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¿Quién ganará la guerra? Heinz Dieterich El siglo, 28 de septiembre de 2001 |
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La pregunta obligada, provocada por los preparativos de guerra de Estados Unidos es: ¿quién ganará la confrontación bélica si el conflicto se dirime por las armas? Porque, como es obvio, ninguna de las fuerzas beligerantes pasará al nivel militar sin estar convencido de poder prevalecer en el campo de batalla. El argumento más utilizado en la prensa internacional al respecto es que el ejército imperial británico fue vencido en Afganistán en el siglo XIX, que el Ejército Rojo de los soviéticos sufrió el mismo destino en el siglo XX y que a las tropas imperialistas de Washington les sucederá lo mismo que a sus predecesores. Salvo Alejandro Magno, entonces, nadie podría conquistar a las milicias populares de ese país. Este es un argumento por analogía y, por lo tanto, poco sólido. De hecho, no resiste un análisis concreto de la situación militar. Son tres los componentes que deciden el desenlace de cualquier guerra: a) la tecnología militar; b) el factor humano y, c) las relaciones y la logística internacionales. En cuanto a la tecnología militar (hardware) es obvio que los talibanes no tienen ningún armamento que pudiera causar mayores problemas a las fuerzas armadas estadounidenses. Sus tropas de tierra disponen esencialmente de armamento ligero y el escaso equipo pesado ---algunos tanques, transportes blindados de tropa y artillería--- data de hace una década. Sin superioridad aérea, ese armamento pesado es de poco valor en los combates, porque será destruido desde el aire. Tampoco existen fuerza aérea ni inteligencia militar estratégica, porque no hay satélites. Y un ejército sin inteligencia, no puede sobrevivir en el campo de batalla. La defensa aérea se limita a cohetes y armamento de corto alcance, de tal manera que Estados Unidos puede bombardear impunemente desde alturas mayores a los seis mil metros. El único tipo de armamento realmente preocupante para las fuerzas del imperio son las minas; sin embargo, no son un elemento que decidirá la guerra. En cuanto al factor humano es evidente que los veinte años de guerra en Afganistán han creado fuerzas de tierra con enorme experiencia militar. Impulsados por un credo integrista, en el cual el paso de la vida a la muerte es parte de un continuo ideológico, la disposición de morir por la “causa justa” contra un agresor externo, es una variable militar de enorme importancia. Nada semejante existe en los ejércitos occidentales previstos para la agresión, en los cuales la mentalidad de la inmolación por una causa está ausente. En lo referente a las relaciones y la logística internacional, el gobierno de los talibanes se encuentra aislado del resto de los Estados de la sociedad global. Después de la ruptura de las relaciones diplomáticas por parte de Arabia Saudita y los Emiratos Unidos, Kabul ya sólo tiene nexos formales con la dictadura militar de Pakistán. Este aislamiento político dificultará extraordinariamente el reabastecimiento de sus tropas, porque será prácticamente imposible introducir y distribuir repuestos, municiones y gasolina a sus fuerzas. Dentro de dos a tres semanas los pocos tanques que habrían sobrevividos la campaña aérea, se quedarían parados por falta de combustible. Así mismo, ninguna potencia mundial le proporcionará inteligencia satelital para conocer los movimientos militares de sus adversarios. ¿No se repetirá, entonces, el éxito militar de las milicias afganas contra el ejército profesional soviético o el del Vietminh contra el ejército profesional estadounidense? No, porque ninguna guerrilla o milicia en un país pequeño o mediano puede derrotar a un ejército moderno que está dotado de tecnología avanzada y entrenamiento-conducción profesional. ¿Por qué, entonces, los ejércitos soviéticos y estadounidenses pudieron ser vencidos en Afganistán y Vietnam? Por dos razones: a) las fuerzas irregulares a que combatieron, estuvieron apoyadas por potencias mundiales y, b) dispusieron de retaguardias intocables. Afirmar esta verdad histórica no significa despreciar la importancia trascendental del factor humano o la heroica lucha que es capaz de dar. Pero quien conceptualiza a la condición humana fuera de las condiciones objetivas sólo llega a construir ilusiones que al chocar con la realidad, fracasan. En Vietnam, decenas de miles de especialistas de la URSS, de la RDA y, prácticamente, de todos los países socialistas participaron en la defensa del país, utilizando su conocimiento avanzado, la tecnología militar soviética y la retaguardia china, para derrotar a los intervencionistas de Washington. En Afganistán, Estados Unidos proporcionó a los talibanes tecnología de guerra que, en algunos casos fue superior a la de la URSS y, Pakistán proporcionó la retaguardia segura para las líneas de comunicación. Considerando todos los aspectos mencionados, la estrategia bélica de Washington se vuelve evidente. Un cerco férreo en torno a Afganistán; una campaña aérea violenta y sostenida, sin compasión para la población civil; el uso de la Alianza del Norte como carne de cañón en los combates de tierra y la instigación de una revuelta interna, para que el derrocamiento de los talibanes y la instalación de un gobierno títere pro-occidental sea pagado con sangre asiática. La llamada del Primer Ministro inglés Tony Blair, a formar una gran coalición de ayuda humanitaria para los afganos, es un presagio ominoso al respecto. Blair es hijo espiritual de Sir Winston Churchill, quien propuso en 1919 ---como Secretario de Estado en el Ministerio de Guerra--- que debían emplearse armas químicas “contra los árabes recalcitrantes” que se rebelaban contra el dominio colonial de Gran Bretaña. Ante dudas morales, Sir Winston respondía: “Yo no entiendo estos escrúpulos respecto al empleo de gas (...) Estoy fuertemente a favor del uso de gas venenoso en contra de tribus incivilizadas. El efecto moral debería ser muy bueno (...) y esparciría un terror vivaz...”. Este es el “espíritu” de la guerra que acaba de empezar. |