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A medida que se prolonga la guerra contra
Irak, que crece la resistencia iraquí civil y militar, que los ataques
de la guerrilla y las milicias se hacen más audaces, y que las bajas
británico-estadounidenses aumentan y las líneas de suministro pierden
consistencia, el mando civil y militar estadounidense desarrolla su
escalada bélica. De una ofensiva rápida basada en las fuerzas
terrestres, ideada por Donald Rumsfeld, se pasa a la campaña de
bombardeos aéreos sostenidos desarrollada durante la primera guerra del
Golfo y conocida como "doctrina Powell". El bombardeo
terrorista de blancos civiles se ha hecho rutinario y sus objetivos son
las grandes concentraciones de civiles, especialmente a la luz del día,
y los populosos mercados. Se ordena al ejército realizar misiones de
"búsqueda y destrucción" (search and destroy), de infame
recuerdo en Vietnam, centradas en la localización y destrucción de
hogares, escuelas, hospitales y de cualquier habitante de zonas en las
que se sospeche que puedan albergarse "fuerzas enemigas". En
un país en el que se ha demostrado que más del 90% de la población es
hostil a la invasión norteamericana, la política de
"búsqueda y destrucción" hace explícita la naturaleza
genocida de la guerra. Las consecuencias del bombardeo británico-estadounidense
de blancos civiles desde el aire serán más atentados con coches bomba
iraquíes en tierra. La guerra total de los EE UU contra la decidida
resistencia de todo el pueblo iraquí ha convertido este conflicto en
una "guerra popular" internacional contra la conquista
imperialista.
Su expresión más llamativa es el resurgimiento masivo de la
solidaridad panárabe en todo el mundo árabe, y más allá de éste.
Desde los días del líder egipcio Gamal Abdel Nasser no había habido
tantos millones de ciudadanos árabes en las calles, expresando su
solidaridad e inspirándose en la heroica resistencia popular iraquí.
El surgimiento de este panarabismo ha producido un profundo movimiento
democratizador de las naciones árabes: han surgido en toda la región
emisoras independientes de televisión, y periódicos semioficiales
egipcios y de otros países se han desvinculado de los gobiernos y han
denunciado la agresión norteamericana y a los gobiernos colaboradores
árabes. El plan imperial de George Bush de colonización del Oriente Próximo
ha tenido el efecto opuesto: el poderoso, creciente e independiente
movimiento panárabe amenaza con cimentar una vibrante sociedad civil,
compuesta de ciudadanos antiimperialistas activos y capaces de derrocar
a sus corruptos regímenes pro estadounidenses y cerrar las bases
militares norteamericanas.
A medida que se extiende y profundiza el movimiento panárabe, los
gobiernos árabes clientes de Washington y aliados encubiertos suyos
comienzan a sufrir divisiones. Siria permite la entrada de alimentos y
armas ligeras en Irak; Jordania, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes
Unidos, amenazados por protestas masivas y por la hostilidad activa de
toda su población, reprimen y retroceden. Miles de voluntarios árabes,
exilados y emigrantes iraquíes, y ciudadanos no iraquíes forman
brigadas internacionales y cruzan las fronteras para unirse a la
resistencia iraquí.
En los países occidentales, a medida que los movimientos masivos
manifiestan su oposición a gran escala, los enfrentamientos cotidianos
y la desobediencia civil, la división comienza a manifestarse entre las
élites gobernantes. En Gran Bretaña, el ex ministro laborista de
Asuntos Exteriores Robin Cook ha presentado su dimisión; en España,
uno de los protectores políticos más antiguos de Aznar, Félix Pastor
Ridruejo, rompe con el Gobierno, y le sigue un buen número de cargos
locales; en los EE UU, el sólido apoyo a la guerra de los líderes
religiosos y las organizaciones judías se cuartea, y los judíos
contrarios a la guerra cuestionan las posiciones de los principales
mecenas del grupo de Bush y del influyente lobby judío que lo apoya.
El 27 de marzo, un grupo de líderes de negocios formado por europeos y
norteamericanos, reunido en Bruselas, denunció el unilateralismo de EE
UU y sometieron a Alan Larson, alto asesor económico de Colin Powell, a
un severo interrogatorio en el European Policy Center. Los líderes
empresariales
europeos se sentían particularmente ofendidos por la decisión de
otorgar a empresas estadounidenses los jugosos contratos
multimillonarios de reconstrucción de Irak y excluir de los mismos a
las empresas europeas. Incluso empresarios norteamericanos se unieron a
las críticas, quejándose de que solo se habían seleccionado empresas
pertenecientes a la camarilla del vicepresidente Cheney y del secretario
de Defensa, Rumsfeld.
Mientras las élites empresariales occidentales se disputan los despojos
de la guerra, los gobiernos europeos opuestos a la guerra unilateral
estadounidense han vuelto, parcialmente, a su posición subalterna. El
27 de marzo, Francia, Alemania y Bélgica se unieron a otros 22 países
en el rechazo a una moción de convocatoria de una sesión especial del
Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, con
el fin de examinar la situación humanitaria y de derechos humanos del
pueblo de Irak bajo el salvaje ataque de las fuerzas de EE UU. En la
Asamblea General y el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas no se
adoptó ninguna resolución concreta de condena sobre el homicidio de
civiles iraquíes, a pesar de las demandas de 80 representantes
nacionales, el primer día de sesiones. Mientras millones de personas
fuera de la ONU condenan la guerra, la ONU guarda silencio, lo cual
demuestra que la lucha contra la guerra es básicamente un asunto
extraparlamentario.
El giro a la derecha del gobierno francés es totalmente evidente en lo
relativo a la cuestión de la ayuda humanitaria. El 27 de marzo,
Dominique de Villepin, ministro de Asuntos Exteriores, pidió una rápida
reanudación del programa de las Naciones Unidas de "petróleo por
alimentos", con el fin de
proporcionar ayuda humanitaria a Irak, y añadió que los EE UU podrían
administrar un Irak ocupado "bajo el paraguas legitimador de la
ONU". Afirmó que la ONU debería aprobar, aunque no las
gestionase, las operaciones humanitarias en el Irak de la posguerra.
Resulta evidente que los gobiernos europeos aceptan la conquista de
Irak, si bien esperan poder asegurarse una parte de sus riquezas en petróleo
tras haber hecho ostentación de su oposición.
A primera vista, el asunto de la ayuda humanitaria parece sencillo; se
trata de proporcionar alimentos, agua y cobijo a 23 millones de iraquíes
cuyos medios de vida, y sus propias vidas, han sido destruidas por la
guerra de EE UU. Sin embargo, las políticas de la ayuda humanitaria
tienen un alcance mucho mayor y plantean varias preguntas fundamentales.
Por ejemplo, si la ayuda humanitaria ha de ser un instrumento de guerra
y conquista o bien una ayuda a las víctimas de una guerra criminal. O
si la ayuda humanitaria es realmente una ayuda. Y también, quién ha de
administrarla y cuál será el destino final de la ayuda y en qué
condiciones se distribuirá.
En primer lugar, no es realmente una "ayuda". Su origen son
los ingresos que proporciona la explotación y venta del crudo iraquí
que ha sido confiscado por la ONU y los EE UU. No es aceptable calificar
de acto "humanitario" lo que no es sino la devolución de una
parte de la riqueza robada a un país victimizado. La ayuda humanitaria
durante y después de la guerra solo está destinada a los territorios
ocupados por los EE UU, y se les ofrece a las ciudades controladas por
los iraquíes a condición de que se rindan. Eso no es ayuda, es
chantaje. En las actuales circunstancias, la ayuda humanitaria forma
parte de la estrategia de sitio de los EE UU: matar de hambre y bombas a
la población civil. El cerco militar y el bombardeo de mercados e
instalaciones depuradoras provoca hambre, sed y la muerte lenta de
millones de personas. La ayuda humanitaria es pues un modo de quebrar la
resistencia de los sectores más vulnerables y debilitados de la población.
En la posguerra, la ayuda humanitaria será un medio de legitimación de
lo que Villepin llama la "solidaridad transatlántica" y del
dominio colonial de EE UU.
Una auténtica política de ayuda humanitaria debería incluir
contribuciones de la ONU, además del programa de "petróleo por
alimentos"; debería incluir un alto el fuego que permitiera que la
ayuda humanitaria llegase a la población civil, especialmente a la
población cercada en pueblos y ciudades. La ayuda humanitaria debería
entregarse a los funcionarios iraquíes, la Media Luna Roja y las
organizaciones de la sociedad civil para su distribución, y no debería
ir "etiquetada" con fines propagandísticos. Bush ha aprobado
la iniciativa de la ONU en materia de ayuda humanitaria, pero la ONU no
se ha puesto en contacto con ninguno de los programas que se ocupan de
las víctimas en las ciudades controladas por la resistencia iraquí.
Una de las razones principales de que el asunto de la ayuda humanitaria
no se comprenda cabalmente se debe al papel que desempeñan los
controlados medios de comunicación británico-estadounidenses, y sus
equivalentes europeos, japoneses y latinoamericanos. La clave que
permite comprender el papel de dichos medios en la guerra de propaganda
es el análisis de lo que Washington llama "periodistas
incrustados" (embedded reporters), es decir, profesionales
integrados en las unidades británico-estadounidenses que atacan las
ciudades iraquíes, y que están sujetos a la censura del mando militar.
A los periodistas independientes que trabajan por cuenta propia no se
les permite acompañar a las fuerzas invasoras. El resultado es la
exclusión de toda información relativa a las matanzas perpetradas por
las fuerzas estadounidenses y de las fotos de civiles mutilados y
muertos en las calles y hospitales de Bagdad y Basora. Lo que se publica
es propaganda británico-estadounidense: noticias de inexistentes
ciudades capturadas; levantamientos populares que no han tenido lugar,
como el supuesto de Basora; y niños iraquíes que reciben dulces de
manos de los soldados estadounidenses. El Daily Mirror, de Londres, fue
el único diario británico o estadounidense que publicó la foto de dos
soldados iraquíes decapitados, junto a una bandera blanca de rendición
desgarrada, mientras soldados "aliados" observaban a sus víctimas.
Los militares estadounidenses celebran el éxito de los
"periodistas incrustados", que refuerzan la fe de los que
están a favor de la guerra en EE UU y Gran Bretaña, y cuyos
"reportajes en directo desde la zona de guerra" son utilizados
como propaganda destinada a convencer a los indecisos sobre la
"autenticidad" de la guerra... tal como la entienden los
generales conquistadores y los oficiales con mando de tropa. Estos
medios de comunicación amplifican y difunden la propaganda de
Bush/Blair sobre malos tratos a los prisioneros entrevistados en la
televisión iraquí, olvidando los miles de prisioneros afganos y árabes
que murieron sofocados y fueron asesinados en contenedores metálicos
tras su rendición a las fuerzas de EE UU y la Alianza del Norte, o a
los cientos de prisioneros que mantienen en Guantánamo esposados, con
los ojos vendados y recluidos en jaulas. Los periodistas que acompañan
a las unidades repiten como cotorras la propaganda estadounidense sobre
prisioneros maltratados, pero callan todo sobre las recientes órdenes
de "búsqueda y destrucción", que tienen por blanco los
civiles iraquíes, y las de "no hacer prisioneros". La noción
de "periodistas incrustados" -es decir, la incorporación
formal de los periodistas como parte integrante de la maquinaria de
propaganda militar- representa un ataque a la libertad de presa en las
sociedades de EE UU y el Reino Unido.
La guerra imperialista ha encontrado en Irak una resistencia masiva, y
los costes políticos y económicos de la guerra han incrementado la
oposición interior a la misma. El presidente Bush declara que la guerra
continuará indefinidamente y los señores de la guerra estadounidenses
admiten que no hay un final próximo a la vista. Los gobiernos de España
y Gran Bretaña sufren un aislamiento terrible en sus propios países.
Algunos de los medios de comunicación favorables a la guerra se pasan a
la oposición (El País, en España; el Daily Mirror, en Gran Bretaña;
y hasta, por primera vez, el New York Times ha publicado algunos artículos
críticos). Sin embargo, la guerra está poniendo de manifiesto el
aumento del autoritarismo en los países que apoyan a EE UU. Los medios
ignoran a la gran mayoría de los ciudadanos que están contra la
guerra, y Bush limita sus apariciones en público a las bases militares.
Los aliados euroamericanos se reúnen en una remota isla del Atlántico,
temerosos del rechazo masivo de la población. Las decisiones se adoptan
en el seno de camarillas de confianza y se excluye a los parlamentarios,
las cámaras de diputados y la sociedad civil. El espacio civil se
militariza.
A medida que la resistencia iraquí continúa y que la campaña
terrestre se encalla; a medida que la oposición nacional crece y el
panarabismo cobra vida, los extremistas descontrolados de la Casa Blanca
preparan una "solución final" --en consulta con los expertos
militares israelíes sobre una solución como en Jenin- a base de la
destrucción masiva con bulldozers, el uso de helicópteros artillados y
bombardeos de saturación de toda la población de Bagdad. Sin embargo,
la resistencia iraquí es mayor y tiene más armamento que los
palestinos, y, además de contar con el apoyo de decenas de millones de
manifestantes en Europa y América del Norte, cuentan con la "calle
árabe", que ha comenzado a agitarse. ¿Qué va a llegar primero:
la caída de Bagdad, el derrocamiento popular de los gobiernos clientes
o el colapso de la democracia occidental? ¿Traerán las nuevas guerras
nuevos movimientos revolucionarios?
Luchemos contra aquéllas para hacer posibles éstos.
2003 es un año para vivir peligrosamente, un año de crímenes contra
la humanidad y de resistencia heroica; es una ocasión de rechazar la
guerra y ampliar nuestra solidaridad con el pueblo iraquí en ésta su
hora de la verdad. |