Douglas García R.

dougarri@gmail.com

Democracia, ciudadanía y arte público

Nadie vive en una ciudad, transita en ella. El hombre es un individuo que perdió su territorio.

W. Benjamin 

Cuando hablamos de Arte Público es necesario hablar de espacios, de la ciudad... Y como ciudadanos que somos, no podemos caer en la inercia de no involucrarnos en lo humano, en lo arquitectónico o en todo caso dejar de pensar en la pérdida de nuestro territorio a favor del hormigón y  el acero...  Por supuesto en las siempre renovadas crisis de servicios que trae consigo este tipo de pérdidas que definitivamente amenazan nuestra ecología personal.

Evidentemente, como miembros de una comunidad pensamos con cierta angustia en los espacios ciudadanos, como una propiedad con derecho a uso, desde luego, también pensamos en la dinámica agotadora de una ciudadanía… en particular la nuestra.

Pero cuando esas ciudades son latinoamericanas, no solamente pensamos en lo anterior sino también pensamos en el lenguaje, en la memoria común, y sobretodo, en ese incremento demográfico que han sufrido nuestras ciudades a lo largo de estos últimos 50 años,..  Crecimiento que se puede decir dramático y esto gracias a la sempiterna oferta que habla de un crecimiento próspero y homogéneo para todos y cada uno de sus habitantes,… y que en nada se refleja a la realidad inmediata de los individuos que habitan en ella.

 …por supuesto, también pensamos en el caos que éste crecimiento genera en todos los sentidos, sobretodo en el sentido espacial.

El entramado urbano de nuestras ciudades latinoamericanas, es algo que anárquicamente no cesa de crecer, asimismo, la complejidad de los problemas que acompañan este pertinaz crecimiento, hecho que hace de ellas ciudades psicopáticas (telúricas; variantes e inestables) las cuales sostienen mutaciones que se antojan irreversibles.

Amablemente también pensamos en la inmensa probabilidad que tienen los espacios públicos en el intercambio y en la convivencia democrática de una compleja ecología ciudadana como la nuestra.

En las ciudades latinoamericanas más que otras en el mundo es común que se hable de masificación, de concentración de la pobreza, de segregación, de la pérdida de la calidad de vida, degradación, de la ocupación de los espacios urbanos, de la producción incontrolada de residuos que contaminan todos los entornos desde el CO2 al peligroso metano de los vertederos de basura produciendo el efecto invernadero en nuestro planeta… también se habla de la privatización de los espacios públicos, de economía informal, en fin de la ingobernabilidad de la ciudad como si esta definición no eximiera de cualquier responsabilidades para con ella, que es lo mismo que decir, la ciudad está enferma y yo no soy parte de la cura, por ser nuestros gobernantes lo que deben hacerse cargo de ella.

Por lo tanto comenzaremos por recordar que Latinoamérica es fruto de traslados y esos traslados han tenido transcripciones y deformaciones de los modelos que se han querido instaurar; modelos urbanos, sociales, políticos y estructurales no vinculantes y no vinculados… pero eso es sólo parte de la enfermedad.

Debemos darnos cuenta que también encontramos espacios públicos repletos de monumentos de próceres y caudillos que pertenecen a la insolente herencia de un reciente pasado militarista y dictatorial,.. Y estos monumentos emergen sagrados e impersonales ante nuestras miradas como si no nos pertenecieran, a esto y como si fuera poco, debemos añadir a la nueva democracia latinoamericana que también crea espacios para sus propios héroes, pero esto sería una simple anécdota si no fuera que esta novel democracia se ha encargado de diseñar o rediseñar espacios públicos o podríamos llamar “otros espacios” que vuelven a ser replicas de otros modelos que creen que pueden funcionar en todas partes, es lo que pudiera considerarse como una llamada local a la modernidad,  y que no es otra cosa que la modernización (puesta al día de las ciudades) que a su vez han llevado a estas ciudades a la sobremodernidad de recibir modelos adoptados, sin planeamiento urbano, y sin las consideraciones que respeten la ecología humana y la personalidad socio - cultural de una ciudad de la ciudad que lo recibe. “Modelos” que pretenciosamente facilitan la dispersión espacial, modelos que es la creación de espacios simbolizados de una manera despersonalizada que son llevados a una evocación que burla la identidad cultural de una ciudad,.. Hecho a su vez ha sido profundamente criticado por la postmodernidad.

Desde luego, debemos tomar en cuenta que se ha dicho, en un tono a menudo irónico, que Latinoamérica es el mejor laboratorio para experimentar los fenómenos postmodernos.

Contemplamos con malestar, con indiferencia o en todo caso con impotencia como en nuestras urbes tropicales se levantan a pesar de las recomendaciones de ambientalistas imponentes rascacielos de cristales de espejos, degradando nuestra visión de lo verde y aumentando con ello la temperatura del suelo hasta en 4 grados sobre la media, sin embargo, no era difícil que un ciudadano de México D.F. en los años 60 se sintiera identificado con la Torre Latinoamericana como ahora lo hace con la Torre Mayor, al igual que en los años 80 un ciudadano de Caracas lo hiciere con las torres del Parque Central,.. En estos momentos son los panameños los que se identifican y presumen con la evolución estructural de su ciudad, ya que en los próximos cinco años tiene proyectada la culminación de por lo menos 8 de los rascacielos que están en construcción,.. Y es que este tipo de edificaciones son un símbolo de progreso y no de una ciudad que se reinventa desproporcionadamente.

A esto debemos agregarle que sobre nuestros viejos espacios de ocio se expande la ficcionalidad y el hedonismo mercantilista de los centros comerciales que pugnan entre si para mantener su vigencia. Estos espacios han sustituido a los bulevares por donde paseaban los ciudadanos a la vez que observaban las vitrinas de los comercios y se relacionaban con los distintos artesanos y vendedores ambulantes que a este concurrían.

Los centros comerciales se han hecho lugares de identidad, sobretodo para los jóvenes que se reconocen y se definen en virtud de ellos, descifrando a si mismo el sentido social de un espacio, considerando a su vez la capacidad de estos de favorecer, ocasionar y simbolizar relaciones, es decir, obtener de estos espacios… su capacidad de ser un lugar.

Definitivamente, las megas metrópolis latinoamericanas aceptan de todo y esto actúa directamente sobre el colectivo urbano y en lo particular sobre el comportamiento afectivo del individuo, por lo que estas urbes que necesitan espacios con sentido y lugares de diálogo y memoria se han convertido en espacios duros, estandarizados y deshumanizados que sólo son salvados por la aún afable idiosincrasia latina que poseen  sus ciudadanos.

Es imposible al hablar de nuestras ciudades obviar los cinturones de miseria, porque aquí son visibles y casi protagonistas para no decir protagonistas de un todo, por lo que la palabra marginalidad debe tener otro carácter en estas ciudades,.. Y es que estos cinturones inseguros para lo que allí conviven y hostiles para que desde afuera lo contempla; rodean, abrazan y que crecen desmedidamente al margen del desarrollo socio-económico de nuestras ciudades,.. a la vez que exigen pertenecer a la diversidad y a la pluralidad de esta.

Por lo que debemos de admitir, sin desmerecer nuestro apego, que las ciudades latinoamericanas son incapaces de satisfacer nuestras necesidades, y a pesar de esta desatención que se han convertido en si mismas en un monumento a la incapacidad, nuestras ciudades  son las ciudades más caras sobre el planeta, ejemplo de ello lo tenemos con Sao Paulo que sin más, es la tercera metrópolis con el nivel de vida más caro, sólo superada por Moscú y Tokio,.. cabe destacar, que en Sao Paulo uno de cada cuatro de sus habitantes viven en favelas, también podemos referirnos a una Bogotá más cara que Buenos Aires y mucho más barata que Caracas y ésta a su vez más cara que Ámsterdam

…Por lo que podemos concluir que el caos nos sale caro.

 Pero volviendo a los monumentos a los cuales me he referido de manera benévola y sobretodo le he otorgado anonimato, debo decir que estos han sido desplazados a su vez por la publicidad,.. Hecho que se repite en todos lados por igual. En el caso de la publicidad y hablando de ella, esta busca reflejar en el ciudadano nuevos valores monumentales a través de imágenes que seducen e incitan a la búsqueda de su propia conquista y que a su vez estas imágenes echan mano del arte.

Sobre la publicidad, más que referirme a la experiencia plásticas que han tenido sobre la misma artistas como Antoni Muntada, Barbara Kruger, Doug harford del grup material, Jenny Holzer o Alfredo Jaar, ya que es de todos conocidos el carácter masivo y la inmediatez de este medio y el resultado que puede tener este medio al usarse de una manera no convencional, desde luego, compitiendo con la imaginería, la persuasión en el vocabulario y los código que tiene sobre la cultura de comunicación de masas que tiene la  publicidad.

En relación a esto sólo voy a tomar prestado algo dicho por Javier Maderuelo que en referencia a la publicidad dijo: “que la publicidad continúa una idea ilustrada de realizar una labor educadora del ciudadano a través de emblemas monumentales, pero que estos pertenecían a una consigna consumista de la misma publicidad y que ésta se encuentra alejada de las ideas educativas y emancipadoras del individuo que alentaba el ideario de la ilustración”.

Sin ánimo nihilista deberíamos preguntarnos quién o quienes son los responsables de esta desmesura citadina, quienes se hacen responsables de la participación democrática de los entes que conforman una ciudad, quienes gerencian los espacios urbanos o quienes se encargan de administrar  los sueños ciudadanos, sobretodo, preguntarnos si conocemos los criterios de quienes otorgan calidad artística a los monumentos, en que se basa el criterio de su localización en el espacio público, el efecto de su intervención en el valor de las propiedades que lo circundan, los cambios provocados en el tráfico, en nuestra rutina diaria como simples peatones, en definitiva, los efectos que producen todo esto en nuestros hábitos visuales.

En todo caso, estaríamos de acuerdo en admitir en este despropósito, que los modelos de planificación basados en el racionamiento científico asentados sobre la teoría de los crecimientos homogéneos y sostenibles han fracasado a pesar de las buenas intenciones de una ciudad como la Brasilia de Lucio Costa y Oscar Niemeyer.

Tampoco habrá de desestimar el hecho que durante los años 80 fueron muchos los urbanistas que influenciados por teóricos como Foucault y Habermas propusieron unos planeamientos íntercomunicativos donde todas las dimensiones del conocimiento, entendimiento, experimentación y juicio eran admitidos en pro de la eficacia funcional y cívica de una ciudad.

Pero nuestras ciudades están y crecen, con ellas crecen los paradigmas culturales que irrumpen como una nueva democracia que reflexiona sobre los espacios, la ciudadanía, lo social y los sin limites del arte contemporáneo.

 Cuando hablamos de Arte Público, tenemos que hablar sobre la ciudad y sus monumentos, es cuando irreverentemente nos viene a la memoria un Joseph Beuys con el proyecto llamado (7000 robles) el cual realizó para la Documenta de 1982.

Beuys para este proyecto quiso de una manera simbólica convertir a los ciudadanos en si mismos en un monumento, y de alguna manera nos daba luces sobre el futuro del monumento en el infatigable espacio urbano contemporáneo.

El Arte Público busca recuperar a través del hacer de los artistas, espacios para la ciudadanía, es decir, prevalecer sobre el planeamiento funcional y vaciado de significado de los espacios ciudadanos, llevando a estos a su vez a ser un espacio activista y alejado de ser un simple contenedor de obras que en definitiva terminarán siendo un monumento al cuidado de instituciones museísticas.

En el caso de los museos deben entender que la calle es una alternativa eficaz a los espacios donde se expresa la institución para reconvertir la experiencia. Pese a que encuentra en el ámbito de la reflexión su contexto menos artificial, la iluminación profana no puede alumbrar en un sistema jerárquico de sentido. En su forma ideal comporta una toma de conciencia de carácter final, el momento de madurez de la inteligencia que descubre el sentido como no-dado y el mundo como no terminado, como bien lo plantea Luis Navarro en su texto el fogonazo.

En esto último, hay una seria reflexión que plantea el Arte Público al buscar un tránsito temporal de las obras, y es la de tratar deslastrarse de la práctica invasiva de numerosos artistas que conciente o no han tomado el espacio público como un receptáculo de sus obras como una prolongación de un museo que desatiende la necesidad y la interacción de la ciudadanía, debemos de preguntarnos cual es la responsabilidad del artista ante la políticas urbanísticas que da paso a un populismo globalizado que enfatiza una voluntad común, pero sin embargo, es elitista, reaccionaria y una raza de genios mecanistas y temáticos.

El site specifity es un ejemplo de ello, por ser ésta la imposición de la obra sobre el espacio con escasa vocación urbana y social, que evade a través del discurso grandilocuente del artista y el museo, y éste es el debate que busca el Arte Público sobre los problemas espaciales de la ciudad.

Es por ello, que tomamos en cuenta a un Richard Serra cuando en un catálogo elaborado por el Museo Reina Sofía argumentaba, que entendía a site specifity como: “una respuesta crítica que ofrecía el artista a título individual, desde su genio y a través del lenguaje del arte”… recuérdese que una obra de este artista el Tilted Arc fue retirada de una plaza en Manhattan, por muchas razones entre las cuales se encuentran el "respeto" y el miedo que imponía esa plancha de acero en la rutina diaria del ciudadano que por ésta plaza le tocaba transitar. Los transeúntes que pasaban por allí todos los días estaban sometidos, forzosamente, a esa presión psicológica de desgaste, a esa incomodidad de tener que rodear una obra de arte así en un sitio casi doméstico a donde vas todos los días a trabajar, por lo que luego de años de polémica y cartas al ayuntamiento de la ciudad de Nueva York esta pieza fue retirada.

Por lo que podemos  concluir que ésta manera de entender el espacio y su intervención está condenado a ser un monumento bajado del tradicional pedestal y está cercado en la transición de la lógica del monumento que buscó siglos atrás un Rodin al realizar la puerta del infierno.

Evidentemente, el Arte Público es un movimiento abstracto que se fortalece en la necesidad de la práctica colaborativa y ciudadana, quizás por ello podemos encontrar la confusión en sus términos, por lo que no es extraño encontrar esta práctica artística denominada como arte en la calle, arte social, arte urbano, etc.

Tal vez deberíamos atribuirle esta confusión a la palabra “arte” y todos sus cuestionamientos y representaciones, o a la ambigüedad de la palabra “público” que no determina la concreción del mismo. En todo caso, debemos tener presente que las prácticas públicas han dejado de ser un ideal (idea) para ser existencial (existencia) y con ello da lugar a lo posible, una eficacia crítica y un intento por restituir…  y esto muy a pesar del esfuerzo de muchos teóricos que tratan de darle densidad al termino Arte Público y es que lo conceptual (concepto) o su filosofía no ha podido dejar nada claro, y quizás por ello tiene su encanto y quizás por ello es materia doctoral en muchas partes del mundo…

También he tenido la oportunidad de leer que el Arte Público es un nuevo genérico en una arquitectura cada vez más genérica.

Antoni Remesar por su parte afirmó que el Arte Público es un espacio que se encuentra entre el arte y la arquitectura, por lo tanto abre un nuevo espacio para la confrontación.

Yo sostengo que el Arte Público es ciudadanía que se convierte en si misma en obra y debate público, en mediación, en planteamiento que busca su propia responsabilidad en el planeamiento del entramado urbano que cada día se hace más ajeno, que el Arte Público es la democratización de una urbe, desde luego, es la renovación de nuestra propia ecología como ciudadano. También defiendo el carácter temporal de las obras públicas por ser la manera de presentar sin ser presencia,..  Porque a su vez el Arte Público busca ser una práctica social que tiene alcances políticos que responde a las necesidades e intereses del testimonio (lo oral) y registro (lo visual) de los diferentes entes que integran un entorno.

Podríamos establecer al Arte Público y a la ciudad con algo que el neoracionalista Aldo Rossi dijo en su concepto de Locus;  “un lugar para que algo tenga lugar”.

El arte Público como bien lo definiera Krzysztof Wodiczko “es un compromiso, que se establece a través de intervenciones crítico-estéticas, a la vez que son infiltraciones y apropiaciones que cuestionan las operaciones simbólicas psicopolíticas y económicas de las ciudad”.

Los eventos de Arte Público desde hace mucho revisan sus propios ombligos en ciudades norteamericanas y europeas, mientras en nuestras metrópolis latinoamericanas el Arte Público se ha orientado cada día más como manifestaciones más plurales.  Se podría decir, que el Arte público es una manifestación notable en ciudades como México D.F., Sao Paulo, Buenos Aires y Santiago de Chile, mientras que en ciudades como Bogotá y Caracas es una intención germinal que busca establecer nuevos espacios de confrontación.

Para concluir y dejar establecido los criterios de mi ponencia,..Voy a decir que los ciudadanos estamos concientes que seguimos perdiendo territorios en nuestras ciudades modernamente deformadas por la inmediatez de un pensamiento racional que nos habla de futuro, y que el Arte Público no nos salvará de eso porque es un recurso para hacer nuevos ciudadanos y no para construir nuevas ciudades. Esto lo afirmo porque estoy convencido que el artista norteamericano de origen iraní Siah Armanjani tiene razón en haber dicho que el Arte Público busca más que la creatividad,  es convertir al artista en un nuevo ciudadano. 

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