Susan Sontag, la "serpiente" de Nueva York

Claudia Martínez. De la Redacción de Clarín. Entrevista

Clarín, Buenos Aires, 23 de octubre de 2001

En un diálogo exclusivo con Clarín la escritora estadounidense habló de los miedos, la autocensura y el lugar que eligió la mayoría de los intelectuales.  

Desde su departamento en la ciudad de Nueva York, no muy lejos del distrito financiero donde todavía una gigantesca pila de escombros es un recordatorio espectral y vívido de los ataques terroristas del 11 de setiembre, Susan Sontag, una de las escritoras de mayor prestigio e influencia en la cultura contemporánea, habló sobre el miedo de la gente, la retórica del gobierno del presidente George W. Bush y la libertad de expresión.

 -¿Estaba en Nueva York cuando se produjeron los ataques?

-Por desgracia, no. Hubiera querido estar. Había viajado a Berlín y vi todo por CNN. Apenas volví, fui de inmediato al lugar de la tragedia. Con un permiso pude acercarme hasta allí y ver la enorme montaña de escombros. Era algo horrible.

-¿Cómo está hoy la ciudad?

-Muy triste. La gente tiene mucho miedo. No hay autos en la calle. Los neoyorquinos prefieren quedarse en su casa. La gente pierde sus empleos. Muchos negocios y restaurantes están cerrando. Y, cuando la gente tiene miedo, no se comporta de manera muy racional.

-¿Esto hace que más del 90 por ciento de los estadounidenses apoye la guerra?

-Hoy la gente está a favor de la guerra porque no sabe bien cómo evaluar este tipo de conflicto diferente. Esto no es Pearl Habor. No es una guerra declarada por otro país. Como la mayoría de las cosas que suceden actualmente, es global, internacional, no se puede identificar con algún país en particular. Aún si mataran a Bin Laden, no cambiarían sustancialmente las cosas. Y estar bombardeando Afganistán, un país absolutamente devastado, es una pesadilla.

-Esperaba esta reacción del pueblo norteamericano?

-La verdad, no. Al menos, no tanto. La guerra nunca fue muy popular en EE.UU. Si bien los norteamericanos siempre están hablando de armas y las usan, la mayoría de las guerras empezaron sin demasiado apoyo popular. La Guerra Civil no fue muy popular. Lincoln era muy criticado. La Primera Guerra Mundial tampoco. Los norteamericanos tienen que sentirse víctimas para ir a la guerra. Por eso tenemos que tener un Pearl Harbor. Pero, a la larga, las guerras no son muy populares en EE.UU. Tampoco son buenas para la economía. Y mucha gente lo sabe. Esta guerra cuenta con el apoyo de la población porque la gente tiene miedo. Todos hablan de cuándo va a ser el próximo ataque. Muchos cancelan sus vacaciones. Hoy se vive una atmósfera de pánico.

-¿La gente está influenciada por lo que le muestra el gobierno?

-El estado de ánimo general es: No debemos sentirnos culpables por lo que hizo Estados Unidos. La gente parece decir: 'Vayan y atrapen a esos desgraciados. Pero, ahora que empezó este ataque grotesco, tengo la sensación de que la gente va a empezar a discutir un poco más. Además, nuestra economía está muy mal con respecto a unos meses atrás. Cientos de miles de personas perdieron su trabajo. Millones de personas se vieron afectadas. Nueva York, hoy, está en bancarrota. Muchas ciudades del país están pasando por crisis económicas terribles, sobre todo las que dependen del turismo o de la industria del entretenimiento. Las aerolíneas se van a pique. Los aviones están vacíos. Se cancelan la mayoría de los vuelos. Hay problemas muy reales que harán que la gente empiece a discutir un poco más, porque se ve afectada personalmente.

-Y usted, ¿no tiene miedo?

-En absoluto. Soy una persona muy racional. Por supuesto, soy consciente de que puede pasar cualquier cosa en cualquier momento. Pero eso siempre es así.

-¿Va a cambiar la actitud de la gente?

-Creo que sí, cuando se empiecen a ver las limitaciones de este ataque militar. Esta semana, The New York Times -que es nuestro mejor diario y que es un buen diario- publicó en tapa dos fotos aéreas de un campo terrorista en Afganistán. En la primera se veían algunos edificios. En la otra, se mostraba el lugar después de los misiles. No quedaba prácticamente nada. Pero, al leer el articulo, uno se enteraba de que hacía mucho tiempo que los terroristas no aparecían por allí. Eran edificios vacíos. Todo es muy grotesco. Quiero aclarar que no soy una pacifista. Y que estoy absolutamente a favor de frenar el movimiento terrorista internacional, contrariamente a lo que dicen todos esos ridículos superpatriotas. Pero no creo que la forma sea la masacre de civiles, ni de un lado ni del otro. Dudo de que este bombardeo sea la mejor opción. 

-¿Está prohibido hoy en Estados Unidos cuestionar el discurso oficial?

-Lo que creo es que existe un grado muy fuerte de autocensura, la forma más profunda de censura. No hay sólo censura oficial. La gente piensa que la van a criticar si dice algo y entonces opta por no decir nada. Pero no creo que esto siga así por mucho tiempo.

-Inmediatamente después de los ataques, Ud. Escribió que el atentado fue contra "la superpotencia autoproclamada del mundo, emprendido como consecuencia de alianzas y acciones    específicas por parte de EE.UU. Estos comentarios le valieron muchas críticas...

-Si, obviamente. Pero la manera en cómo me atacaron es una prueba de lo que estaba diciendo. Hoy, en mi país se vive una atmósfera conformista. Lo que para mí es una crítica común y aceptable se volvió inaceptable. Yo creo saber lo que es una posición radical. En mi vida tomé muchas posiciones radicales. Pero lo que dije en ese artículo no me parece radical. Es puro sentido común. De hecho, es una opinión que muchos comparten en Europa y en otras partes del mundo. Pero aquí’ fue atacada violentamente por figuras públicas, escritores, periodistas. También recibí cientos de cartas y llamados donde me decían: "Gracias a Dios por lo que dijo. Que valiente. Lo que me sorprende es lo de "qué valiente. No creo que mis comentarios tengan que ver con la valentía. Si me sorprende la ferocidad del ataque.

-¿La acusaron de traidora?

-Es que cualquier crítica a las acciones del gobierno, sobre todo los primeros días, cualquier debate sobre qué hacer, era considerado antipatriota y casi criminal.

-¿Hoy ya no?

-Creo que en el gobierno hay debate. Pero no en la prensa. La prensa norteamericana es muy servil, muy pasiva. Hoy, el debate se identifica con el disenso. Y el disenso, con la subversión. Y la subversión, con la traición o la falta de patriotismo. Si digo "Pensemos un poco. No podemos adoptar este lenguaje arrogante, la conclusión inmediata es que odio a EE.UU. Es ridículo. La revista The New Republic, que es muy conservadora sin ser de extrema derecha, publicó un articulo que decía: "¿Qué tienen Osama bin Laden, Saddam Hussein y Susan Sontag en común? Y la respuesta no era que todos tenemos ojos marrones. Era que todos deseamos la destrucción de Estados Unidos. Esa es la atmósfera que impera hoy aquí’.

-¿Cuál es el rol de los intelectuales en un momento de patriotismo ferviente?

-La mayoría de los intelectuales son conformistas, como la mayoría de la gente. Digamos que sería conveniente que la gente que escribe que opina, los periodistas, se pongan a pensar  adopten una posición independiente. Lo están haciendo. Pero es difícil, sobre todo si uno trabaja en un medio que depende mucho de los patrocinadores comerciales.

-Entonces, es difícil que la gente tenga un relato independiente de los hechos...

-Sólo unos pocos periodistas independientes que escriben para medios que no son tan dependientes lo comercial.. Es obvio que el gobierno está ejerciendo un control sobre la prensa. Basta con escuchar al vocero de la Casa Blanca, An Fleischer, con sus observaciones siniestras y piarmantes. Los medios más importantes, como The New York Times, The Washington Post, CNN, CBS, seguramente recibieron muchas llamadas de la Casa Blanca. Seguramente el gobierno intenta imponer restricciones también a la TV de Qatar AI-Jazeera. Hasta los senadores se quejan porque no reciben suficientes informes. Como si tuvieran miedo de ser traidores. Obviamente, no es un buen momento para la democracia de EE.UU.

-¿No hubo censura oficial cuando se decidió no mostrar imágenes de los muertos después de los ataques?

-No hubo censura directa, fue autocensura. Y es algo que me asombra. No sé cómo explicarlo. Me parece casi siniestro que todos estuvieran tan de acuerdo. No es que yo quiera ver esas imágenes, pero me parece increíble el conformismo. Y encuentro un poco alarmante el nivel de represión.

-¿Cree que la desinformación minará la confianza del pueblo en un presidente no muy popular antes de los ataques?

-En el corto plazo, no. Porque la gente tiene miedo y se comporta de manera más infantil. Quiere que la protejan. Además, los norteamericanos tienen una tradición de retórica de guerra. "Persigámoslos, matémoslos. Bush es una especie de robot incapaz de gobernar. Son Dick Cheney, el vicepresidente, y Donald Rumsreld; el secretario de Defensa, los que gobiernan en su nombre. Y, hasta cierto punto, lograron acallarlo. Pero Bush es un hombre muy estúpido y muy primitivo. con un lenguaje siniestro de cowboy no muy diferente del que usan los terroristas. Su discurso es como el de la Jihad islámica: "Vamos a ganarle a los malos. Con esto no quiero decir que Bush sea como ellos. Pero si que su retórica es muy engañosa. Obviamente, Cheney y Rumsfeld, que son personas inteligentes, no piensan en estos términos tan simplistas. No digo que sean buenas personas, ni que los admire, pero no son tan elementales. Ellos seguramente entienden que estamos ante una situación muy difícil. Lo que sucedió aquí es terrible. Masacraron a 7.000 personas. Es obvio que hay que hacer algo. Pero bombardear Indonesia o las Filipinas, como dijo Bush, no me parece muy inteligente.

Recuadro Mirada aguda Susan Sontag nació— en Nueva York en 1933. Inició su carrera como narradora, pero sus libros de ensayos Contra la interpretación (1966) y La enfermedad y sus metáforas (1977) fueron los que la convirtieron en un referente obligado a la hora de analizar la ideología y los mitos de la sociedad de nuestros días. Desde entonces desplegó su creatividad en el terreno de la narración, el ensayo, el cine, el teatro, además de tener una activa participación—n en la vida política. En su madurez retoma la ficción. En 1992 publica El amante del volcán y, en 1999, In América, sobre la actriz polaca Helena Modjeska, donde recorre dos de sus temas favoritos: el lugar de la mujer y el choque de culturas. © Clarín, 2001.

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