María Centeno

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El caníbal y puente Llaguno

Una imagen vale más que mil palabras, reza el dicho. Como dijera Susan Sontag, el museo de nuestra memoria es una galería de íconos, pues tendemos a recordar los eventos históricos en términos de imágenes.

Cuando nos mencionan Puente Llaguno, por ejemplo, se nos proyecta en nuestra mente la escena mil veces repetida de los bolivarianos accionando sus armas desde el puente, no la de los francotiradores que les estaban disparando, ni la de las víctimas que cayeron sobre el mismo lugar.  No recordamos las imágenes de la Policía Metropolitana disparando contra la masa, pues los grandes medios no las transmitieron.

Sólo cuando salieron a la luz las fotografías de las torturas en la prisión de Abu Ghraib, el mundo reaccionó indignado, a pesar de que mucho antes se sabía de los crímenes y abusos cometidos por el ejército norteamericano en Irak, Afganistán y Guantánamo.

Al igual que la fotografía y el video, la caricatura juega un rol muy importante en la conformación de este museo de imágenes. Cuando nos hablan de caníbales, por ejemplo, se estampan en nuestra mente los dibujos de negros semidesnudos con un huesito en la cabeza cocinando a un expedicionario blanco. Sin querer adoptamos el estereotipo prejuiciado de una sociedad racista.

En Venezuela recordamos cómo la prensa norteamericana caricaturizó repetidamente al presidente Cipriano Castro, dibujándolo como un mono, vestido de rey o como un salvaje, justo en los tiempos cuando Castro se enfrentaba a los intereses de las grandes compañías norteamericanas.

En Latinoamérica hay una tradición de dibujantes de humor progresistas con vocación de justicia social. En este país, desde los tiempos de Leoncio Martínez, la caricatura casi siempre se ha enfrentado al poder y ha estado al servicio de los sectores más desvalidos de la sociedad.

En estos tiempos de turbulencia social en Venezuela, esta situación no ha cambiado. La mayoría de los caricaturistas que siempre nos enfrentamos al poder, representado en los gobiernos de AD y COPEI, seguimos en la misma lucha, sólo que esta vez nos estamos enfrentando con la mamá de todos los poderes, la versión Extra Large que representa Estados Unidos de Norteamérica, que no sólo ostenta una dominación unipolar en términos militares y económicos, sino también simbólica y cultural.

Este imperio, inédito en su omnipotencia, más poderoso en términos relativos que el Imperio Romano en su época, tiene una franquicia en Venezuela y un ejército de franquiciados.

Aquellos artistas e intelectuales que apoyan al Imperio han sacado sus cuentas. Pragmáticamente calculan que al final en este país se impondrá la ley del más fuerte, como sucedió en Guatemala, Chile, Nicaragua, Grenada, Haití y tantos otros casos. Sin embargo, puede ser que se equivoquen, y quizá, tal como sucedió con el Imperio Romano, éste también tenga pies de barro y caiga víctima de sus propias contradicciones, y como en las pesadillas de la oposición, una horda de bárbaros y bárbaras vestida de rojo venga con otra cultura, otras imágenes, más humanas, más solidarias, empeñada en esa idea loca de que OTRO MUNDO NO SÓLO ES POSIBLE, SINO INDISPENSABLE.

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