Mirla Alcibíades

Una posición crítica frente al Centenario de la Independencia

La imagen y el recuerdo de Bolívar fueron constantes en la vida política, militar y cultural venezolana desde 1830, año de su muerte. En nombre del héroe de Carabobo se produjeron dos levantamientos armados (1831 y 1835), el segundo de los cuales se concretó en el golpe de Estado en contra del presidente electo, José María Vargas. En la década de los 40, la repatriación de sus despojos mortales a Caracas avivaron el sentimiento de adhesión a su recuerdo en amplios sectores de la población. Las décadas de los 50 y los 60 vieron la activación de propuestas a favor de la tesis que Bolívar concretó en la Gran Colombia, la unidad continental era valorada como una manera de oponer resistencia a las apetencias imperiales no sólo europeas sino estadounidenses.

Pero la década del 70 asistió al surgimiento de un fenómeno novedoso que se acentuaría en la siguiente: la utilización de Bolívar como valor simbólico para encarnar en él la representación de lo nacional y la validación y legitimación de la figura del presidente (en este caso de Antonio Guzmán Blanco) en tanto emblema del Padre de la Patria. Esa asociación Bolívar-Gobernante de turno será reproducida por los presidentes que sucedieron a Guzmán en funciones de gobierno. Contribuyeron a avivar la devoción bolivariana los actos conmemorativos del centenario de su nacimiento en 1883.

En el siglo XX la situación no había variado, Castro y, sobre todo, Gómez supieron hacer adecuado uso de esa tradición al fortalecer la idea de que la patria era Bolívar, quien la reencarnaba y él (el presidente en ejercicio) era el portavoz de la palabra del héroe máximo. El primero de esos convencimientos subyace en el planteamiento de los jóvenes de La Alborada cuando, en 1909, reclamaron los homenajes de tributo bolivariano en ocasión del centenario de la Independencia que se cumpliría en 1910.

Con el paso del tiempo Gallegos irá modificando esa concepción para derivar en la tesis que plantea en sus novelas de madurez: la patria no es un hombre, la patria son sus pobladores, sus ciudadanos. Primero en los textos de ficción y, posteriormente, en la producción ensayística esa posición crítica frente al culto al héroe será una de las ideas recurrentes de su escritura.

Rómulo Gallegos en el acto de inauguración del Monumento al Libertador Simón Bolívar, Bolívar, Missouri, 1948
Fotografía en blanco y negro
25 x 20 cm
Colección Sonia Gallegos, Caracas
 

Simón Alberto Consalvi

Pensamiento político de Rómulo Gallegos

«Advierto que no soy político y que la lucha política no me interesa...» dijo Rómulo Gallegos en uno de sus más importantes discursos como diputado de oposición en el Congreso de 1937, para el cual había sido elegido con una alta votación. Con esas palabras nos da la clave de su relación compleja con la política, una relación amor-odio de aceptación y rechazo, de comprensión lúcida de la necesidad de ser político y de intervenir en la política, y de condena de muchos de sus métodos o de sus exigencias.

Será diputado, concejal, ministro, presidente de un partido, Presidente de la República, será todo en la política. Pero la compleja relación será siempre un drama en el cual predomina su pasión por Venezuela y su convicción de aquel deber esencial de ser a pesar suyo.

Desde 1941 en adelante, Gallegos no tendrá otra preocupación que la política no obstante su concepción antimaquivélica de la misma o, en otras palabras, el predominio en él de la razón ética sobre cualquier otro tipo de consideración.

Cuentan testigos de los sucesos que derivaron en el golpe de Estado que, cuando en las vísperas del 24 de noviembre, y en nombre de los militares ya alzados contra el orden constitucional, Carlos Delgado Chalbaud, su viejo amigo y ahora su Ministro de la Defensa, le hace entrega del famoso pliego de peticiones, y luego de un intercambio de palabras, a Delgado se le aguaron los ojos. El comentario de Gallegos no podría ser más singular: «Me agrada verte llorar porque eso quizás signifique que todavía haya en ti algo noble».

Una reacción semejante (descubrir algo noble en quien ya traicionaba al Presidente y al amigo), quizás no se le había ocurrido a ningún otro venezolano, militar o civil, en ninguna otra época de nuestra historia.

Rómulo Gallegos durante la campaña electoral para aspirar a la presidencia, 1947-48
Fotografía en blanco y negro
25,5 x 20 cm
Colección documental Museo Rómulo Gallegos, Fundación Celarg
Rómulo Gallegos durante la campaña electoral para aspirar a la presidencia, Cariaco, edo. Sucre, 1947-48
Fotografía en blanco y negro
20 x 23,7 cm
Colección documental Museo Rómulo Gallegos, Fundación Celarg

Domingo Irwin G.

Rómulo Gallegos entre una y otra dictadura

En las elecciones presidenciales de diciembre de 1947, Rómulo Gallegos obtuvo poco más del 70% de los votos sufragados. En febrero de 1948 se juramenta como Presidente de la República de Venezuela. El 24 de noviembre de ese mismo año, un golpe de Estado encabezado por su amigo y ministro de la defensa, Carlos Delgado Chalbaud, y por Marcos Pérez Jiménez, lo priva de su libertad al recluirlo en la Escuela Militar. El 5 de diciembre de 1948 inicia un exilio de casi 10 años, cuando parte por vía aérea con destino a La Habana, Cuba.

Es importante ubicar el muy breve gobierno de Gallegos dentro del contexto del protagonismo político del sector militar criollo frente a la civilidad republicana. Toda una generación de venezolanos cabalga cronológicamente entre los siglos XIX y XX. Rómulo Gallegos (1884-1969) pertenecía a esta generación. Vivió, pues, el tránsito del poder político de los caudillos de los 1800’s a los pretorianos de los 1900’s. La gran diferencia entre los siglos antes aludidos, no es sólo de condiciones socio-económicas distintas y realidades históricas obviamente diferentes. Estriba, fundamentalmente, en la existencia de un efectivo Ejército Nacional en proceso de modernización y lenta profesionalización que, como tal, ejerce la gerencia del monopolio directo de la violencia física y legítima del Estado. Esta condición recién señalada es el punto cardinal para las ententes militares-civiles y político-militares del siglo XX venezolano.

Ciertamente el 24 de noviembre de 1948 se aprecia como una situación con dos vertientes bien definidas. Una expresa el fin de una realidad militar que asume por propia iniciativa de sus dirigentes corporativos (amén de sus aliados civiles) la condición de árbitros supremos de la realidad política venezolana. La otra cara de noviembre de 1948, novedosa en la realidad histórica criolla, es cuando el sector militar dice que asume la conducción política del país ante la incapacidad de la dirigencia civil y civilista: el gobierno es de las Fuerzas Armadas y en nombre de las Fuerzas Armadas de Venezuela, expresión de un pretorianismo corporativo de cuño nuevo en el devenir criollo.

El gobierno militar en funciones de conducción política del desarrollo nacional tardará 10 años en colapsar, evidenciando en términos históricos la incapacidad administrativa del sector castrense para tales actividades. Con su fracaso político y gerencial los militares, indirectamente, reivindican y potencian en términos históricos la figura civil y civilista del presidente por ellos depuesto: don Rómulo Gallegos.

Rómulo Gallegos durante la campaña electoral para aspirar a la presidencia, 1947
Fotografía en blanco y negro
18,5 x 21 cm
Colección documental Museo Rómulo Gallegos, Fundación Celarg 
Rómulo Gallegos durante la campaña electoral para aspirar a la presidencia, 1947-48
Fotografía en blanco y negro
20 x 23,7 cm
Colección documental Museo Rómulo Gallegos, Fundación Celarg

Enrique Nóbrega

Desarrollo político durante el gobierno de Rómulo Gallegos

Rómulo Gallegos fue el primer presidente venezolano elegido por voto directo, universal y secreto. Ese triunfo electoral representó la concreción del proyecto de revolución democrática burguesa más importante de nuestra historia contemporánea.

El acto de toma de posesión se caracterizó por la presencia de un variado espectro de la sociedad venezolana, venido de los distintos estratos sociales y zonas geográficas del país. Con esa presencia se proyectaba la idea de que la democracia se manifestaba en esa asistencia variopinta. ¿Éramos iguales?

Desde la mirada de los «amos del valle», según opinión de Elías Pino Iturrieta, el orden social se había trastrocado, muchos sentían que «se ha perdido el freno»:

Los dependientes están estableciendo a su manera un tipo diverso de relación con los patrones. Los artesanos hacen los horarios y atienden los pedidos del cliente en la medida de sus necesidades. La gente humilde hace política sin temor frente a las narices de los señores. Los organismos de representación dejan de ser el monopolio de unos escogidos. Hay bares frecuentados por una inesperada legión de sujetos deseosos de hacer política. Hasta los militares los acompañan a veces en el jolgorio. Ya no importan las credenciales escolares, ni la partida de nacimiento, para participar en los negocios públicos (La revolución de octubre, Celarg, Col. La Alborada, 1998).

Las masas habían accedido legítimamente a la historia política de Venezuela. La fiesta de colores, rostros y pareceres que caracterizó el acto de toma de posesión de Gallegos, representó para muchos la conquista de un viejo anhelo y, para otros, sus temores más ocultos. Pero tras de aquella fiesta se incubaba la semilla de un futuro golpe de Estado y la oscura década de dictadura militar.

El ensayo democrático que representó el gobierno galleguiano implicaba un proyecto de país. Amparado en una presencia mayoritaria en el Congreso y demás instancias, el partido AD pudo haber caído en excesos de entusiasmo, que no justifican las acusaciones de sectarismo que posteriormente se esgrimieron para consolidar el golpe. Quienes acudieron a esos argumentos, toda una generación de militares pretorianos, se encargaron de esparcir la idea de un Gallegos políticamente ingenuo y títere de Rómulo Betancourt que, además, dirigía milicias armadas.

Luego de un golpe telefónico de Estado, al decir de Domingo Alberto Rangel, Gallegos saldría hacia la isla de Cuba donde denunciaría al mundo la presencia de los grandes trust estadounidenses del petróleo, quienes respaldaban las acciones de los militares golpistas.

Jaime Albáñez 
Rómulo Gallegos durante un mitin en el Nuevo Circo, Caracas, 13 de septiembre de 1941
Fotografía en blanco y negro
19,5 x 24,5 cm
Rómulo Gallegos en la toma de posesión a la Presidencia de la República de Venezuela, 1948
Fotografía en blanco y negro
25,5 x 20,5 cm
Colección documental Museo Rómulo Gallegos, Fundación Celarg
Alocución de Rómulo Gallegos luego de haber sido víctima del golpe de Estado dirigido por el teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud y el comandante Marcos Pérez Jiménez, noviembre de 1948
Fotografía en blanco y negro
20 x 25,5 cm
Colección documental Museo Rómulo Gallegos, Fundación Celarg

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