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Juan Gabriel Labaké |
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2 de abril de 2003 |
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Cada pueblo, para darse ánimo (o ínfulas), y como forma de afirmar su personalidad, ha inventado su propia historia. De ahí las múltiples leyendas sobre la fundación milagrosa o extraordinaria de las ciudades. Roma hizo lo suyo con Rómulo, Remo y la loba, para luego rebautizar como romanos a “sus” primeros reyes (que, en realidad, eran etruscos que los habían esclavizado). Los aztecas idearon un águila y una serpiente montadas sobre el arbusto que les daba la bebida alcohólica popular. Los guaraníes (pueblo sufrido) fueron los más poéticos: nacieron de Anahí, la bella mezcla de diosa y pantera que murió envuelta en las llamas por defender a su pueblo. El pueblo judío prefirió asentar su origen directamente en la voluntad de Dios, expresada a Abraham en una ciudad de Irak, país que, para mayor escarnio de la historia, hoy está siendo arrasado por el socio y “sponsor” mayor de Israel, los EEUU de Angloamérica. En un segundo y más audaz paso, los dirigentes judíos estamparon en su libro sagrado el dogma de ser el pueblo elegido por Dios y, por si fuera poco, se auto-atribuyeron en propiedad perpetua, imprescriptible e inalienable, una parte del planeta común a todos los seres humanos, porque ésa era la tierra prometida por Dios a ellos. Luego, los cristianos aceptaron la pretensión judía porque el Redentor sólo podía nacer en un pueblo elegido por el Padre. Pero, la aceptaron hasta el nacimiento del Redentor. De ahí en más, para los cristianos, los judíos dejaron de ser el pueblo elegido, para pasar a serlo los cristianos. Muchos siglos después, un católico francés, Jacques Maritain, y su esposa judía, Raïsa Maritain, dedujeron que, como Dios es eterno, es decir, no tiene la dimensión tiempo, si el pueblo judío fue elegido por Él, lo fue para siempre, de modo que lo sigue siendo ahora y lo seguirá siendo hasta la consumación de los siglos. También los cristianos (nosotros) dieron un paso más largo: la religión revelada por el Redentor era la única verdadera, de donde dedujeron que las otras religiones (el error) no tienen derechos, y quien se opone a la única religión verdadera es enemigo de Dios. A finales del siglo XVIII, nació una nueva república en la América del Norte, que, al poco andar y siguiendo la vieja costumbre de los pueblos pretenciosos, descubrió que tenía un destino manifiesto. Es decir, que Dios (único que conoce el destino, o sea el futuro) les había asignado un porvenir de dominio sobre los otros seres humanos, que debían ser muy inferiores ya que nadie se había molestado en manifestarles su destino (ni de predominio ni de dependencia, menos aún de muerte y dolor). Finalmente, un señor llamado Hitler hizo el último descubrimiento de esta macabra serie: Dios había elegido, no a un pueblo, o a una nueva república, sino a una raza, para que, por ser superior, dominara (y si se daba el caso, exterminara) a las demás, que eran inferiores. El primero de esos terribles descubrimientos que produjo espanto fue el nuestro, el de los cristianos. Para eliminar a los enemigos de Dios, ya que el error no tiene derechos, dimos nacimiento a la Inquisición y al calvario de Galileo (y de tantos otros que tuvieron menos suerte y no se salvaron de la hoguera). Cuando esa maquinaria infernal no pudo sostenerse más, nos conformamos con exigir, donde éramos mayoría, que nuestra religión fuera reconocida por el Estado como la única oficial; mientras que con el mismo fervor reclamábamos la libertad religiosa en los países donde estábamos en minoría. Esa conducta esquizofrénica llegó a su fin hace apenas un suspiro histórico: en el Concilio Vaticano II (1965), por la voluntad de un anciano que no entendía nada de inquisición y hogueras, ni de pueblos elegidos o destinos manifiestos, ni de razas superiores, y que sólo sabía que todos los humanos somos igualmente hijos de Dios, aunque unos vayamos a la Iglesia, otros al templo sin imágenes, a la sinagoga o a la mezquita, y aún si no creemos en Él. Ese anciano se llamaba Juan XXIII. Nos hizo un gran favor, a nosotros que lo reconocemos como pastor y padre, y a la Humanidad toda: terminó con la prepotencia católica (aunque, de vez en cuando, todavía aparece algún despistado). La raza superior hizo lo suyo en la primera mitad del siglo XX, hasta culminar con la masacre de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. Hoy sólo quedan en pie los otros dos descubrimientos, cuyos dirigentes se han asociado para cumplir la voluntad de Dios: ¡Y todo sea hecho en el nombre sagrado de Dios! Roguémosle a Él que nos libre de esos pueblos elegidos, de todos, especialmente de sus dirigentes, que hacen una carnicería y la llaman mandato divino. Buenos Aires, 2 de abril de 2003, en recuerdo de los caídos en nuestras Islas Malvinas hace 21 años. |