el problema sigue siendo ¿cómo lograr el consenso entre tanta disgregación, parcelamiento y centros difusos? ; y, por otro lado, ¿cómo educar para la tolerancia?. Porque la tolerancia tiene que ver con esa actitud del hombre que esta dispuesto a no reprimir las convicciones de los otros, aunque no esté de acuerdo con ellas o le parezcan falsas, ni impedir la expresión de las mismas. Esta actitud se funda en la libertad que posee cada cual como persona para utilizar su propio juicio, su propio criterio, y en el respeto que se merece tanto el juicio propio como el ajeno. Sin libertad y respeto es imposible lograr consensos. Fácil es castigar, es lo más inmediato e irracional; difícil es mantener la tolerancia como una actitud viva y no como un concepto muerto. |