Dr. Beltrán Lares Díaz

Violencia médica en prosa y fotografía

Ponencia presentada en el Seminario internacional Equidad de género en acción, Fundación Celarg, 4 de diciembre de 2008

Al hablar de violencia médica me refiero a la violencia en el contexto de la salud reproductiva de la mujer restringiéndome al período y las situaciones que rodean el nacimiento. No pretendo ser exhaustivo y meticuloso en estas reflexiones que surgen de las fotografías que hice a mediados de la década de los 80 en un hospital de maternidad venezolano y que reflejan una realidad común en América. Esas imágenes expresan en gran medida, una forma de actuar violenta y agresiva contra las mujeres en un momento de enorme vulnerabilidad: cuando están pariendo…

Esas fotografías, sumadas a los textos que han escrito, mujeres y algunos hombres en relación al tema, constituyen el esquema sobre el cual reviso la violencia médica durante el nacimiento.

Un movimiento de mujeres, hace realidad en Venezuela (Noviembre, 2006), la LEY ORGÁNICA SOBRE EL DERECHO DE LAS MUJERES A UNA VIDA LIBRE DE VIOLENCIA.

En el capítulo III, en los artículos 14, 15 y 51 se definen la violencia contra las mujeres, la violencia obstétrica y sus tipos:

Artículo 14. “La violencia contra las mujeres a que se refiere la presente Ley, comprende todo acto sexista que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual, psicológico, emocional, laboral, económico o patrimonial; la coacción o la privación arbitraria de la libertad, así como la amenaza de ejecutar tales actos, tanto si se producen en el ámbito público como en el privado”.

Artículo 15. “Violencia obstétrica: Se entiende por violencia obstétrica la apropiación del cuerpo y procesos reproductivos de las mujeres por el personal de salud, que se expresa en un trato deshumanizador, en un abuso de medicalización y patologización de los procesos naturales, trayendo consigo pérdida de autonomía y capacidad de decidir libremente sobre sus cuerpos y sexualidad, impactando negativamente en la calidad de vida de las mujeres”.

Artículo 51. “Se considerarán actos constitutivos de violencia obstétrica los ejecutados por el personal de salud, consistentes en:

1. No atender oportuna y eficazmente las emergencias obstétricas.

2. Obligar a la mujer a parir en posición supina y con las piernas levantadas, existiendo los medios necesarios para la realización del parto vertical.

3. Obstaculizar el apego precoz del niño o niña con su madre, sin causa médica justificada, negándole la posibilidad de cargarlo o cargarla y amamantarlo o amamantarla inmediatamente al nacer.

4. Alterar el proceso natural del parto de bajo riesgo, mediante el uso de técnicas de aceleración, sin obtener el consentimiento voluntario, expreso e informado de la mujer.

5. Practicar el parto por vía de cesárea, existiendo condiciones para el parto natural, sin obtener el consentimiento voluntario, expreso e informado de la mujer”.  

El personal de salud que participa del acto del nacimiento también es capaz de generar violencia obstétrica, pero somos los(as) médicos(as) sobre quienes recae el mayor peso de la responsabilidad y quienes ejecutamos la mayoría de los actos que pueden generar violencia hacia la mujer. Por tanto, esta definición, puedo reencuadrarla en el término violencia contra la mujer durante el nacimiento (parto o cesárea).

Ya desde hace más de una década la Organización Mundial de la Salud, grupos organizados como la Coalición por la Mejora de los Servicios de Maternidad (CIMS) y muchos otros grupos e individuos de variadas latitudes, han ofrecido opciones estudiadas y valoradas, científicamente que marcan un camino a seguir para reducir la violencia contra la mujer durante el nacimiento.

El deseo del cambio se escucha, se lee y se ve en lo que dicen, escriben o hacen las mujeres en relación al nacimiento y la violencia que desafortunadamente les acompaña. Ellas se expresan sin censura en la Internet donde abundan las páginas y blogs donde esto se puede confirmar con asombro y respeto profundo. Ana Álvarez Errecalde, artista, cineasta y fotógrafa argentina residenciada en Barcelona, España, mostró en la red sus fotos recién parida en casa (2006), de pie con su hija unida a ella por el cordón umbilical (probablemente aún latiendo) y luego sentada con ella luego del alumbramiento, con su cuerpos húmedos de sangre, líquido amniótico y vernix. Imágenes que hablan de intensa feminidad, de atreverse y expresarse con gritos “visuales”, del llamado a sus hermanas a ser y sentir… Ella escribe:

“...Con estas fotos me interesaba mostrar una maternidad desde mi experiencia, en donde para parir me abro, me transformo, sangro, grito y sonrío. Sonrío porque el dolor me acerca a mi hija, sonrío porque el dolor me demuestra lo fuerte que soy, sonrío porque soy protagonista, sonrío porque soy heroína. Refutando la idea de fragilidad culturalmente aprendida, me interesa mostrarme en control de mi experiencia. Estoy de pie, con la placenta aún dentro mío, con mi bebé unida a mi por el cordón; y hago lo que me da la gana, decido cuando detenerme, hacer la foto y mostrarme.”

Y sigue:

“A un nivel más histórico me interesa levantar el "velo". Mostrar una maternidad menos virginal. Una maternidad vista desde el arquetipo de la mujer-primal, la mujer bestia que no tiene NADA prohibido. Una maternidad no desde los ojos de Eva (el castigo divino de "parirás con el dolor de tu cuerpo") sino vista a través de los ojos de Lucy (la primer humanoide)."

En la entrevista que le hace Beatriz Eugenia Andrade Iturribarría en su página http://www.delcirculodemujeres.blogspot.com     

Errecalde dice:

Nunca vi el parto como un evento médico. A pesar de no haber conocido mujeres que dieran a luz en cuclillas, de niña decía que pariría de esa manera. A pesar de haber crecido con películas en donde las mujeres estaban fuera de control al parir, confiaba en que esa visión era sólo un estereotipo. Había visto parir a mi perra y no creía que pudiese haber tanta diferencia en la reproducción de dos mamíferas.”

Marsden Wagner en su libro Born in the USA (2006) critica la visión médica convencional que contrasta con lo anterior, al exponer que:

“Por décadas, los médicos obstetras le han dicho a las mujeres que ellos son los únicos individuos que pueden proporcionar a la mujer un parto – nacimiento seguro”

“Es un asunto de derechos humanos que las mujeres tomen el control de lo que les pasa a sus cuerpos y tener el acceso a las mejores opciones para su atención de salud”

“A los obstetras se les enseña a percibir el nacimiento dentro del marco de referencia médico más que entenderlo como un proceso natural. En el modelo médico, el embarazo y el parto son enfermedades que requieren de diagnóstico y tratamiento”

 “Cuando los médicos aplicamos las rutinas médicas durante el parto, con frecuencia agresivas e intervencionistas, convertimos un evento familiar feliz en un triste evento quirúrgico.”

Esa es la visión antropológica del nacimiento mismo y de los obstetras como sumos sacerdotes encargados de dirigir el ritual iniciático de ellas y de todos. ¿Para qué? Para transmitir eficientemente un sistema de creencias acorde a una sociedad y un paradigma donde la ciencia y la tecnología se erigen soberanas sobre el ser humano y la naturaleza. Y ¿cómo?, actuando bajo los esquemas rígidos y sólidos en lo que Wagner atinadamente denomina la obstetricia tribal. Y sigue escribiendo las premisas de la obstetricia moderna:

“Los médicos no aprenden de los errores porque ellos nunca los cometen”

“La jerarquía en un hospital no sólo se refiere al estatus sino a la autoridad y el control.”

“El embarazo y el parto son eventos médicos, así que la atención en maternidad debe ser valorada en términos obstétricos, no en los términos de las mujeres.”

Una frase latina Primum non nocere, primero no hacer daño, cuyo autor no está claramente reconocido, ¿Hipócrates? ¿Galeno?, sirve para introducir un marco ético en los estudiantes de medicina. Esta frase pierde sentido muchas, demasiadas veces, cuando vemos la cuantía del daño físico y psicológico que puede provocar la violencia en el nacimiento.

La desinformación de la mujer, la manipulación y la jerarquía otorgada a los profesionales de la salud deforma la atención del nacimiento donde la parturienta puede convertirse, no en la protagonista, sino en la responsable de lo que sale mal. Numerosas frases groseras, hirientes, descalificadoras y vulgares, expresadas por el personal médico las leemos en la excelente compilación y análisis que hace Marbella Camacaro en su libro: La Experiencia del Parto, proceso de la mujer o acto médico (Universidad de Carabobo,2000). Allí se nos revela con claridad el poder de la palabra, como una forma intensa y efectiva de ejercer la violencia. En ese libro podemos encontrar otras formas crueles de la violencia contra la mujer durante el nacimiento en la realización de episiotomías sin anestesia (el corte vagino-perineal durante el parto), humillaciones físicas y psicológicas, aislamiento y nutrición inadecuada, entre otras.

Henci Goer, educadora prenatal, doula y activista por la humanización del nacimiento escribe:

“A las mujeres se les ejerce enorme presión para que acepten las intervenciones obstétricas: las hacen sentir culpables o responsables por lo que les suceda a sus bebés y a ellas mismas; o no se les da o se les da información parcial, incompleta o sesgada e inclusive deliberadamente manipulada con la cual es imposible otorgar un consentimiento informado adecuado de una rutina a aplicar. En muchos casos se piensa, se asume y se actúa como si la mujer no tuviese el derecho a conocer, entender y participar en las decisiones que implican cirugías o procedimientos sobre sus cuerpos.”

Goer recalca:

“El nivel de vulnerabilidad de las mujeres durante el parto es inmenso. Si tuviésemos que convencerlas que para salvar la vida de su bebé es necesario cortarles un brazo… muchas de ellas preguntarían: ¿A que altura me lo tiene que cortar?” 

Un procedimiento salvador de “neuronas” de bebés y de vidas maternas es la cesárea. Una vergonzosa expresión de la violencia durante el nacimiento es la cesárea innecesaria. Y triste es su cotidiana frecuencia muy por encima de los estándares internacionales. La Organización Mundial de la Salud estima como una frecuencia óptima de cesáreas, en cualquier región del mundo, aproximadamente un 15-20 % de todos los nacimientos. Nuestras mujeres venezolanas enfrentan frecuencias de 25-30 % a nivel de hospitales públicos y cifras de 60-80 % y posiblemente más elevadas en hospitales privados. Cuando pienso en las causas de la cesárea me vienen algunos criterios puramente obstétricos: desproporción céfalo pélvica, sufrimiento fetal agudo, placenta previa. Cuando leo a H. Goer en The thinking woman´s guide to a better birth. 1999 y a otras mujeres que se han dedicado a analizar porqué se hacen tantas cesáreas, las razones  que ellas expresan son otras:

Por dinero, comodidad, impaciencia, conveniencia, presión de grupo, presión del hospital o clínica, por hacer una medicina defensiva y por miedo.

Y la violencia contra el cuerpo de la mujer durante las cesáreas innecesarias viene reflejada en los múltiples estudios científicos que muestran que los indicadores de mortalidad y de morbilidad son peores al comparar el parto con la cesárea.

Goer escribe en relación al parto y se aplica como concepto en general lo siguiente:

“Los obstetras no se han percatado que a la larga, el verdadero reto es que las mujeres se den cuenta que mucho de lo que hacen los médicos, como acostar a la mujer durante el parto o cortarle la vagina, es realizado para el beneficio de ellos mismos y no de las pacientes”.

La forma convencional de enfrentar a la maternidad y al parto nos hace comprender como la analogía del parto con la tortura no sea tan desproporcionada. Y a pesar que encuentro a la tortura definida como el acto de causar daño físico o psicológico intencionadamente a una persona o animal, me pregunto: ¿es intencionada la violencia contra la mujer durante el nacimiento? ¿La intencionalidad viene del individuo o de los rituales que una sociedad necesita para trasmitir valores y creencias determinados?

Veamos primero las características que rodean a un prisionero de guerra al ser encarcelado en alguna prisión “moderna”:

Maltrato, incomunicación, irrespeto, interrogatorios, rasurado, condiciones antihigiénicas, trato degradante y despótico, promiscuidad, mala alimentación, aislamiento, sujeción- inmovilización, ayuno, extrema desorientación sensorial, abuso físico y psicológico.

Casi todos estas características, tal y como han sido transcritas, fueron expuestas por L. Armengol y B. Baldwin de la Casa de la mujer de Maracay, Edo. Aragua, en una reunión del CONAMU  (Consejo Nacional de la Mujer, 1987) al describir el trato que recibían las mujeres al ingresar en un hospital central.

De esa exposición, describí una analogía aterradora al comparar el parto de muchas mujeres con la tortura de esta forma:

Al torturado se le aísla en una prisión, se priva de la comunicación con el mundo exterior y se encadena o amarra.

Una parturienta es aislada del contacto con sus familiares, rodeada de personal extraño que generalmente  le da órdenes o la regaña. Sus brazos y piernas se fijan a una mesa de cirugía.

Al torturado se le priva de alimentos y agua, se somete a interrogatorios bajo una luz intensa y se conecta al polígrafo (el detector de mentiras).

La mujer pronta a parir se deja en ayuno, se interroga su cuerpo bajo la luz del reflector de cirugía conectada a monitores diversos que revelan la “verdad” médica.

Con drogas y maltrato psicológico se logra el “lavado del cerebro” y el resquebrajamiento psicológico que llevan al prisionero a confesar, traicionar y tener conductas llenas de violencia y culpa cercanas a la locura.

La mujer drogada con el cuerpo y la mente desconectados “aprende“ a desconfiar de su cuerpo y de su poder femenino y cede ante la tecnología abrumadora que “sabe” más que su naturaleza. Ella termina con su autoestima en el subsuelo, a veces sintiéndose menos mujer. Su poder femenino minimizado, casi extinguido.

A veces (torturados y parturientas) se convierten en individuos llenos de rabia y dolor que explotan en su momento con todo y contra todos. En ocasiones una experiencia semejante les convierte en mejores activistas y líderes promotores de un cambio...

Armengol y Baldwin basan su trabajo en los múltiples relatos de las mujeres ingresadas a ese hospital y consideran que esas prácticas de atención en maternidad constituyen una violación de los derechos humanos. Acertadamente escriben:                                                                                                              

“La crisis generalizada de los servicios hospitalarios, las condiciones laborales del personal médico y paramédico, los riesgos de contaminación, la escasez de material, la desmoralización que produce la negligencia administrativa y la corrupción, el sindicalismo y la politicalería, han creado condiciones favorables para el recrudecimiento del maltrato hacia las parturientas: una forma de violencia tolerada desde hace muchos años.”

“La soledad, la sensación de estar presa y de ser castigada, la impotencia, el miedo, la rabia, la falta de afecto y de solidaridad y el sentimiento, conforman la memoria colectiva de mujeres que paren en el HCM. Llegar a este centro, más que un ingreso a la salud, parece un centro de reclusión del tipo de sistema carcelario tan criticado en el país.”

Los cambios que deseamos para disminuir la violencia contra la mujer comenzaron hace décadas. Primero reconociendo que esta existe y se padece todos los días en Venezuela. Ahora con un marco legal que protege a la mujer, nos queda mantener una educación de salud que prevenga la violencia durante el nacimiento.

En el aspecto que compete a los (as) médicos(as) para reducir la violencia contra la mujer durante el nacimiento, pienso que es imperativo un cambio cualitativo del sistema de creencias, desde el paradigma convencional de la medicina tradicional, hacia un paradigma humanista u holístico de la medicina. Ese cambio puede llevar a un despertar espiritual y social, conduciéndonos a una mejor relación con nosotros mismos, con los demás y con el universo.

Bibliografía

CUIDADOS EN EL PARTO NORMAL: UNA GUÍA PRÁCTICA. 1996. Informe presentado por el Grupo Técnico de Trabajo ORGANIZACIÓN MUNDIAL DE LA SALUD. Ginebra. Departamento de Investigación y Salud Reproductiva. 

http://www.motherfriendly.org/ Página de la CIMS (Coalición por la mejora de los servicios de maternidad). 

J Perinat Educ. 2007 Winter; 16 (Suppl 1). Suplemento de la publicación internacional del grupo Lamaze con las evidencias científicas actuales para la atención en maternidad.

Wagner, Marsden. 2006. Born in the USA. Berkeley: University of California Press. 

Camacaro, Marbella. 2000. La Experiencia del Parto, proceso de la mujer o acto médico. Universidad de Carabobo. 

Goer, Henci. 1995. Obsteric myths versus research realities: a guide to medical literature. Westport CT. Begin and Garvey. 

Goer, Henci. 1999. The thinking woman’s guide to a better birth. The Berkeley publishing Group. New York. 

Lares, Beltrán. 2001. Estrategias compensadoras de la violencia en el parto. Texto de la conferencia dictada en el 1er congreso de la ANEP (Asociación nacional de educación prenatal), Puerto La Cruz, Venezuela, en: http://www.auroramadre.com 

Davis-Folyd, Robbie y St. John, Gloria. 2004. Del médico al sanador. Editorial Creavida. Buenos Aires.

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