Mónica Mayer

Arte y feminismo: una visión personal

(Guión para conferencia ilustrada)

Ponencia presentada en el Seminario internacional Equidad de género en acción, Fundación Celarg, 2 de diciembre de 2008

Estudié artes visuales en la Escuela Nacional de Artes Plásticas. En el patio central del majestuoso edificio colonial había una réplica de la famosa Victoria de Samotracia. En ese momento no lo pensé, pero hoy veo que esta escultura nos refiere a una de las tradiciones en las que está basada nuestra cultura, pero también representa lo que hasta la fecha nos siguen vendiendo como el ideal de mujer: una joven, con un cuerpo espectacular, muy ligeramente vestida, sin cabeza y con dos enormes alas que prueban su pureza.  

Eran tiempos interesantes y divertidos. Éramos jóvenes y el mundo estaba a nuestros pies.  Esa soy yo y ese barbón es Víctor Lerma, mi compañero en la vida y el arte desde entonces. Yo tenía 3 hermanos y estaba acostumbrada a que me trataran como igual. El veinte del sexismo me cayó en la escuela, un día que una alumna presentó una conferencia sobre mujeres artistas y la mayoría de los compañeros de clase -tan progresistas- afirmaron que las mujeres no éramos tan buenas artistas como los hombres porque la creatividad se nos iba con la maternidad. El argumento carecía de fundamentos por no decir que era menso, pero me hizo comprender que si ni siquiera ellos nos veían como iguales, el resto de la sociedad menos. Entendí que si queríamos que nuestro trabajo fuera visible, teníamos que cambiar la sociedad.   

En esos tiempos, en las clases de historia del arte las artistas eran invisibles, a pesar de que a lo largo del Siglo XX la lista de pintoreas incluía nombres tan destacados como María Izquierdo, Frida Kahlo, Isabel Villaseñor y Lola Cueto.   

Al contingente de artistas oriundas de México, se habían unido las que llegaron en distintas oleadas migratorias como Remedios Varo, Olga Costa, Kati Horna, Tina Modotti o Leonora Carrington.  Es difícil entender cómo era posible que se diera una clase de historia del arte o se organizar una exposición sin la presencia de alguna o varias de estas mujeres, pero sucedía.  Desafortunadamente esto sigue sucediendo, a pesar de que por lo menos desde los años setentas egresan un numero igual o mayor de mujeres y hombres a las escuelas de arte.  

A la par de la presencia de las mujeres como productoras, un tema que siempre resulta fascinante es la forma en la que se nos ha representado en el arte. Basta ver la obra de José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros o Diego Rivera para entender que el papel de la mujer es de sumisión.  

También eran tiempos difíciles.  El movimiento estudiantil de 1968 fue reprimido violentamente por el gobierno en Tlatelolco. Fue una matanza. En los setentas la guerra sucia estaba en su apogeo. Todo estaba en ebullición, incluyendo nuestras definiciones de lo artístico y de lo político.  Surgió lo que hoy se conoce como la generación de “Los Grupos”, entre los cuales estuvieron Proceso Pentágono, El No-Grupo, Mira, Germinal y Suma. Los y las artistas en estos grupos salieron a las calles, cuestionaron la creación individual y abrieron el paso a los no-objetualismos en México. Cambiaron la forma y el contenido.  Sin embargo, la política de izquierda de esos tiempos no contemplaba las reivindicaciones de género ni de preferencia sexual, por lo que en esa generación otros también empezamos a abrir las definiciones de lo político.   

En 1975 se llevó a cabo la Conferencia del primer Año Internacional de la Mujer en la ciudad de México por lo que el Museo de Arte Moderno organizo la exposición La mujer como creadora y tema del arte.  La mayoría de los participantes eran hombres y las artistas que participaron lo hicieron con menos obra. Increíble, pero cierto. A la par de la muestra, el MAM dedicó un número de su revista Artes Visuales al tema de las artistas y en ella apareció una entrevista con Judy Chicago, la pionera del arte feminista en EUA, gracias a la cual me enteré que había una escuela de arte feminista en Los Ángeles. Durante dos años Víctor Lerma y yo trabajamos para reunir fondos suficientes para que me fuera a estudiar allá.  Durante ese tiempo, milité en los grupos feministas que empezaban a formarse. Participé en el Movimiento Feminista Mexicano que publicaba un periodiquito llamado Cihuat: voz de la Coalición de Mujeres y el Colectivo Cine Mujer.  Empezaba la lucha por la despenalización del aborto. Cuando comenté en casa que asistiría a una manifestación, mi mamá decidió acompañarme porque le parecía peligroso.  Ahí estamos en primera fila y en primera plana. Éramos como veinte feministas manifestándonos ante la cámara de senadores. A mi mamá le gustó tanto el asunto, que se metió a otro de los grupos. Mi papá, preocupado por ambas, estaba parado en la banqueta de enfrente, desde la cuál Víctor tomaba fotos. El feminismo se convirtió en una actividad familiar.   

En los setentas empezamos a jugar con distintas posibilidades para reflexionar sobre la mujer y el arte.  Una exposición que fue muy importante para mí fue una muestra paralela al Primer Simposio Mexicano Centroamericano de Investigaciones para la Mujer que fue curada por Alaíde Foppa, Sylvia Pandolfi y Raquel Tibol y en la cual yo trabajé de asistente.  Esa muestra me permitió por primera vez ver la gran cantidad de artistas de diversas generaciones que había. Otra fue la Muestra colectiva feminista, a la cual invitamos a todas las feministas que conocíamos a participar y naturalmente el resultado en términos artísticos fue desastroso.  El ser feminista no garantiza ser buena artista.  También se organizaron exposiciones temáticas, en torno a temas como el aborto o la normalidad.  Lo que sí teníamos claro era que el sexismo también debía combatirse en el campo de las imágenes.   

La primera exposición de arte feminista la organizamos Lucila Santiago, Rosalba Huerta y yo.  Se llamó Collage íntimo y a la entrada de la exposición estaba uno de mis cuadros que tenía una foto de un falo y una vagina sobre la cabeza de una joven con un tocado de novia que se asombraba de sus propias fantasías. El cuadro tenía una cortina para ocultarlo. Mis padres, que como habrán visto eran bastante abiertos, enloquecieron con esta imagen. Me llamaron el día antes de la inauguración para tratar de convencerme que no mostrara ese cuadro “porque podían correr a mi hermano de su trabajo”.  El miedo siempre afecta a la lógica.  La obra fue muy bien recibida por el público y por la crítica.  

En 1978 llegué al Woman’s Building que fue fundado por Judy Chicago, Arlene Raven y Sheila De Brettville.  Aquello era espléndido. Las artistas trabajaban en colaboración con las historiadoras, las activistas y un amplio público interesado en el feminismo.   

La obra que se hacía era radical y venía de una profunda necesidad de hablar sobre nuestra experiencia y a partir de nuestros cuerpos.  Chicago era una figura central, tanto por su obra, como por sus textos y su importante labor didáctica.   

Se planteaban ideas interesantes: ¿lo femenino en el arte es forma o contenido? Empezaban a publicarse libros como From the Center de Lucy Lippard o Women artists. 1550-1959 de Ann Sutherland Harris y Linda Nochlin.  Se iniciaba la recuperación de la historia de las artistas y la teoría feminista del arte que hoy permean los principales discursos tanto teóricos como artísticos del arte contemporáneo. Sentíamos que estábamos cambiando el mundo. 

Un aspecto que me interesó desde el principio fue la idea de la educación de arte feminista.  Hacia falta desarrollar ideas pedagógicas que fortalecieran los saberes y habilidades de las artistas –así fuera aprender albañilería- y plantear una forma de educación que reflejara las ideas políticas que se estaban manejando en las que cada mujer era digna de ser escuchada y en la que el conocimiento era algo mucho más profundo que la información.   

Entre las pioneras en este campo estuvieron Chicago y Miriam Shapiro que unos años antes de fundar el Woman’s Building impartieron una clase en el Cal Arts Institute sólo para mujeres.  Enfatizaban la investigación sobre la historia de las artistas para que las estudiantes tuvieran modelos de los cuales aprender y empezaron a trabajar temáticas sobre la experiencia de ser mujer, cosa bastante radical en ese momento. 

 

Estas ideas se reflejaron en la obra. El ejemplo más sobresaliente es la famosa instalación de Chicago The Dinner Party, que consiste en una enorme mesa con 39 lugares destinados a mujeres fundamentales para la cultura occidental.  En el piso estaban los nombres de otras 999 mujeres. Los platos eran de cerámica y estaban colocados sobre un mantel bordado.  Con ello buscaban rescatar las artes que tradicionalmente fueron realizadas por mujeres.  Guiadas por Chicago, en esta empresa laboraron más de un centenar de personas.  Curiosamente, The Dinner Party no encontró una sede permanente sino hasta 2007 cuando la aloja el Brooklyn Museum of Art, aunque es posiblemente la instalación más vista en la historia del arte estadounidense. A pesar de haber reunido un millón de dólares para encontrarle alojamiento, hasta ese momento había sido rechazada por motivos tan extraños como “es demasiado pornográfica”.

En forma paralela a la inauguración de The Dinner Party en 1978, Suzanne Lacy realizó un proyecto internacional que consistía en organizar cenas celebrando a mujeres importantes en las distintas comunidades.  En México los grupos feministas organizaron una reunión en la que se rindió un cálido homenaje a Adelina Zendejas, Concha Michel, Marta Trueba y Amalia Castillo Ledón, todas ellas mujeres extraordinarias en el campo de la política y el periodismo.   

En mi estancia en Los Ángeles tuve el privilegio de trabajar con Suzanne Lacy y Leslie Labowits que tenían un grupo llamado Ariadne: A Social Art Network, dedicado al arte público.   Aquí estamos participando en San Francisco en una marcha en contra de la pornografía con un performance que consistía en que 3000 mujeres caminaran ululando junto a este carro alegórico que de un lado tenía a una Virgen Dolorosa y al otro un borrego desollado vestido de corista de cuyas tripas brotaban ríos de pornografía.  El recorrido se hizo a lo largo de la calle en la que se vendía pornografía.   

Dos aspectos fundamentales me interesaban del trabajo de estas espléndidas artistas. Por un lado estaba  el hacer del arte una forma de activismo, lo cual les permitió romper con todos los parámetros establecidos de lo que se consideraba arte y por otro el desarrollar planteamientos específicos sobre el manejo de la imagen en los medios de comunicación masiva.  Entre los temas que abordaban estaban la violación y los asesinatos de mujeres.  

Pero también había otras artistas trabajando en líneas paralelas. El grupo Mother Art realizaba acciones sobre el tema de la maternidad y lo presentaba en lavanderías y The Waitresses, todas ellas meseras además de artistas cuyos performances se realizaban en restaurantes y abordaban problemáticas como el hecho de que las mujeres reciben menos propinas y siempre deben sonreír.   

Las exposiciones que se presentaban en el Woman’s Building, que me parecían muy radicales. abordaban desde temas difíciles apenas tratados en ese momento como el incesto en Bedtime Stories, hasta las que celebraban el amor y el placer como sucedió en The Great American Lesbian Art Show.  

La ebullición feminista siguió en los ochentas y se extendió por muchos otros lugares.  Uno de los grupos emblemáticos del arte feminista son las Guerilla Girls, cuyas estadísticas sobre el número de mujeres artistas en museos o los costos de sus obras dejaban claro, de manera contundente y cargada de una divertida ironía, que el sexismo en contra de las artistas es profundo.   

En México también hubo una serie de trabajos de arte feminista público setentero, como esta acción/manifestación que realizaron grupos de feministas y artistas un 10 de Mayo, día de la madre. Vestidas todas de negro, el contingente llevó al Monumento de la Independencia una corona mortuoria que, en lugar de flores, tenia todos los instrumentos, pastillas y hierbas que utilizaban las mujeres para provocarse abortos clandestinos.  Cabe mencionar que en la ciudad de México el aborto apenas se despenalizó hace muy poco tiempo.  

Los temas que han abordado las artistas son variados. Maris Bustamante, por ejemplo, en algunas acciones a finales de los setenta y principios de los ochenta abordó temas como la diferencia entre el erotismo y la pornografía o las ideas de Freud sobre la envidia de pene para lo cual mandó hacer una máscara de su rostro que en lugar de nariz tenía un pene, que se ponía a manera de “instrumento de trabajo”. 

Por mi parte, desde un principio me interesó hacer obras que permitieran que se escuchara la voz de muchas mujeres.  En 1978 presenté El Tendedero en el Museo de Arte Moderno, una instalación que consistía en un tendedero color de rosa con 700 papeletas en las cuales mujeres de diferentes edades, clases sociales y profesiones habían respondido a la pregunta Como mujer, lo que más detesto de la ciudad es:   

Ya de regreso a la ciudad de México, en 1983, Maris Bustamante y yo formamos Polvo de Gallina Negra, el primer grupo de arte feminista en nuestro país.  Nuestra primera acción fue durante una manifestación en contra de la violencia hacia las mujeres y consistió en crear una pócima para causarle el mal de ojo a los violadores.  Por cierto,  el Polvo de Gallina Negra es un remedio contra el mal de ojo y escogimos ese nombre porque considerábamos que era difícil ser mujer, doblemente complicado ser mujer artista, pero los peligros que enfrentábamos como artistas feministas eran tan complejos que desde el nombre mismo de nuestra agrupación teníamos que protegernos.   

El grupo trabajó 10 años. Una de nuestras principales piezas se llamó ¡MÁDRES! y lo primero que hicimos para abordar el tema fue embarazarnos con la ayuda de nuestros esposos, que como artistas entendieron perfectamente bien nuestro objetivo y colaboraron con el proyecto.   

Se trataba de un proyecto complejo que constaba de acciones tan diversas como una serie de envíos de arte correo, la organización del concurso “Todo lo que siempre quise decirle a mi madre, pero no me atreví”  o acciones en museos, en la calle y en los medios de comunicación masiva.  A este tipo de acciones de larga duración, difíciles de definir, las bautizamos como “proyectos visuales”.  

Aquí estamos en una acción en el programa Nuestro Mundo de Guillermo Ochoa cuando lo nombramos “Madre por un Día”.  Abajo, Maris en otra acción televisiva en la que se pone la panza en la cabeza y afirma que así como Da Vinci decía que el arte “es una cosa mental”, ella considera que la maternidad también es una cosa mental.   

Hubo otros dos grupos de arte feminista.  Tlacuilas y Retrateras surgió a partir de un taller de arte feminista que impartí en la Escuela Nacional de Artes Plásticas y que culminó con un gran proyecto visual que se llamó La Fiesta de Quince Años en el que hubo varios performances, incluyendo el baile de la Quinceañera, exposiciones y diversas actividades.  Y Bioarte, grupo dedicado a reflexionar sobre los procesos biológicos de la mujer cuyos vestidos de plástico abrieron toda una veta de moda diseñada por artistas en el país.  

Es interesante ver que las artistas que expusieron abordaron el tema de la quinceañera desde muy diversos aspectos, desde el inicio de la sexualidad, la religión, las clases sociales y la esencia maravillosamente kitsch de esta fiesta.  

A partir de los setentas, la reflexión sobre género en el arte se ha extendido, incluso entre artistas que no necesariamente se autodenominan feministas como es el caso de Edith Medina cuyas acciones tienen que ver con temas como los desórdenes alimenticios.   

Otras sí tienen muy claro que su trabajo artístico también es su lucha política. Como parte del proyecto LA LLECA, Lorena Méndez organizó un taller de performance en el reclusorio en el que realizaron esta acción en la cual, para hablar de las características físicas de hombres y mujeres, organizaron un concurso en el que medían la cantidad de pelo que tenían en las axilas los reclusos y la artista.  Naturalmente la más peluda resultó ser ella.   

O Daniela Edburg, que transforma imágenes domésticas idílicas en escenas horror y violencia con un sentido del humor muy negro.   

O María Escurra que realiza acciones e instalaciones a partir de la ropa femenina y sus distintas connotaciones.  

También tenemos el trabajo de Andrea Ferreyra, cuyo personaje Chuchita la Boxeadora era muy divertido porque si bien ostentaba su fuerza, con los guantes le era muy difícil hacer cualquier cosa con las manos.   

Otras artistas, como Elizabeth Romero han trabajado a fondo una imagen tan importante para nuestro país como es la Virgen de Guadalupe.  Año con año, el día 12 de diciembre, día de la virgen, Romero realiza alguna acción relacionada, como tatuarse la imagen de la virgen en la espalda.  

Y hay quienes han hablado de problemas tan terribles como los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez.  En su performance Mientras Dormíamos, Lorena Wolffer fue marcando en su cuerpo cada una de las heridas recibidas por ellas.  

Lorena Orozco trabajó el mismo tema, pero para evitar la victimización, en lugar de referirse a “las muertas de Juárez” su acción consistió en hablar con “las vivas de Juárez” para explicar el contexto en el que viven unas y han muerto otras.  

Artistas como Emma Villanueva han usado su cuerpo como un elemento de protesta.  Hace algunos años la Universidad Nacional Autónoma de México fue cerrada por una larga huelga estudiantil, que terminó cuando entró la Policía Federal Preventiva a la máxima casa de estudios.  Inconforme tanto con los estudiantes como con la violación de la autonomía de la UNAM, Villanueva caminó a lo largo de ocho kilómetros vestida en bikini y con el cuerpo pintado de rojo y negro, invitando a la gente a escribir sobre su cuerpo.  Finalmente llegó a la UNAM y repartió volantes entre policías y estudiantes anunciando que se daría de baja como estudiante como protesta mientras siguiese esta situación.  

Por su parte, Betsabé Romero ha emprendido una campaña de feminización del automóvil, uno de los símbolos de masculinidad más arraigados.   

Para terminar, quiero invitarlos a visitar el Museo de Mujeres Artistas Mexicanas en http://www.museodemujeres.com , proyecto de la fotógrafa Lucero Gonzáles que reúne el trabajo de un centenar de artistas y diversos textos sobre el tema. 

Y comentar que en los últimos años el problema de invisibilidad empieza a disminuir ya que  se han publicado una serie de libros sobre mujeres artistas, entre ellos: ROSA CHILLANTE: MUJERES Y PERFORMANCE EN MÉXICO de Mónica Mayer, CRÍTICA FEMINISTA EN LA TEORÍA E HISTORIA DEL ARTE compilado por Karen Cordero e Inda Sánz, ARTE FEMINISTA EN LOS OCHENTA EN MÉXICO de Araceli Barbosa, LA IMAGEN FEMEINA EN ARTISTAS MEXICANAS CONTEMPORÁNEAS de Gladys Villegas y ARTE, TECNOLOGÍA Y FEMINISMO de Karla Jasso. 

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