Fernando Rodríguez

Rafael Salvatore: Fijaciones de una foto fija

Rafael Salvatore es un fotógrafo realista, no cabe duda. El oficio de hacer fotografía –supongo que debe pensar- a diferencia de otras artes de la imagen, implica vérselas sin distancias con el referente, con la vida. Límite y grandeza, como todo en este mundo.

Pero una de las venas fundamentales y más permanentes de su sensibilidad es, por decirlo así, de naturaleza surrealista. Tiene mucho que ver con el famoso paraguas y la famosa maquina de coser. Con los encuentros insólitos, en el humor negro, con el gusto por el barroco grotesco y ácido, con el desquiciamiento del buen sentido. Lo que sucede es que Salvador, a diferencia de tanto deslumbramiento facilón de fotos intervenidas o posadas –que no son sino ingeniosidades prefabricadas-, encuentra sus momentos climáticos y alucinadores en las cosas mismas, en el vasto mundo que es tan vasto como para ser arsenal de metáforas, hipérboles, metonimias, desconciertos, heridas hondas, vocerío amenazador, señales líricas, travesuras y otros eventos que vale la pena almacenar para la memoria, para que no se las lleve el viento, el tiempo.

Para no decir realismo mágico, expresión muy contaminada y controversial, diría lo que dice Augusto Monterroso de estas proposiciones: <<Lograr con la imaginación la apariencia de la realidad y con la realidad la apariencia de la imaginación>>. Y si usted viese la de cosas que ha ido encontrando Salvatore en muchos años de pesquisas en los lugares a veces más corrientes y molientes, como un mercado del oriente del país, ratificaría que las locuras del mundo, las hendijas por las cuales asoma la sin razón, los tropezones del magma vital y los precarios ordenamientos humanos son de verdad abrumadores.

A mí siempre me ha sorprendido que el mundo del cine no haya sido más visitado por la fotografía. Lo ha sido y por señores tan ilustres como Cartier-Bresson o Joseph Koudela, pero no tanto. Me temo que es un pleito de familia, -¿son relaciones paternos-filiales, fraternales, o el parentesco es un poco mas lejano?-, de esas rencillas bastante frecuentes y muchas veces innecesarias y efímeras. Digo esto por que me parece que el cine es un gran tema fotográfico. Y en la medida en que en un set de filmación se cruzan varios planos de realidad, desde los actores vestidos a la usanza del dieciocho hasta el sonidista que ingiere su coca-cola con camisa rockera, pasando por la complicadísima maleza tecnológica, bastante propicia a esa búsqueda de lo insólito objetivo a que hemos hecho referencia. Estoy seguro que ya vendrán tiempos mas cordiales para la familia.

No es extraño entonces, que Rafael Salvatore haya dado con el cine y se haya dedicado a el con tanta constancia y con tan excelentes resultados como los que ahora vemos. Allí ha encontrado un verdadero tesoro de máquinas de coser, paraguas y mesas de disección. Se puede hablar con certeza de making-off fotográfico, pero habría que precisar. Ya sabemos que el making-off forma parte del paquete de adminículos publicitarios que acompañan a los filmes actuales, al menos en las grandes producciones: junto con afiches, trailers, stills, demos, anecdotarios, gacetillas y otros enceres. Pero making-off publicitario que, paradójicamente, pudiera conspirar contra la impresión de la realidad, el embelesamiento del cine, tan necesario a su destino en taquilla, distanciándolo desmitificándolo (esa nave de El día de la Independencia que tanto los sobrecogió en realidad se hizo con el siguiente truco, con estas sencillas artimañas) por lo contrario no hace sino reforzarla, agregando encantos y mitos adicionales que acentúan la postración ingenua: la relación entre los actores es tan fascinante con la de los personajes y la proeza de la realización efecto especial tan sobrecogedora como éste mismo.

Por supuesto que las fotografías de Salvatore se ubican en otro lugar, que no han sido para promover un carajo. Es el testimonio de ese acto hermoso de creación colectiva que es una filmación. Donde como en todos los actos humanos, creativos y colectivos hay de todo: exaltación, fatiga, belleza, rutinas, otra vez belleza, muchas trabas necesarias… Salvatore trabaja ese profuso universo con una mirada amorosa, que no quiere decir candorosa y encuentra lo que hay de tres del mito de la sala oscura y la pantalla avallasante, pero no para destruirlo sino para enriquecerlo, haciéndolo más claro, más con los pies en la tierra, más humanamente entrañable.

Pero sobre todo logra explayar a través de él esa certera mirada para el instante que revela, que ríe, que saca de quicio, que agrega capas de significaciones al misterio filmado –nunca quiso poner en este libro explicaciones de algunas fotos enigmáticas, no quiso hacerse didáctico-, que abre detrás del film un espacio que es propiamente fotográfico, en que la familia se complemente y enriquece.

Un bellísimo homenaje al cine venezolano centenario, el hacérnoslo más cercano y cálido, mostrando esa trastienda de sus desvelos y afanes, de sus caídas y sus venturas. Habrá que agradecérselo.

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