Redes de sombras

Tulio Hernández

El Nacional, domingo 16 de septiembre de 2001

Más allá del dolor profundo que genera y de la consternación que nos produce toparnos de narices con la barbarie, quienes tenemos la posibilidad de opinar públicamente tenemos igualmente la responsabilidad de contener las lágrimas, salir del trance, y tratar de contribuir colectivamente a poner en orden algunas ideas que nos ayuden a comprender en un contexto más amplio qué cosa efectivamente ha ocurrido en Manhattan y Washington, y cuáles pueden ser sus consecuencias.  

Aceptando que el ataque terrorista ejecutado el pasado martes 11 de septiembre es un agravio contra la humanidad como lo fueron Auschwitz, Hiroshima, o el genocidio de Hutus por los Tutsis y reconociendo que estamos frente a uno de los peores actos terroristas de la historia contemporánea que nada ni nadie puede justificar, es sano proceder para liberarnos de los lugares comunes que ya comienzan a aflorar y separar paja de polvo.  

Como ya lo han dicho los titulares de prensa, estamos ante la evidencia de un fenómeno novedoso. El atentado de Manhattan expresa de un modo nítido que en el presente, Estados Unidos se encuentra enfrentado a un enemigo difuso y escurridizo. Es decir, que esta vez no se trata de confrontaciones con otros Estados nacionales, Libia, Cuba, Irak o Afganistán –como se apresuraron a sentenciar algunos–, sino por organizaciones de nuevo cuño cuyas maneras de existir y financiarse tienen más la forma de redes, de “iniciativas privadas”, en su mayoría de inspiración fundamentalista, que de ejércitos o células políticas propiamente dichas asociadas al destino de un determinado Estado-nación. Es lo que explica por qué, ante el horror de este septiembre, nadie se apresura a declararse –como ocurría en el terrorismo asociado a causas nacionales o étnicas: ETA, el IRA, las FARC, o el Hamas–, autor de la transgresión. La eficiencia simbólica del acto, el castigo a los símbolos más contundentes del poderío militar norteamericano, el Pentágono, y del poderío económico mundial, el World Trade Center, son para estos nuevos actores más importantes que la eficacia práctica de la acción, que la obtención de beneficios aunque fueran promocionales para la organización que los provocó. Quienes concibieron el ataque no están desatando una guerra en el sentido tradicional del término. No quieren dominar un territorio, no movilizan flotas marítimas o aéreas para afectar o provocar, como en las acciones de Pearl Harbor, los intereses norteamericanos. El impacto mayor de la agresión, lo que le confiere tan paradójico y aterrador significado, es que el atacante no porta bandera ni señal alguna. No reclama, ni exige. Ni demanda ni da tiempo para negociar. No pide nada a cambio. Ni siquiera alardea.  

El mensaje está escrito en clave de paradoja. En el hecho de que el ataque más cruel en su propio territorio ocurra precisamente en el momento en que los Estados Unidos han alcanzado el mayor poderío universal logrado por Estado alguno; cuando su hegemonía es irrefrenable e incontestable por ninguna otra nación, incluyendo Cuba y Libia; y cuando reina solitario con flotas en los sietes mares y es a un mismo tiempo el juez supremo y fiel de la balanza del planeta que, en el Medio Oriente por ejemplo, obliga a Palestina a cumplir con los acuerdos internacionales, pero se hace de la vista gorda cuando es Israel quien los incumple.  

El asunto hace temblar tanto al ciudadano común norteamericano, cuya seguridad se muestra amenazada por un poder oscuro que no termina de ubicar, como al sistema mundial de naciones, que se enfrenta a un mundo que se había liberado del equilibrio inestable creado por la amenaza nuclear de la guerra fría; y ahora se ve sometido a los conflictos menos amenazadores en términos globales, es verdad, pero también menos controlables, de bandas, tribus o sectas capaces de cometer acciones como las que hoy nos ocupan.  

A Estados Unidos, por más que los aliados proclamen lo contrario, le corresponderá vivir de ahora en adelante en la soledad del poder absoluto. Pero también en la envidia y el odio que todo poder extralimitado genera. Poseerlo, el poder digo, le confiere a los Estados Unidos algo que estaba inscrito en sus mitos fundacionales y en la voluntad de talento, superación y supremacía que por más de un siglo lo llevó a generar grandes hallazgos científicos, extraordinarios logros en los derechos humanos, e incluso grandes guerras e intervenciones fuera de su territorio que hoy forman parte de sus haberes exitosos. Pero de esas guerras e intervenciones, forman parte también sus grandes fracasos. La de Vietnam solamente les costo 58 mil hombres y el surgimiento de la contracultura y de los odios, silenciosamente acumulados y repartidos contra ellos en vastos lugares del planeta. muchos de ellos convertidos en sólidas ideologías no todos ellas fundamentalistas.  

Sería indolente pedirle a quienes todavía recogen sus cadáveres comprensión de estos hechos históricos, pero en nombre de esos mismos cadáveres y sus familiares ¿no sería prudente que los líderes de los Estados Unidos y sus aliados, también sus intelectuales y pensadores, se preguntaran si acaso no existe otra manera de estar en el mundo, de llevar el planeta a cuestas? Otra manera que genere sus propios sistemas de autorregulación del poder e impida –como es posible que haya ocurrido ahora– que una riqueza sin límites como la que se supone posee Osama Bin Laden, sea el sustento de una forma tan cruel, y tan privada de provocar tanta infelicidad e injusticia. En The Siege (Contra el enemigo), la película que presagió como ninguna otra lo que acaba de ocurrir en Nueva York, un personaje sentencia: “Vivir sin miedo, es una de las formas de la libertad”. Siguiendo su consejo, ¿no comenzarán pronto los ciudadanos norteamericanos a preguntarse si vale la pena poseer la libertad de una gran potencia si a la larga tendrán que vivir no sólo bajo un escudo antimisiles, sino rodeados de sistema de seguridad? Son sólo dudas que el dolor atiza.

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