Reflexiones de un profesor estadounidense

John Gerassi
Queens, Nueva York (Estados Unidos), octubre del 2001
John Gerassi, PhD, es profesor de Ciencias Políticas, Queens College y el Centro Graduado, CUNY.

Traducción de Oskar Sarasky Tertulia
Editora: Laura E. Asturias, Correo-e: leasturias@itelgua.com

No puedo evitar llorar. Apenas veo a una persona en el televisor detallando la trágica historia de haber perdido a uno de los suyos en el desastre de las Torres Gemelas, pierdo el control y me da por llorar. Pero me pregunto por qué no lloré cuando nuestras tropas acabaron con 5,000 personas de bajos recursos en los barrios de El Chorrillo, en Panamá, bajo el pretexto de buscar a Noriega. Nuestros líderes sabían que Noriega estaba en otro lado, pero acabaron destruyendo El Chorrillo. Porque quienes vivían allí eran nacionalistas que querían a los Estados Unidos fuera de su Panamá.

O peor aún, por qué no lloré cuando asesinamos a dos millones de vietnamitas, en su gran mayoría campesinos, en una guerra planificada por el secretario de defensa, Robert MacNamara, quien sabía que no había manera de ganarla.

El otro día fui a donar sangre. Había un camboyano haciendo lo mismo, tres en la fila, y eso me hizo recordar: ¿por qué no lloré cuando el carnicero de Pol Pot acabó con otro millón de seres humanos, a quien apoyamos dándole armas y dinero porque era enemigo de nuestros "enemigos" (quien eventualmente detuvo los campos de la muerte)? Para quedarme levantado y dejar de llorar, esa noche me fui a ver una película. Decidí ver Lumumba, en el Film Forum, y de nuevo me di cuenta que no había llorado cuando mi gobierno organizó el asesinato del único líder decente que el Congo haya tenido, y en su lugar pusieron al general Mobutu, avariento, vil y asesino. Ni lloré cuando mi gobierno sacó a Sukarno de Indonesia, defensor de la independencia de su país y héroe de la II Guerra Mundial contra los japoneses. Pusimos en su lugar a Suharto, quien bajo la tutela de los japoneses ha trabajado en eliminar a por lo menos medio millón de "marxistas" (en un país donde si la gente ha escuchado hablar de Marx, habrá sido cuando mucho de Groucho y en el televisor).

Anoche, mirando el televisor, lloraba mirando la imagen de ese padre que sufría la pérdida de su niña de dos meses. Pero cuando recuerdo las muertes de miles de salvadoreños, tan gráficamente descrita por Ray Bonner, de la revista Time, o las violaciones de las monjas estadounidenses a manos de agentes entrenados y pagados por la CIA, ni una sola lágrima derramé. Incluso lloré cuando oí cuán valiente había sido Barbara Olson, la esposa del Procurador General, cuyas posturas políticas detesto. Pero no lloré cuando Estados Unidos invadió una maravillosa isla del caribe llamada Granada y mató civiles inocentes que esperaban mejorar sus vidas construyendo un campo de aterrizaje para atraer más turistas, al que nuestro gobierno dijo tener pruebas de que era una base rusa, pero que una vez tomada la isla siguió construyendo.

Por qué no lloré cuando Ariel Sharon, hoy primer ministro de Israel, organizó y luego ordenó la masacre de dos mil palestinos en los campos de refugiados de Sabra y Shatila. Supongo que uno llora sólo por los propios. ¿Pero es ésta la razón para demandar venganza contra quien esté en contra nuestra? Eso parece ser lo que los estadounidenses piden. Definitivamente eso es lo que nuestro gobierno quiere, y la mayor parte de nuestros medios de comunicación.

¿En realidad creemos que tenemos el derecho de explotar a los pobres del mundo para nuestro beneficio, sólo porque gritamos a los cuatro vientos que somos libres y ellos no?

Iremos a la guerra. Definitivamente tenemos el derecho de perseguir a quienes mataron a nuestros hermanos inocentes. Y venceremos, definitivamente. Contra Bin Laden. Contra los talibanes. Contra Irak. Contra quien sea. En este proceso aniquilaremos niños que no tienen aún ropa para el invierno que se acerca, ni casa para protegerlos, ni escuelas donde aprender
porque son culpables, a la edad de cuatro o seis años. Tal vez los evangelistas Falwell o Robertson dirán que sus muertes eran necesarias porque no eran cristianos, y quizá alguien del Departamento de Estado nos confirme que eran tan pobres que muertos están mejor. ¿Y luego? ¿Podremos hacer lo que nos dé la gana?

Con todas las nuevas legislaciones y vigilancia que nos espera, nadie se va a escapar, y nuestros presidentes corporativos se sentirán complacidos porque todos esos que demostraban contra las corrientes globalizadoras ahora serán parte del bando de los malos. No más protestas en Seattle, Québec ni en Génova. Paz, al fin. Hasta la próxima vez. ¿Quién será entonces? Un niño ya grande, que sobrevivió la matanza de El Chorrillo. Una niña nicaragüense consciente de que sus padres fueron asesinados por unos pandilleros llamados Contras, entrenados por el manual de la CIA, que dice que para acabar con un gobierno hay que darle duro al pueblo, matando a maestros y médicos para desestabilizar los pilares del mismo. O tal vez sea un chileno enojado, que se entere de que toda su familia fue exterminada por el secretario de Estado de Nixon, Henry Kissinger, quien a pesar de ser un genio de la política mundial nunca pudo diferenciar entre comunismo y socialismo democrático, o ni siquiera nacionalismo.

¿Cuándo aprenderemos, los estadounidenses, que mientras sigamos queriendo ser dueños del mundo para el beneficio de los pocos, nos va a tocar sufrir las consecuencias? No hay guerra que pueda detener el terrorismo, no mientras nosotros mismos usemos el terror para alcanzar nuestras metas.

Por eso ya no lloro más, y salgo a caminar. Pero salgo y veo gente que llora por los bomberos que perecieron y tengo que regresar y escribir esto.

Mientras lo hago ahí está el secretario Powell, diciéndome que está bien matar a estos niños, estos seres necesitados, que odian a EE.UU. porque nosotros somos civilizados y ellos no.
Lloré de nuevo. Y me dije, al terminar de escribir esto, que no lo debía enviar: muchos de mis estudiantes y colegas me iban a odiar, quizá hacerme daño. Pero al ver la televisión otra vez decidí arriesgarme. Tal vez, al leer esto, una persona más se pregunte: ¿por qué hay tanta gente en el mundo preparada a morir sólo para darnos a probar un poco de lo que nosotros les venimos dando desde hace mucho?

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