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Una manera en que los norteamericanos pueden superar su trauma es admitiendo que su sufrimiento no es único.
Durante los últimos 28 años, para mí y varios millones de personas más, el 11 de septiembre ha sido una fecha de duelo desde aquel martes en 1973 en que Chile perdió su democracia en un golpe militar. Ese día en que la muerte entró de manera irrevocable a nuestras vidas y nos cambió para siempre. Y ahora, casi tres décadas después, los dioses malignos del azar de la historia han querido imponer otra vez, en el mismo país que culpamos por el golpe esa terrible fecha, también en martes, un 11 de septiembre lleno de muerte.
Las diferencias y distancias que separan la fecha chilena de la norteamericana son, debemos admitir, considerables. El enfermizo ataque terrorista a la nación más poderosa sobre la tierra ha tenido y tendrá consecuencias en toda la humanidad. Mientras que muy pocos de los seis mil millones de habitantes que viven hoy en día pueden recordar o identificar qué pasó en Chile.
El parecido al que me refiero va más allá de una comparación simple y superficial, como por ejemplo, que tanto en Chile en 1973 como hoy en los Estados Unidos, el terror bajó del cielo a destruir los símbolos de identidad nacional: El palacio presidencial en Santiago y los íconos del poder financiero y militar en Nueva York y en Washington.
No, lo que yo reconozco es todavía más hondo, un sufrimiento paralelo, un dolor similar, una desorientación conmensurada que refleja lo que vivimos en Chile aquel 11 de septiembre.
Su más extraordinaria encarnación, lo que todavía no puedo creer que he estado atestiguando, es lo que he visto en las pantallas en las últimas semanas, cientos de familiares vagando por la calles de Nueva York, aferrándose a fotos de sus hijos, padres, esposas, amantes, hijas, rogando información, preguntando si están vivos o muertos. Todos en los Estados Unidos se han visto forzados a mirar al abismo de lo que significa estar desaparecido [en español en el original], sin certeza o funeral posible para sus seres queridos desaparecidos.
Una y otra vez he escuchado frases que me recuerdan lo que gente como yo murmurábamos durante el golpe militar de 1973 y los días que siguieron: "Esto no nos puede estar pasando a nosotros. Este tipo de violencia excesiva le pasa a otra gente, no a nosotros. Sólo hemos conocido esta forma de destrucción a través de películas y libros y fotografías remotas." Palabras que se reiteraron hace 28 años y hoy también en el año 2001: "Hemos perdido nuestra inocencia, el mundo no será otra vez el mismo."
Lo que ha llegado a una culminación explosiva es el famoso excepcionalismo (Norte)americano, esa actitud que permitió a los ciudadanos de este país imaginarse ellos mismos siempre más allá de los pesares y calamidades que han plagado a la gente menos afortunada alrededor del mundo.
A pesar del tremendo dolor, de la intolerable pérdida que este crimen apocalíptico ha provocado en el pueblo norteamericano, me pregunto si esta prueba no constituye una de esas oportunidades de regeneración y autoreflexión, que de vez en cuando se les da a ciertas naciones. Una crisis de esta magnitud puede llevar hacia la renovación o la destrucción, puede ser usada para el bien o para el mal, para la paz o para la guerra, para la agresión o para la reconciliación, para la venganza o la justicia, para la militarización de una sociedad o para su humanización.
Una manera en que los norteamericanos pueden superar su trauma, sobrevivir al miedo, continuar viviendo y prosperar en medio de la inseguridad que los ha tragado súbitamente, es admitiendo que su sufrimiento no es único o exclusivo, que están conectados --siempre y cuando estén dispuestos a mirarse a sí mismos en el vasto espejo de nuestra humanidad común-- con tantos otros seres humanos que, en zonas apartadas, han sufrido similares situaciones de penurias y rabia inesperadas y a veces prolongadas.
Los terroristas han querido señalar y separar a los Estados Unidos como un estado satánico. El resto del planeta, incluyendo muchas naciones y hombres y mujeres que han sido objeto de la arrogancia e intervención norteamericanas, rechazan -categóricamente, al igual que yo- esta
satanización.
Basta ver que casi con unanimidad la mayor parte del mundo se ha desbordado de dolor, las ofertas de ayuda, las expresiones de solidaridad, la determinación de reclamar a estos muertos como nuestros. Habrá que ver si esta compasión que se ha demostrado a la mayor potencia de este planeta será correspondida.
Todavía no es seguro que los hombres y mujeres de esta nación, tan llena de esperanza y tolerancia, serán capaces de sentir la misma empatía hacia los otros miembros, más marginados, de nuestra especie. Veremos en los próximos años si los nuevos norteamericanos forjados en el
dolor y la resurrección están listos y abiertos y dispuestos a participar en el arduo proceso de reparar nuestra compartida y dañada humanidad. Creando, todos juntos, un mundo en el que nunca necesitemos lamentar nuevamente ni un sólo 11 de septiembre terrible más. |