Carolina Guerrero

La impronta del positivismo en El último Solar  

La primera novela de Rómulo Gallegos, El último Solar (1920), se enmarca dentro de una perspectiva positivista. Estas ideas ya se encontraban recogidas en las reflexiones políticas que el autor había plasmado en sus editoriales de La Alborada a partir de 1909. Para Gallegos, existían causas absolutas que operaban como principios rectores de la conciencia social, en consecuencia, la sociedad debía regirse por esos principios y no por el personalismo político del mandatario de turno. Esas causas debían producir “triunfos definitivos y estables” en la república.

La idea de principio rector sugería la capacidad de vivir en libertad y progreso. Pero la sociedad venezolana, según el autor, no estaba preparada para cumplir con esas exigencias. Por esa razón, era preciso “encauzar sabiamente” el espíritu de las masas hacia ese ideal común. El matiz positivista que orienta este pensamiento se erige en esa idea de “sociedad” necesariamente domable, domesticable y civilizable por una élite esclarecida para la búsqueda de modernidad, orden y progreso. 

Esa proposición teórica de Gallegos se entrelaza con una concepción pesimista de la sociedad, que se revela particularmente en El último Solar. En esta novela, la ineptitud de los personajes para constituirse a sí mismos y ser garantes de su propio orden, tropieza recurrentemente con la desesperanza de que nunca podrán ascender hacia lo que se cree son fases superiores de evolución social y política. Tales individuos serían sólo producto de un determinismo histórico inmutable que los supera, los antecede y los explica, contra el cual toda cruzada y aspiración cívica es fútil. En ese sentido resulta de interés estudiar los trazos positivistas que circundan a los personajes y la historia de El último Solar, en su inserción dentro de la concepción galleguiana sobre Estado, sociedad y ciudadanía.

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Florence Montero

El pensamiento de Gallegos en La Alborada  

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El 31 de enero de 1909 se editó el primer número de La Alborada. Los diversos artículos que acerca de la situación del país publica Gallegos en este semanario, expresan un pensamiento de características fundacionales, que muestra la intención de consolidar las bases de la Venezuela moderna. 

Configurar la nación, modelar su imagen ideal, era un reto para el intelectual que se identificaba con la democratización y asumía la necesidad de introducir cambios sociales. Esta conciencia ordenadora se observa en un ideario que remarca la importancia de la ley como soporte de la vida cotidiana, que otorga prioridad al diseño de nuevos planes educativos y señala la conveniencia de establecer normas para regular la dinámica del espacio público y el ámbito privado.

Explorar esa temprana escritura de Gallegos nos revela, en gran parte, su proyecto de nación y nos abre nuevas posibilidades para articular su obra ensayística con sus complejos universos ficcionales. Sus novelas claramente trascienden la oposición civilización/barbarie como visión maniquea del mundo representado y se apoyan en construcciones simbólicas que surgen de un sustrato cultural heterogéneo, estructurado sobre mitos, creencias, conductas que se inscriben en el imaginario tradicional, incluso en aquella tradición que el propio Gallegos cuestiona por entenderla como fuerza disgregativa.

Además de los programas reivindicadores orientados a diseñar caminos hacia el progreso, el escritor expresa su conciencia de las mixturas sociales, de las contradicciones que nos habitan. El decidido propósito de sistematizar el funcionamiento de la nación caracteriza sus textos en La Alborada: discursos programáticos, diagnósticos críticos que cuestionan hábitos, atavismos, conductas anárquicas, concepciones políticas, nociones sobre educación. Sin embargo, la propuesta modernizadora de Gallegos no sólo aspira a domesticar, como tantas veces se ha concluido, sino a indagar, conciliar y equilibrar.

Ciertamente, se problematizan las fuerzas que, a la luz del pensamiento positivista, son percibidas como obstáculos para alcanzar la evolución, pero, al mismo tiempo, se asumen como presencias activas en la construcción de la identidad nacional. Explorar el margen, aquello que suele situarse fuera de los mecanismos organizadores de la imagen oficial de la Patria, será también objeto de estudio para la analítica mirada de Gallegos.

Portada del primer número de la revista La Alborada

 
 

Raquel Rivas-Rivas

Rómulo Gallegos: itinerario de la razón populista 

 

 

 

 

 

La razón populista tiene en Venezuela un representante emblemático: Rómulo Gallegos. La trayectoria de este intelectual forjado a sí mismo, que asciende desde los márgenes de la academia y de la institución literaria hasta convertirse en el narrador por excelencia de los relatos nacionales, es un ejemplo del tránsito del intelectual orgánico de las clases medias en la primera mitad del siglo XX. 

Su trayectoria política no es incidental en este ascenso. Sin duda una de las razones por las que este período fue presidido por la figura de Gallegos, se debe a su protagonismo como líder cultural de toda una generación. Es un protagonismo derivado casi exclusivamente del hecho de que su novela más leída, Doña Bárbara (1929), había producido el instantáneo reconocimiento de su magistratura, sostenida sobre una reflexión obsesiva acerca de la función del discurso identitario.

El narrador de los relatos de identidad trasmutado en héroe cultural, perdura en la memoria colectiva hasta la defenestración que realizan las generaciones contestatarias de los años 60 y 70. Un balance de esta trayectoria se hace necesario ahora que la república populista se encuentra en trance de revisar sus postulados.

Rómulo Gallegos junto a Luis I. Rodríguez, Lázaro Cárdenas y Ricardo Montilla, México, circa 1957
Fotografía en blanco y negro
12 x 17 cm
Colección documental Museo Rómulo Gallegos, Fundación Celarg

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