Terrorismos
Alejandro Moreno Profesor del doctorado en Ciencias Sociales UCV y Director de la revista Heterotopía, Caracas (Editorial 19, en prensa) |
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Se desataron los fundamentalismos. En los últimos tiempos nunca estuvieron muy bien amarrados. El fundamentalismo es, ante todo, una posición, una postura, una manera de ponerse en el mundo, en la vida, en la existencia total o, si se quiere, en la totalidad de lo existente. Toda persona y toda comunidad se identifican por la posición en la que encuentran sentido y que les da sentido. Ella nos fundamenta. Tener, asumir y haber asumido una posición fundamental y fundamentante, sin la cual pierde sentido la existencia –incluso la posición “escéptica” fundamenta la existencia del escéptico--, podría incluirse bajo el término fundamentalismo. Todos seríamos, en ese caso, fundamentalistas. No es éste, sin embargo, el significado que se da hoy a ese término, pero habrá que tenerlo en cuenta para comprender a fondo y no calificar a la ligera como cosa de locos, el fenómeno de los fundamentalismos tal como se entienden en nuestros días. Casi siempre son algo mucho más peligroso y dañino que la locura. Obedecen a una racionalidad muy propia y muy particular, pero racionalidad al fin. Cuando la existencia de las personas, de las sociedades, de las comunidades, de los grupos humanos en general, se percibe débil y amenazada, en peligro de extinción, en duda sobre el sentido más obvio que la sostiene, la respuesta –existencial– se orienta hacia la búsqueda del sentido más profundo, al más allá del obvio, al último fundamento, para refugiarse en él y sostenerse en ella. Aferrarse al fundamento último se convierte entonces en la posición indispensable, en la última opción posible: vida o muerte. Vida, si el fundamento sostiene; muerte, si el fundamento se derrumba. Tanto las personas como los grupos se aferran a su fundamento porque se fían de él, del sentido último que da a la existencia, esto es, por fe. Como toda fe, la fe en el fundamento no se da por obra de la razón, pero no sin ella y, sobre todo, no sin razones. La fe no es producto de la sinrazón, de la locura, de la pura emoción, la pura afectividad o la pura pasión, sino de la totalidad de la persona, de la gestalt-persona y de la gestalt-grupo. Por eso la fe, en último término, puede ser la pasión más fuerte de los hombres, la que más mueve y la que impulsa las más inesperadas opciones. Ahora bien, esta fe se dirige hacia un contenido. El fundamento que da consistencia a una comunidad humana y que la constituye en tal comunidad hasta el punto de que ésta no puede existir sin estar por él sostenida, de cuya veracidad, valor, fuerza y transcendencia todos los miembros de esa comunidad se fían, está formado por un complejo nudo de significados que se han producido a lo largo de la historia. Es una estructura cultural que ha adquirido, sin embargo, cualidades transculturales, transcendentes a tiempo y lugar, y que se ha autonomizado de su origen y de sus procesos de producción para presentarse ante la conciencia personal y colectiva con la contundencia de lo natural –fuera de ello no se podría ser hombre según la naturaleza humana-- o con la imponencia de lo sobrenatural –desobedecerlo sería condenarse–; en cualquier caso, con la fuerza de lo ineludible. Así, pueden ser contenidos naturales: la “humanidad” –un cierto tipo de humanidad convertida en la humanidad universal–, la nacionalidad –patria, raza, civilización... –, el espíritu del pueblo, que tanto enfatizó un cierto romanticismo, y otros muchos, mientras serían contenidos sobrenaturales todos los que incorporan componentes de fe religiosa y se nuclean en torno a un determinado concepto de Dios al que se pueden juntar otros significados como el de “pueblo elegido” o “destino manifiesto”, por ejemplo. Cuando se integran en una totalidad única contenidos sobrenaturales con contenidos naturales – Dios y pueblo, Dios y raza, Dios y nación predestinada, etc.— parece que el fundamento adquiere la mayor potencia identificadora y la motivación más fuerte para la acción colectiva. No todos los “dioses”, sin embargo, –dioses “culturales”; el Dios verdadero de los creyentes siempre habrá de ser desestabilizador y sorprendente— se prestan igual a esas integraciones. El Dios cristiano, por ejemplo, por más que lo hayan forzado a lo largo de la historia y por más que intenten forzarlo algunos en la actualidad, no parece sentirse cómodo con ninguna de esas compañías; más bien, al contrario, ha luchado y lucha porque la fe en El circule separada de toda otra fe sobre la que pronuncia un juicio no necesariamente negador, pero sí ético, relativizador y crítico. Otros “dioses”, en cambio, han permanecido durante toda su historia ligados, y aún confundidos, con toda clase de compañías. En su culto se funden y confunden religión y política, fe y costumbres, adoración y derecho histórico. También los “a-dioses”, los ateísmos, se han confundido con distintas compañías –la “revolución”, por ejemplo—y se han convertido, por lo menos como pretensión, intención y esfuerzo, en núcleos de nuevos fundamentalismos. Cuando el grupo humano se encuentra en situación de inestabilidad, de debilidad o de opresión, el fundamento parece estar constantemente a flor de piel –lo profundo se confunde con lo obvio e inmediato, el fondo está en la superficie--, siempre claramente presente a la conciencia y mantiene, así, el permanecer del colectivo en la existencia. Cuando, en cambio, la comunidad en cuestión goza de libertad y prosperidad, el fundamento pasa al trasfondo, queda encubierto por múltiples contenidos culturales, variados y dispersos en la inmediatez de la superficie hasta el punto de parecer haber sido superado por el devenir de la historia –¿muerte de los “grandes relatos” o de los “centros de sentido”?— mientras lleva una real vida latente que emerge con gran fuerza en los tiempos de crisis. Los complejos nudos de significados culturales que constituyen los distintos “fundamentos”, tienen larga historia y están profundamente enraizados en los respectivos pueblos o las respectivas sociedades; son los que verdaderamente fundamentan y emergen con fuerza a la evocación del momento propicio. Generalmente han sufrido modificaciones y renovaciones con la integración de nuevos significados en procesos lentos y continuados; así, el fundamento de la “civilización” occidental se ha “modernizado” desde fines de la Edad Media. A veces, han sido sometidos a un proceso de eliminación y sustitución por nuevos fundamentos incompatibles con los ancestrales. Estos últimos procesos o han fracasado con el tiempo –el intento de implantar como fundamento la “sociedad comunista”, por ejemplo— y lo ancestral, después de su ocultación, ha resurgido para sorpresa de quienes lo creyeron muerto, o se mantienen en la superficie con dudosa raigambre. Es lo que sucede con las “ideologías” en general y las “doctrinas” construidas por algunos “científicos” e intelectuales al servicio de fines políticos de partidos o movimientos con pretensiones de largo alcance y de larga permanencia en el tiempo, como, pongamos por caso, el nazismo. Si el “fundamento” por una parte mantiene la identidad de un grupo humano e, incluso, a ese grupo en la existencia contra todo enemigo y adversidad, por la otra tiende a encerrarlo dentro de los muros de sus significados afirmándolo en ellos y negando la licitud, y por ende el derecho a la existencia, de todo fundamento distinto. La adhesión al fundamento se irrigidiza, se exagera, se extrema –extremismo—y le somete integralmente –integrismo—la existencia del grupo y de las personas. Cuando esta tendencia se impone, el fundamento particular de un pueblo, sociedad o comunidad, o grupo, deja de ser particular, en la conciencia de sus miembros, y se concibe como el único valor universalmente válido para todos los hombres. En consecuencia se rompe la humanidad en exclusiones: los que pertenecen a mi fundamento y los demás: fieles-infieles, salvos-mundanos, elegidos-condenados, civilizados-salvajes, morales-inmorales, etc. A veces, la dicotomía es claramente: buenos-malos. El fundamentalismo, entonces, se camufla bajo muchas máscaras una de las cuales es, precisamente, la de oponerse a él. Así, Saramago (El País, Madrid, 18 sept. 2001), desde lo que bien podríamos llamar su fundamentalismo ateísta, ése que le lleva a callar los crímenes cometidos en nombre del “factor ateísmo” y que Emeterio Gómez (El Universal, Caracas, 30 sept. 2001) le señala, ataca a los creyentes en Dios –“la mayoría de los creyentes de cualquier religión”— calificándolos de falsos –“fingen ignorarlo”--, de “iracundos e intolerantes”, esto directamente, e, indirectamente, de faltos de inteligencia y de sentido común. Pero lo mismo le sucede a Emeterio cuando para negar el fundamentalismo “ateo” contrapone al “factor Dios” de Saramago, el “factor hombre” calificando al hombre mismo, fundamentalistamente, de porquería –“¡La porquería que somos!” –, como si para afirmar a Dios hubiera que negar al hombre –razón a Nietzsche— justificando, así, tradicionales ateísmos dignos de respeto, pero también de crítica, como los teísmos, aunque sean fundamentalistas. Desde una postura fundamentalista, no se concibe la postura distinta, o contraria, sino como fundamentalista también y, en consecuencia, ni se la intenta comprender. Qué le vamos a hacer. Es a este fenómeno, cuando el “fundamento” se independiza de su particularidad, se universaliza y sacraliza, convirtiéndose en sentido único válido para todos los hombres en la conciencia de un grupo humano, a lo que propiamente llamamos fundamentalismo. Fundamentalista puede ser un grupo más o menos numeroso en el seno de una sociedad, de una nación, de una religión, etc., o puede serlo toda una sociedad, nación, etnia, religión... También, el grupo fundamentalista, originalmente pequeño, mediante su acción expansiva o por obra de circunstancias históricas, puede invadir a toda una comunidad que en otros tiempos no se ha identificado como tal, por lo menos abierta y explícitamente, y que, posiblemente, pasada la influencia o la situación temporal, tampoco se identificará así después. No necesita el grupo pasar a la acción; su mera identificación negadora y excluyente del otro y de todo lo otro, es ya una agresión. El fundamentalismo, por su misma estructura, es agresivo, orientado a la eliminación de las distinciones y a la unificación de todo en la mismidad del propio mundo. En él se incuba toda violencia. La violencia puede ser defensiva, cuando el propio fundamento, y, por tanto, la propia existencia como mundo total de vida y cultura, se siente amenazado ya sea por la ofensiva directa de los “otros”, ya sea por lo que se percibe como traición, infidelidad o debilitamiento –en tiempos de cambios culturales significativos—en el seno del grupo de pertenencia. Puede también ser agresiva, de salida a la conquista del otro mundo, al sometimiento de los “otros” bajo el reino del propio fundamento. Con frecuencia, la violencia se ejerce en los dos frentes: mientras defiende, agrede. Como dice la manida frase: la mejor defensa es el ataque. La violencia es, entonces, producto del encierro en el propio fundamento, del fundamentalismo como actitud existencial. La violencia puede tomar formas muy variadas, desde la guerra formal y masiva hasta el atentado de sicarios o terroristas. El terrorismo no es, por tanto, sino una de las formas de la violencia fundamentalista. A pesar de lo abundante, hoy, del discurso sobre terrorismo, nadie ha definido a éste con un mínimo de precisión. Más parece una etiqueta que sirve para justificar cualquier tipo de contra-agresión o de agresión pura y simple. Sin embargo, por algunas características se logra distinguir lo que puede llamarse terrorismo de otras formas de violencia: – La sorpresa que garantiza totalmente el éxito del acto violento. Ninguna señal anuncia ni la posibilidad del acontecimiento ni su punto de aplicación. – No está definida la condición que se ha de tener para ser pasible de agresión. Toda persona, institución, lugar o edificio, cualquiera sea su condición –culpable o inocente, niño, joven o anciano, institución benéfica o no, etc.– que esté en el ámbito de lo definido por el agresor, a veces hasta sin declararlo, como campo enemigo, puede ser golpeada y en el momento menos pensado. No hay precaución ni previsión defensiva eficaz. Aunque a veces el tipo de víctima está vagamente delimitado –caso ETA: políticos, militares, periodistas... –éste puede cambiar de un momento a otro y ser sustituido por uno nuevo inesperado e imprevisible. La víctima es escogida, con pocas excepciones, no por su conducta o por su influencia cultural o política, sino por su simple pertenencia a una nación, a una raza, a una institución, esto es, no por lo que hace sino por lo que es y que, incluso, no puede evitar ser. – Lo que se persigue es la contundencia y el éxito total del acto agresivo sin tener en consideración ninguno de los límites y controles éticos generalmente admitidos. El acto terrorista se mueve fuera de toda regla conocida y convencionalmente aceptada. Ha de ser, así, novedoso, creativo y de alta precisión técnica, si quiere tener verdadero éxito. También por eso sorprende. Por todo ello, además de producir dolor e ira, como produce todo acto agresivo, infunde terror –miedo exacerbado difícilmente controlable por la razón— a la totalidad de una sociedad o comunidad. Si la violencia, en sí misma, no va unida a algún tipo de fundamentalismo, la violencia terrorista es el típico instrumento de los grupos fundamentalistas que se enfrentan a un “otro” cuyo poder es tal, que ningún instrumento agresivo conocido a disposición del agresor lo puede superar y ni siquiera inquietar seriamente. El terrorismo no va dirigido directamente a los centros de poder, aunque a veces pueda golpearlos, sino a toda la sociedad a fin de que ésta, aterrada, presione sobre ellos para hacerlos ceder. En el logro de este objetivo estaría su mayor eficacia. Cuando el acto violento es altamente eficaz en la producción de terror, la sociedad agredida, puede reaccionar, si es fuerte o se siente fuerte, reactivando su propio fundamentalismo latente y reagrediendo al agresor ya sea también con el terror, ya sea por medios más convencionales y conocidos, como una guerra Una guerra, por muy violenta que sea, no puede considerarse terrorismo sino metafóricamente. Eso no la hace más benigna. Es lo que está sucediendo entre los estados “occidentales” y los grupos fundamentalistas musulmanes. Los sucesos de Nueva York y Washington, han desatado el fundamentalismo occidental, especialmente el norteamericano. Todo el mundo llama fundamentalismo al musulmán, nadie al occidental y norteamericano. Y, sin embargo, Berlusconi lo ha expresado, quizás por más ingenuo: “debemos ser conscientes de nuestra supremacía, de la superioridad de la civilización occidental”. Del mismo modo los otros declaran su mundo, su “civilización” en términos occidentales, ética, religiosa y humanamente superior. Si los grupos musulmanes estigmatizan como reino del mal a occidente, los voceros norteamericanos, especialmente su presidente, usan hacia ellos el mismo –el mismísimo– lenguaje: “hay en ellos un culto a la maldad”. Los textos son abundantes y bien conocidos. Se enfrentan los fundamentalismos. Uno tiene medios destructivos inmensamente superiores a los del adversario. Este tiene creatividad de sobra y no sabemos hasta qué punto está en capacidad de poner en jaque al primero. Ambos tienen en común la negación del otro. Aquí está el meollo de la cuestión. Ni siquiera se plantean la simple posibilidad de intentar comprenderlo. Sin embargo, el “terrorista” presenta motivos verdaderos –no por ello válidos para justificar sus actos–, mientras el otro, con sus reacciones y calificaciones, elude enfrentar aquello sin cuya solución el terrorismo del primero nunca cederá. No está dicho que, enfrentándolo exitosamente, logre eliminarlo, pero, sin enfrentarlo, es claro que no se logrará. Se trata de problemas reales cuya injusticia hace mucho que clama al cielo: el problema palestino sobre todo. En el centro mismo de esta crisis están –y hay que decirlo sin ambages— las relaciones del estado y gobierno de Israel –no del pueblo judío, bien divido al respecto— con el pueblo palestino. Una situación insostenible. Gran parte del terrorismo mundial, y el más violento hoy, nace, se mantiene y crece ahí, en la situación, en la que se enfrentan dos fundamentalismos cada uno de los cuales ejerce fuerte influencia sobre toda su comunidad. ¿La declaración del gobierno estadounidense sobre la creación, finalmente, de un estado palestino –ahora dicen que lo pensaron antes del accidente, como si todos fuéramos niños— es un triunfo del acto terrorista? ¿El terrorismo, entonces, sí es exitoso aunque se proclame lo contrario? El fundamentalismo del occidental es una mala coartada, lo mismo que el derecho proclamado de legítima defensa o la necesidad de eliminar el fundamentalismo destructivo del enemigo. Uno y otro fundamentalismo son destructivos. La defensa lícita no justifica necesariamente una guerra. La defensa lícita exige una acción dirigida contra el verdadero y preciso agresor, no contra cualquiera que se relacione con él. Uno pensaría que en este caso sería cuestión de alta policía, de fina “inteligencia” o de bien entrenados comandos, pero ¿una guerra contra todo un pueblo? ¿Cuál es el verdadero objetivo que se persigue? El tema da para mucho. He querido destacar, aquí, lo que no se suele ni mencionar. Mientras el fundamento de occidente, el nuestro, el único sobre el que podemos intentar tener un cierto control, no pierda su rigidez, su encierro en sí mismo, y no se abra a la aceptación comprensiva –lo cual no significa someterse a su fundamento— del otro, todo terrorismo, toda muerte, toda guerra, toda destrucción, tendrá campo abonado. La aceptación del otro, ahora sí, ya no es solamente una actitud de buena disposición, de justicia intercultural, de derechos humanos, de fraternidad universal, sino de simple sobrevivencia. |