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NO
es una exposición apunta hacia varios objetivos que van más allá de
la coyuntura política actual que representa la elección entre dos
opciones. NO es una exposición asume una posición afirmativa
frente a categorías establecidas (la exposición) para asumir formas de
diálogo más flexibles. También la negación, contextualmente referida,
asume una postura generosa cuando se denuncia el poder como deseo de
expansión y dominio, concentrado en defender sus privilegios por sobre
los intereses de amplios sectores sociales sin acceso a la justicia
social. Hoy en día, como sujetos expuestos a las redes
de comunicaciones transnacionales que lideran la tendencia a la
mundialización cultural, somos testigos del travestismo del poder que
ejercen algunos grupos políticos por sobre naciones completas, rediseñando
sus tácticas neocolonialistas con la argumentación de defensa de los
derechos humanos por sobre la soberanía nacional. Cuando Estados Unidos
invadió Irak, asistimos a una desvirtuación de la tradicional noción de
“estado de derecho” que convierte en
marioneta a los organismos internacionales encargados de velar por
el orden mundial, burlando la “paz perpetua” imaginada por Kant.
Asistimos entonces a una sistemática violación de acuerdos que propicia
una violencia material pero también en una violencia “virtual” o
“abstracta”, que se materializa en la reproducción de las condiciones
de producción y consumo desiguales. El
No puede también relacionarse con la postura colectiva que fue
asumida por extensos sectores populares frente a la dictadura de Pinochet
que reclamaban en las calles NO + violencia, NO + desaparecidos
políticos, NO + hambre... a partir de una apropiación a la
consigna No + difundida por el grupo CADA (Colectivo Acciones de
Arte) que actuó en el escenario chileno durante los años 80. El arte
contribuyó así a que las personas perdieran el miedo y pudieran expresar
su rechazo al autoritarismo. Los
siete artistas gráficos que hoy se reúnen en este diálogo expositivo
han asumido diversas perspectivas críticas frente a la realidad
cultural y política contemporánea, ya sea local o internacional.
Indistintamente de los escenarios, se perfila un eje en común: un humor
que sostiene un ejercicio visual plural con el fin de favorecer la
disolución de las estructuras rígidas del poder, con su tradicional
lucha entre el bien y el mal. El
cuestionamiento del poder como autoridad que se atribuye el don de
definir, clasificar y reproducir lugares de privilegio por medio de
estrategias de seducción, es lo que muchas veces impulsa a las prácticas
artísticas a asumir posturas críticas corrosivas. Pierre Bourdieu
advierte que frente a los subterfugios propagandísticos del poder, se
puede crear una respuesta reactiva: “Esta es la razón de que la
contestación política haya
recurrido siempre a la caricatura, deformación de la imagen corporal
destinada a romper el encanto
y a convertir en ridículo uno de los principios del efecto de
imposición de autoridad” (205). Como
espectadores inmersos en la videosfera (siguiendo a los teóricos de la
imagen) constituida por el flujo constante de formas visuales que forman
parte de complejos procesos de comunicación masiva, nos podemos preguntar
por el rol que tiene el arte de la caricatura. Creo que al igual que otras
prácticas artísticas contemporáneas, conscientes de las relaciones
entre poder y lenguaje, la caricatura sostiene su vitalidad cuando se
ocupa de develar aquello que el poder “oculta” oportunamente dentro de
parámetros ligados a lo “políticamente correcto”. Si la caricatura
se conforma con favorecer narraciones vinculadas a formas dominantes o
hegemónicas, se convierte en propaganda al servicio de intereses de los
grupos sociales que ostentan el poder. Por ello, la caricatura se
caracteriza por sus estrategias paródicas e irónicas que implican un
distanciamiento –en términosbrechtianos-
y una recreación de elementos olvidados que finalmente conforman memoria.
La
caricatura explota la estabilidad de la visión porque el ojo del creador
selecciona, disecciona, empata y recontextualiza elementos visuales de la
realidad para crear su propia perspectiva visual, recreando formas con múltiples
recursos como el color, el fotomontaje, el collage, hasta agregar
animaciones digitales. Más allá del dibujo directo sobre el papel, el
caricaturista contemporáneo recurre a todos los elementos que le ofrece
la tecnología. Selecciona
algunos elementos que considera significativos, rasgos específicos que
permiten reconocer el tema o los personajes, estimulando nuevos sentidos
porque deja una huella en el imaginario perceptual del observador,
estimulando nuevos códigos de reconocimiento, según plantea
Gombrich: “El caricaturista nos ha hecho ver a la víctima de una forma
distinta; siempre que vemos al personaje no podemos evitar pensar en la
caricatura” (29). Los artistas en general, incluyendo de manera
especial, los caricaturistas, desempeñan un rol muy particular en el
reconocimiento del mundo de aspectos no visibles en la apariencia de la
realidad. Uno
de los roles que asumen las prácticas artísticas contemporáneas es la
dimensión histórica que más allá del testimonio, atiende las
contradicciones en el seno de lo social. Como latinoamericanos inscritos
en una historia multicultural, deberíamos contextualizar nuestros
acciones y nuestro pensamiento en un marco de multiculturalismo. El arte
de la caricatura que hoy se reúne en este muestra apunta al
reconocimiento de esas especificidades
del signo de lo latinoamericano. Hoy en día se hace cada vez más urgente
defender las realidades locales. Néstor García Canclini apuesta
por el respeto a las diferencias: “Admitir las diferencias culturales
exige abrir, en los procesos culturales de homogeneización tecnológica y
uniformidad económica, espacio para la diversidad de las representaciones
simbólicas. Aceptar la creatividad y la diversidad de experiencias es
permitir en la cultura y en las interacciones sociales lo que los
economistas reclaman en su campo: que vivamos en sociedades abiertas”
(53-54). Si
hay una diferencia entre el arte latinoamericano y el correspondientes a
otras latitudes, es la contextualización política de sus referentes,
muchas veces con asociaciones directas a escenarios sociales específicos
y otras, con sutiles alusiones por medio de juegos de lenguaje. El humor
gráfico seguirá siendo una herramienta visual significativa en nuestra
geografía mientras no se superen las condiciones sociales de desigualdad
ante el acceso a los sistemas de producción y consumo de todo tipo de
bienes materiales y simbólicos, porque parece evidente que “una imagen
vale más que mil palabras”. Bibliografía
Bourdieu,
Pierre (2000) La distinción. Criterios y bases sociales
del gusto, Editorial Santillana, Santafé de Bogotá. García Canclini (1999): “Políticas culturales: de las identidades nacionales al espacio latinoamericano”, en: N. García Canclini y Juan Moneta (Coordinadores): Las industrias culturales en la integración latinoamericana, Editorial Grijalbo, México, y Sela, Caracas, pp. 35-63. Gombrich, E. H. (1993): La imagen y el ojo, Alianza Editorial, Madrid. |