El espantoso poder de nuestra dura fragilidad

Antonia Cipollone Iemma

Suplemento Cultural, Diario Avance, Los Teques, sábado 29 de septiembre de 2001

De esta fiesta mundial de la muerte,

de esta mala fiebre que incendia en torno tuyo

el cielo de esta noche lluviosa,

¿se elevará el amor algún día?

Thomas Mann 

Es indudable que nada justifica el arrojo de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki en 1.945 ni la guerra de ocupación en Vietnam. Tampoco se justifican la masacre del pueblo de Santo Domingo en 1965 ni los ataques militares contra la soberanía cubana en Playa Girón y Bahía de Cochinos. Tampoco el bloqueo que hace 42 años se mantiene contra Cuba socialista que ha sabido, de una u otra forma, mantener su dignidad. Mucho menos puede olvidarse la abominable invasión a Panamá con sus miles de muertos y desaparecidos, la de Granada, o la intervención en todos los nefastos procesos fascistas del continente, la cantidad de desaparecidos, dolor y terror que significó el "Operativo Cóndor" en Latinoamérica. No pueden olvidarse niños, mujeres y hombres que han muerto en Irak por el bloqueo y la intervención militar yanqui, ni los civiles que murieron en los Balcanes durante los 48 días de participación aliada, ni la nación de Palestina: una tierra doblemente ultrajada.

No podemos olvidar tampoco que este "orden único" sostenido por un progreso sin justicia tiene sobre sí el peso de miles de muertos de hambre, de desesperaciones infinitas, que obligan al hombre a vender su alma al mejor postor, olvidando los esenciales principios de respeto hacia la vida ajena y hacia la propia. Esto no se puede olvidar. Pero nada justifica ningún otro acto de terror, venga de donde venga. El terror debe ser execrado de la humanidad, porque sino ¿para qué habrán servido tantos siglos de razonamiento humano que ante semejantes hechos se pierden en vano?.

El hombre tiene la facultad maravillosa de pensar, de dialogar, de armonizar a partir de la palabra; entonces, ¿por qué cultivar -como diría Savater- la pedagogía sanguinaria? ¿por qué insistir en lecciones terroríficas cuando de ellas jamás se ha sacado algo provechoso para la humanidad?. El mundo es uno y múltiple y comprender a fondo la diversidad que somos -esa diversidad que de algún modo nos hace iguales-, lograr convivir con el "otro" como el "otro" sin aplastar diferencias ni imponer uniformes, es el riesgo que debemos asumir para salvarnos de nuestra propia extinción.

En las trampas del poder sólo cae y muere la inocencia: víctimas innecesarias de un mundo que pareciera no querer cambiar. El crimen se repite y el odio predomina. Duramente frágiles con nuestro espantoso poder no dejamos de crear resentimientos. En estos tiempos de globalización, la venganza seguramente tendrá consecuencias catastróficas. Por ello, es responsabilidad de todos, o por lo menos, de aquellos que todavía amamos la vida, evitar enfrentamientos entre poderes que se pretenden absolutos y otros desarraigados: podrían acabar con la belleza que somos. Porque el hombre también es belleza y es algo que tampoco debemos olvidar, a ver, si algún día, podremos finalmente "elevar el amor".

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