Haciendo himnos entre ruinas

(Sobre el sentido de la obra de arte y el valor de la poesía a partir del 11 de septiembre)

Pablo Helguera

Artista visual radicado en Nueva York.

Fuente: Pequeña Venecia, edición electrónica, octubre 2001 

¿Qué yerba, que agua de vida ha de darnos  la vida,

dónde desenterrar la palabra,

la proporción que rige al himno y al discurso,

al baile, a la ciudad y a la balanza?

Octavio Paz

Himno entre Ruinas

Algunos días después de los hechos del World Trade Center, recibí una llamada de un conocido, un clásico artista del medio social neoyorkino. Me preguntó la frase de cajón entre artistas neoyorkinos: "¿y en qué proyectos andas trabajando ahora?" A lo que respondí que en nada, por que los eventos de la semana pasada me habían dejado devastado, y que no veía sentido alguno en producir arte en ese momento. Ante esto me preguntó que si había leído un artículo de Carol Vogel en el New York Times acerca de arte producido durante la guerra. "Ha habido grandes obras producidas en tiempos de guerra. Podrías basarte en esa tradición" Sin duda alguna, aquellos de nosotros que trabajamos en la producción de arte nos convertimos, de la noche a la mañana, en "artistas trabajando en periodo de guerra", aunque sea sólo en nombre. Pero no podía creer el oportunismo inherente en el comentario de mi amigo, si bien el no lo notó.

Inmediatamente imaginé con fastidio anticipado lo que se advenía en los próximos meses en nuestro medio: cantidades de exposiciones sobre guerra y política, imágenes de torres destruidas, testimonios de víctimas, comentarios profundos sobre la tragedia de la humanidad, escapismo idílico.

No hay nada de malo en que una experiencia tan traumática desemboque naturalmente en todo tipo de respuestas artísticas. Después de todo, el arte es una forma de exorcizar las obsesiones colectivas. Es también normal que todo este arte político que senos adviene será en algunos casos inteligente, en otros trivial, y en otros simplemente oportunista. Desafortunadamente, e independientemente de sus méritos estéticos, apostaría que la producción de gran parte de estas obras acabarán no estando motivadas por una genuina preocupación social, sino por la perspectiva de conseguir reconocimiento por abordar un tema de relevancia. Tal es el ejemplo de mi amigo, quien como revelaba tan naturalmente, no se trataba de cambiar actitudes, sino simplemente de cambiar el tema de las obras.

Desde ese momento he dudado si el medio artístico realmente comprenderá el significado de los incidentes del 11 de septiembre, y si los artistas seremos capaces de adoptar un nuevo papel en los cambios que esto ha producido. Porque el arte contemporáneo, inmediatamente después de este incidente, nunca se sintió más irrelevante.

Es importante recordar que este acto terrorista no es para nada la mayor tragedia que ha visto el mundo: basta con recordar los genocidios en Ruanda, la limpieza étnica de los kurdos, la guerra civil de la Ex-Yugoslavia, o especialmente, Hiroshima. Pero a pesar de que muchos artistas han procurado que sus obras sean respuestas a situaciones sociales reales, el mundo internacional del arte ha tendido a distanciarse de estos incidentes y ha mantenido su sistema de vida fuera de estos hechos, a manera de un suburbio cultural. Pero el 11 de septiembre será otra historia.

Cuando un terremoto sacudió a Turquía el año pasado, fue decidido seguir adelante con el proyecto de la bienal de Estambul, puesto que se consideró negativo el privar al público de un evento que podría al menos hacerlos olvidar de la crisis. Sin embargo, el incidente en Turquía fue un desastre natural, algo a lo que estamos mucho más preparados para aceptar como parte de la vida. El arte como paliativo al sufrimiento cumple una misión fundamental. Sin embargo, cuando un evento como el del 11 de septiembre acontece, la misión del arte es mucho mayor que el de simplemente proveer una ventana para el escapismo.

La relevancia de este incidente hacia la producción artística es particularmente fuerte porque aconteció, encima de todo, en la ciudad de Nueva York. Irónicamente, la misma ciudad que sufrió los ataques es considerada actualmente como el centro principal para mostrar arte contemporáneo. En su capacidad como lugar de encuentro de las mejores -y peores- exageraciones del arte, ha sido también el lugar de choque entre realidades brutales y la obstinación por no querer reconocerlas.

En una cita que causó una controversia internacional, Karlheinz Stockhausen dijo que el incidente del World Trade Center había sido mayor obra de arte jamás hecha. Cualquiera que haya sido el contexto del comentario del compositor alemán (y que le ha causado muchos problemas), seguramente se refería al hecho que el impacto de este acto terrorista sobrepasó la magnitud de cualquier otra experiencia, ya fuera artística o no. De cualquier manera, este terrible atentado evidenció más que nunca el papel marginal del quehacer artístico en nuestra sociedad. Después de casi una década de virtualidad, un golpe de realidad nos obligó a reconocer la caída de nuestra torre virtual de idilios con experiencias imaginarias.

O al menos eso parecía. Desafortunadamente, y después de tal visión mundial de la realidad más horrible, la respuesta histérica del gobierno americano fue de regresar de inmediato a la virtualidad con el fin de conseguir control del público, fácilmente manipulado por los medios. No es ningún secreto que el público norteamericano en general encuentra seguridad en la irrealidad. De esa forma, fuimos testigos de un desfile inverosímil de comentarios santurrones sobre la determinación y poder de los Estados Unidos, la garantía de que todo estaba en orden, y de que los culpables serían castigados. La falta casi completa de autocrítica de los medios, la ausencia casi absoluta de la introspección nacional, fue escandalosa en casi todos los medios de noticias norteamericanos. En ningún lugar hubo la discusión de si este atentado era la respuesta natural de una serie de acciones arbitrarias históricamente impuestas por las administraciones americanas previas, específicamente dirigidas al medio este.

El medio del arte, por su cuenta, siguió las líneas de este comportamiento general y acrítico de manera confusa, lenta y desorientada. La reacción de los museos, galerías y artistas en Nueva York, fue, en el mejor de los casos, homogénea y predecible, dentro de la esperada serie de reacciones de la clase media/alta en la ciudad. Aunque muchos lugares efectivamente -y con razón- cerraron o hicieron gestos simbólicos para reconocer la tragedia (en muchos casos similar a la celebración del "día sin arte" por el sida), la mayoría de las inauguraciones siguieron adelante, y después de una semana, era ya evidente un esfuerzo para regresar a hacer las cosas como siempre se habían hecho. El mensaje inherente del mundo artístico resultó ser algo así como "sí, esto ha sido una tragedia, y estamos conmovidos por ella, pero la vida debe continuar y debemos de confiaren el poder curativo del arte para seguir adelante".

Mientras el mundo artístico siguió con sus inauguraciones, las verdaderas expresiones culturales a flor de piel toman lugar en plazas públicas: Times Square, Union Square, Washington Square, y en las estaciones de bomberos. La ciudad entera se convirtió en un camposanto, una ofrenda en memoria a los muertos. ¿A quién le podía importar ver una video instalación en un museo?

Para los que sí pusieron atención, los dos fundamentos principales del mundo del arte -el individualismo y el comercio- en cierta manera han sido atacados también por los aviones terroristas. En el intento de preservar nuestro mundo artístico post-histórico, decidimos no adoptar la concepción artística de Beuys, con su misión social y deseo de cambio, sino más bien con el cinismo warholiano, donde el dinero y la fama son sin duda la base de todo. Ningún otro valor ha sobrevivido tan poderosamente, y cuando otro elemento se hace presente, los otros dos eventualmente ocupan un lugar prioritario.

Con pocas excepciones, la conciencia social se ha vuelto ilustrativa, a manera de conceptualismo ornamental. Las verdaderas misiones sociales en el arte dejan de ser moda, o económicamente viables, cuando su enfoque no es el motivo ulterior de eventualmente transformarlo en producto.

El objetivo urgente de redefinir a la producción artística hoy en día, y precipitado por estos últimos incidentes históricos, viene en un momento en el que ya veníamos experimentando un agotamiento de creencias y un manierismo formal sostenido en parte por el mito de lo virtual. Para las generaciones de artistas jóvenes, el término "virtual" cobró una importancia esotérica equivalente al término "conceptual" de hace una década: el término de "apellation controlée" de cualquier buen arte. Fue la reflexión natural de un clima generacional donde la distinción entre lo real y lo imaginario desapareció casi por completo. Los "reality shows", y las películas como 'The Truman Show", "Being John Malkovich", y "The Matrix" fueron la culminación de este fenómeno.

Nuestra falta de contacto con la realidad se evidencia mejor que nada en la respuesta de los campus universitarios americanos hacia la tragedia del World Trade Center. Tradicionalmente habiendo sido los mayores epicentros de protesta anti-militar, su reacción a lo largo de todo el país ha sido poco informada, desordenada, desigual, y a veces hasta indiferente. Mientras algunos estudiantes claman por la paz, otros apoyan la intervención americana, y gran parte se desentiende preocupándose por sus carreras y sin querer involucrarse personalmente. Este distanciamiento no es tan diferente del artista promedio de hoy: mientras que estamos dispuestos a tratar temas difíciles y de peso, raramente estamos dispuestos a arriesgar nuestra posición jerárquica en el mercado competitivo del mundo del arte. La preocupación por subir en la escala jerárquica supera en mucho a los credos liberales de los que nos jactamos tener.

La vida definitivamente debe de continuar, y el arte debe de seguir siendo producido. Pero las cosas ya no pueden ser las mismas. Más claramente que nunca vemos como el mundo del arte se ha convertido en una fortaleza medieval dentro de la cual invocamos los grandes conceptos e ideas de la creación. Hoy, una situación drástica requiere medidas drásticas. Si hemos de reconocerlas, habrá que hacer muchos cambios significativos y desarmar muchas estructuras convencionales. De no hacerlo, y si solo continuamos nuestra displicente fiesta privada, tenemos el futuro de pasar a ser irrelevantes ante la historia de la misma manera en que la historia nos ha parecido irrelevante a nosotros.

El 11 de septiembre ha sido posiblemente el día de la defunción efectiva de la noción ingenua de la aldea global, y el redescubrimiento del mundo actual. Irónicamente, la precariedad del viaje por avión nos ayudó a darnos cuenta que después de todo, el mundo es de hecho muy grande, y que estamos separados en vastas regiones culturales. Y es a través del diálogo artístico a través del cual cierta comunicación cultural podría tomar lugar. Pero para que el mundo del arte logre reinventarse y convertirse en un área de actividad que realmente marque una diferencia en el sistema de la producción cultural, debe de haber una revisión de valores. Hay que buscar la manera de separar intereses humanos de los económicos. Debe de abandonarse la dependencia al protagonismo. Deben de abandonarse la retórica interna y la falta de compromiso externo con el publico en general. Finalmente, el arte quizá deba de redefinirse dentro de otra área de actividad, y posiblemente liberarse del lastre de algunas de sus acepciones históricas. Pero ante todo, debe de ser el resultado necesario de experiencias vitales, en vez de éstas ser un pretexto para hacer arte.

Los incidentes de estos días deberían de guiar nuestros esfuerzos para comprometernos a desarrollar un nuevo humanismo. Octavio Paz, uno de los pocos poetas modernos que intentó armar un puente entre oriente y occidente, creía en el poder transformador y revolucionario de la poesía y su habilidad de iluminar complejidades culturales que no otra área era capaz de hacer.

Parafraseando a Paz en su poema, debemos de encontrar esa fuente de agua que nos ayude a infundir vida al arte de nuevo, para que cobre sentido de nuevo para nosotros. ¿Y qué mejor manera que dirigiendo nuestra mirada al mundo de verdad?

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