Jessie Blanco

Los cuerpos de ellas: en el intercambio de bienes simbólicos del sistema mundo capitalista-patriarcal

Ponencia presentada en el Seminario internacional Equidad de género en acción, Fundación Celarg, 2 de diciembre de 2008

“Vivimos en un mundo donde nos escondemos para hacer el amor…pero  la violencia es practicada a plena luz del día”                                       John Lennon

Cuerpo sin rostro, de espalda, mujer  blanca de pelo  liso rubio y  a su lado una botella de cerveza con  un slogan que dice  “Tienes el mundo por delante ¿vas a arrugar? “. La famosa imagen de la catira regional. La misma que prohibieron en México porque las feministas lo impidieron con su movilización, la trajeron a Venezuela,  y la colocaron el año antepasado en la torre de más de 20 pisos en Plaza Venezuela ¿la recuerdan? al parecer aquí no hay peaje feminista que deban pagar.  

Esta imagen que ha recorrido el mundo como la barbie de la regional y que parece tan inofensiva es un icono de lo que representa el cuerpo y la imagen de las mujeres en el sistema capitalista: una mercancía, un objeto de intercambio generalmente entre hombres. La publicidad sexista no puede sostenerse sino en base a la violencia simbólica que toma cuerpo en el tratamiento fragmentado y cosificado del cuerpo. Pero este estereotipo dominante, que ha tenido éxito  y se ilustra a través del cumplimiento de los 50 años de la barbie (mejor dicho de la Mattel y toda la industria cultural que la sostiene), cumple una función ideológica dentro del sistema cultural patriarcal. 

Publicidad y dominio: del mito de la belleza  

El texto Naomi Wolf (1991) titulado “El Mito de la Belleza”  se dedica a desnaturalizar y desmitificar la idea, fundante (en la cual muchas revistas y la publicidad sexista sostienen toda su producción), de que la cualidad llamada “belleza” tiene existencia universal y objetiva y para las mujeres es natural, porque es biológica, sexual y evolutiva.  Esta desmitificación pasa por develar toda la industria cultural que sostiene este argumento y como “la belleza es un sistema monetario semejante al patrón oro” (p.15). 

El estereotipo hegemónico de la mujer que impone el sistema capitalista y que no ha variado mucho desde hace 50 años. No se puede desmitificar si no se relaciona con la función ideológica que lo ha sostenido y que no sólo tiene sus raíces en el capitalismo, el liberalismo sino en la cultura patriarcal.  

Y Esta relación entre capitalismo y patriarcado se puede observar a través de la emergencia y proliferación de revistas dedicadas a democratizar el mito de la belleza mientras las conquistas de las mujeres por sus derechos se escapaba del control social: “las revistas comenzaron a aceptar publicidad a comienzos de este siglo: mientras las sufragistas se encadenaban  a las rejas de la Casa Blanca y del Parlamento Británico, la tirada de las revistas femeninas volvió a doblarse. Hacia 1910, época de la Mujer Nueva, el estilo de estas revistas ya se había estabilizado en lo que es actualmente: cálido, relajado e íntimo” (Wolf, 1991: 80). 

Las revistas dirigidas al targets femenino, como lo han demostrado otros autores y autoras reflejan  los cambios en la condición de la mujer y muchas veces lo asimilan para hacerlos vendibles y banalizarlos, como una forma de restarle el poder a los hechos que precisamente los cuestionan. Mientras se producían inmensos cambios sociales motorizados por las feministas que estaba dando a las mujeres autonomía, responsabilidades, asistencia pública para los niños y niñas, la publicidad velaba por  la conservación de un mercado  para sus productos y si el producto era el cuerpo mismo de la mujer,  más aún. 

Durante las segunda ola del feminismo (década del 60 al 70), los fabricantes de la industria de la moda se desesperaban al comprobar que  las mujeres ya no gastaban mucho dinero en ropa; al abandonar su papel de amas de casa  y consumidoras e incorporase a la fuerza laboral del tradicional domino masculino, su participación en los problemas de un mundo más amplio podría llevarlas a perder  su interés en la “realidad femenina”  propuesta por las revistas.  Según refiere Wolf (1991)  entre 1965 y 1981 la venta de éstas revistas cayó notablemente de 555, 3  a 407, 4 millones de ejemplares por año. Es decir, que los cambios sociales estaban teniendo sus efectos en el dominio que tradicionalmente las revistas tenías sobre las mujeres y la dirección de sus gustos, modelos y vidas. En 1960 la revista Vogue propuso una nueva estrategia en su intento  desesperado por recuperar su poderío, que se concentraba en el cuerpo y ya no solo en la ropa, así las revistas inventaron un nuevo recurso : la imagen del cuerpo de las mujeres, la dieta, el cuidado disfrazado salud y el manejo de la culpa de las mujeres  y sus malestares corporales a través de una nueva forma de esclavitud que permitiera la sobrevivencia de éstas revistas en el mercado que se había visto amenazada con las luchas de las feministas.  Este antídoto de la publicidad contra las luchas y conquistas de las mujeres se  sumó a las caricaturas y ataques que se les hacía mediaticamente a las feministas creando un estereotipo de las feministas en las revistas para evitar  que las mujeres se sintieran identificadas con sus propuestas y luchas. Un ejemplo de esto  fue el de la revista Esquire  quien trazó in perfil de la feminista Gloria Steinem como “la chica calendario de los intelectuales”. 

Tan pronto como las mujeres de los 60 levantaron sus voces, los medios emprendieron la labor de falsedad exigida por la mentira vital del momento y dirigieron el mito de la belleza contra el aspecto de la mujer. La reacción a la protesta registrada en 1969 contra el festival de Miss America preparó el escenario…El New York Times citó a una líder feminista tradicional diciendo que la mayoría de ellas eran poco atractivas” (Wolf. 1991: 88).

Al poner el foco de atención  en las características físicas de las líderes feministas, rechazadas tanto por ser demasiado bonitas como por ser demasiado “feas”, se evitaba que las mujeres se identificaran con las reivindicaciones en juego.  

Pero a pesar de que   muchos  autotes/as han señalado que  las revistas dirigidas a las mujeres reflejan los cambios históricos, son pocos/as los que analizan  que parte de la tarea de éstas revistas es también determinar ese cambio. Los editores y publicista se mantienen alerta en cuanto a los roles sociales impuestos a las mujeres con el propósito de servir a los intereses de quienes financian sus publicidades. Desde hace más de un siglo las revistas femeninas son uno de los agentes mas poderosos para el cambio de roles femeninos y durante todo este tiempo han  llenado de atractivo lo que la economía, las empresas anunciantes, y, durante la guerra, el gobierno  necesitaba de las mujeres de ese momento.  

Emergencia del cuerpo como mercancía

La imagen de la catira regional que logra entrar al mercado venezolano entra en un momento histórico en el cual si bien el feminismo no esta en auge ni tiene tanta fuerza, la participación política de las mujeres sí. Con un perfecto enlace entre la polar y la industria del miss Venezuela, se abre paso, con facilidad, a un modelo que no solo es bienvenido sino deseable entre sus espectadores/as.

La catira regional, una mujer sin cabeza, es la mujer deseable, donde la fragmentación se concreta en el cuerpo, reducido a algunas partes mas deseables que otras (las nalgas y el busto en detrimento del rostro y los pies); producto que se expresa en la invasión  progresiva de vayas publicitarias gigantes con mujeres de mas de cinco metros. Mostrando al mercado femenino una imagen ideal de mujer, que alimente el ideal del yo de las mujeres y por lo tanto, del consumo para perseguir ese ideal inalcanzable. Una nueva forma de esclavitud y atadura a un mercado que crea falsas necesidades en base a su poderío simbólico sostenido en los dispositivos mediáticos  y globales de la comunicación. Un modelo que las mujeres nunca van a alcanzar y ahí radica la esclavitud cosmética que sostiene el consumo de dicho ideal  y a su vez, un modelo de mujer que los hombres nunca podrán “tener” aunque se la pongan en sus narices en una vaya de 5  metros de altura. Una mujer  mientras más inancalzable mejor, no solo como imagen idealizada para el público femenino sino para el  masculino, que aliena la percepción de su deseo. Mujer-objeto, hombre-deseante, ambos en una lógica dispuesta por el sistema para ser colocados en lugares determinados, en el juego sexuado de las relaciones de poder. La mujer objeto de mirada de otro, masculino. El hombre en el lugar del que especta.

“La dominación masculina tiene todas las condiciones para su pleno ejercicio. La preeminencia universalmente reconocida a los hombres se afirma en la objetividad de las estructuras sociales y de las actividades productivas y reproductivas, y se basa en una división sexual del trabajo de producción y reproducción biológico y social que confiere al hombre la mejor parte, así como los esquemas inmanentes a todos los hábitos”.(Bourdieu, 2000:49). 

La “hermosa” y tan deseada catira regional, como imagen que refracta la imagen inicial que representa la violencia física de la mujer, de un rostro oculto a un rostro maltratado, de una belleza construida socialmente a un rostro que devela sintomáticamente las reacciones de dominio, el morado y  la herida física.  ¿Pero dónde quedan las heridas de la violencia simbólica?, ¿ ¿qué cuerpo encarna entonces estas huellas culturales de la discriminación , del sexismo , de la violencia sin rostro, sin morado y sin doliente? 

El cuerpo  femenino lugar de opresión 

Creo que es importante señalar que no hay otro lugar en el cual las mujeres vivamos las discriminaciones por razones de sexo, que no sea el CUERPO. Ya lo dijeron  otros y otras al señalar que “todo orden político se produce conjuntamente con un orden corporal” (Jean-Marie Brohm, 1975 en Turner, 1989:63). En el caso del capitalismo que impone una subordinación moral y material en los usos sociales del cuerpo que favorece la alienación, es claro observar el lugar que ocupan nuestros cuerpos como producto mercantil,  no sólo en el ámbito de lo real, sino sobre todo de lo simbólico, donde se tejen los hilos invisibles que sostienen y permiten mantener esa eficacia en la dominación milenaria del sistema patriarcal. 

 En este orden de ideas uno de los enlaces fundamentales que sostienen estos hilos entre en el sistema capitalista y patriarcal es de la sexualidad femenina. Cabría preguntarse ¿Por qué la sexualidad femenina siempre fue tan amenazante para el orden patriarcal hasta el punto de ejercerse un férreo control  por medio de sus discursos hegemónicos: el religioso, el médico y el jurídico? Por un lado, y por el otro, a través de la violencia simbólica  sexual convertida en bombardeo mediático del uso del cuerpo y de la imagen de la mujer  no solo como objeto de consumo, sexual, sino reforzador del estereotipo que nos hace ver descabezadas (la catira regional) cuerpos, sin cabezas, sin pensamiento y sin rostros, cuerpos fragmentados, destacando senos y glúteos, carentes de pensamientos y sobre todo de ideas liberadoras, específicamente de ideologías. Ambos controles, a pesar de parecer contradictorios tienen un propósito irrefutable: evitar que las mujeres  retomen el poder sobre sus propios cuerpos, su placer y a fin de cuenta su libertad de elección y posibilidad de transformación social y queden confinadas ya no a la prisión doméstica, sino a la prisión cosmética, que hace de nuestros cuerpos un nuevo lugar para la opresión. Pero así como lo es para la opresión también lo puede ser para la resistencia.  

Lo que antes era la exclusiva forma de esclavitud femenina: la confinación al lugar de ama de casa y cuidadoras exclusivas del espacio reproductivo y de los hijos(as), la ética del cuidado, ahora se desplaza violentamente hacia el cuidado del cuerpo o mejor dicho se extiende, (porque los roles tradicionales doméstico aún no han sido superados, ni la división sexual del trabajo dentro y fuera del hogar), haciéndonos creer en el sistema capitalista, que tenemos el control de nuestros cuerpos, en la medida que somos libres de  pintarnos, depilarnos, operarnos, y cambiar quirúrgicamente nuestros cuerpos para la satisfacción plena del deseo del Otro. Ese gran Otro, con mayúscula que es la Cultura: la cultura patriarcal. Recreando así otra forma de esclavitud que se sostiene en el ideal de mujer que nos vende y nos impone el sistema mundo capitalista patriarcal.  

Aspectos sobre nuestra sexualidad  como lo son : el divorcio entre sexualidad y placer, su reducción a la procreación y al ámbito exclusivamente reproductivo, la subordinación sexual, el desencuentro con nuestra intimidad, el desconocimiento de nuestras propias necesidades, la negación del deseo, la simbiosis con el deseo del otro , la postergación permanente de  nuestra propia satisfacción, el desconocimiento de nuestro cuerpo al tener una relación cosificada con el mismo, producto de la comparación subjetiva con una imagen estereotipada ideal e impuesta de lo que debe ser nuestro cuerpo. 

La violencia de género es por tanto, un fenómeno complejo y supone la articulación  de toda una serie de violencias, que irían desde una violencia simbólica que construye los cuerpos culturalmente tensionándolos, hasta esa violencia física que amenaza a las mujeres por el mismo hecho de serlo. 

Paradójicamente mientras más paso dan las mujeres  hacia el mundo público (hasta no hace mucho, considerado solo un espacio para los hombres), más aumentan las cifras de violencia hacia las mujeres, a pesar de que ésta es considerada un delito, como en el caso de Venezuela, desde 1999, con la ley sobre la violencia contra la mujer y la familia. Y es que la amenaza que puede significar el ingreso de mujeres en estos espacios de dominio masculino, tiene un costo que en algún lugar debe ser cobrado y generalmente ese lugar son los cuerpos de las mujeres, ahí donde el puñetazo tiene como función mostrar  la impotencia no solo de los hombres sino de una cultura que va perdiendo control y busca formas de reacomodo de su propio dominio. Las cifras de perdida de vida de mujeres en manos de sus conyugues o excónyuges no solo es alarmante, sino que nos esta hablando de un fenómeno de resistencia y de lucha en las relaciones de poder que se manifiestan dentro del microcosmo de los hogares.  

En entrevistas que se han hecho con hombres maltratadores, muchos de ellos aluden el hecho de que les pegan a las mujeres porque ellas no están cumpliendo con su “deber”, específicamente el “deber conyugal” de acostarse con ellos a pesar de desearlos o no  servirles la comida y brindarle todas las atenciones domesticas. Es decir, que no obedecen el contrato no escrito pero actuado de las relaciones de pareja en la cultura patriarcal.  

Sí hacemos una lectura diferente a la de victimizar a las mujeres podríamos observar que existen cambios que se están dando y es el hecho de que las mujeres se están rebelando frente a las relaciones opresivas tradicionales y,   aunque todavía esto no se traduzca en un fenómeno total de liberación, emplaza el rol tradicional de una masculinidad  machista y androcéntrica que responde violentamente. Por otro lado, el hecho de que las mujeres estén ocupando espacios en el mundo público no implica automáticamente que los hombres se empoderen en el mundo domestico o de lo privado y  es esta desigualdad la que hace que la jornada de la mujer se multiplique y sea tan injustamente cuestionada su salida al mundo publico.  

Pasar de objetos a sujetas, descodificar las relaciones entre hombres y mujeres, desnaturalizar los espacios donde se legitima la diferencia como desigualdad,  identificar las censuras y autocensuras de los campos prácticos del saber y de la socialización sexual de cada uno y de cada una es tarea aun pendiente.  

Referencias bibliográficas 

Bourdieu, Pierre (2000). La dominación masculina. Barcelona, Anagrama 

Bryan, Turner (1989) .El cuerpo y la sociedad exploraciones en teoría social. México, FCE. 

Campillo, N (2004)  L΄ ambivalencia del sotmetiment. Vioelncia i genere.

L΄ Espill, 19: 69-77  

Wolf, Naomi (1991)  El Mito de la Belleza. Barcelona, Emecé Editores.

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