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José Antonio Navarrete Curador de arte contemporáneo y crítico de arte |
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El itinerario venezolano de Orlando D'Elia |
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La fotografía documental parece no agotarse todavía pese a su ya larga tradición y a la lucha que libra por sus fueros con otros medios tecnológicos de registro de la vida. Si bien la introducción de la técnica digital y la consecuente manipulación de las imágenes según el efecto de verdad que ésta facilita han animado las discusiones contemporáneas sobre el futuro de la producción tecnográfica, ello no ha sido obstáculo para que la fotografía documental permanezca en el gusto popular y siga siendo una práctica privilegiada en la realización de los repertorios visuales que intentan dar cuenta, especialmente, de las manifestaciones concretas y diversas de la existencia humana. Mirada con sospecha por el arte en los últimos años, a la par que estimada por los estudios visuales –así como por la sociología y la antropología, entre otras disciplinas humanísticas–, la fotografía documental ha terminado por aceptar que ella no es una representación estrictamente objetiva del mundo, pero sustituyéndola por la idea de que puede dar la mejor interpretación de éste. Aunque esta autorreflexión sea muy discutible, no es menos cierto que alimenta la apasionada vocación que el documentalismo fotográfico sostiene por testimoniar los modos en que el género humano hace sociedad y cultura. De un itinerario documental por Venezuela da cuenta esta muestra fotográfica. Un itinerario desplegado por Orlando D’Elia que se inició hace una década en El Jarillo, pueblo del Estado Miranda donde se conserva la impronta de sus fundadores alemanes y portugueses que el fotógrafo se interesara por registrar. Luego de un intervalo de varios años, el recorrido continúa por el Estado Lara, aquí evidenciado en esa secuencia casi cinematográfica de la danza mágico-religiosa local que es el tamunangue, y prosigue por la población de Achaguas, en el Estado Apure, con un muestrario de austeros retratos de sus habitantes. Si es que así decirlo resulta apropiado, la ruta trazada por el autor cierra en Delta Amacuro, con un transitar pausado por las formas en que la etnia warao se constituye en representativa de la cultura del moriche. Salta a la vista que Orlando D’Elia comprende a Venezuela como una suerte de mosaico étnico y cultural que incluye desde comunidades supervivientes de las originarias etnias indígenas –los waraos– hasta las múltiples maneras en que se patentiza el elemento criollo. Y sobre esta premisa, establecida como guía previa tanto como definida discursivamente en el curso de su camino, ha construido una suerte de territorio imaginario que pretende funcionar como metonimia del real. Quizás lo más interesante de esa construcción es que ha sido realizada con fragmentos densos, cada uno de los cuales sólo pretende el centellear de una diferencia, o mejor, de una arista de las diferencias posibles que culturalmente perviven en el país. Quizás también por eso mismo, el cuerpo de trabajo de D’Elia parece realizado en diálogo con el discurso antropológico contemporáneo, aunque definitivamente ubicado en una zona desde donde reclama ser apreciado como una propuesta autoral. |
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