Susana Medina Salas

Violencia de pareja: cuando el amor se construye desde la posesión

Ponencia presentada en el Seminario internacional Equidad de género en acción, Cine-foro de la película Te doy mis ojos, 2003, Dirección: Iciar Bollaín, España

Fundación Celarg, 26 de noviembre de 2008

“Parte importante de la población mundial es rutinariamente sujeta a tortura, hambre, terrorismo, humillación, mutilación, incluso asesinato, simplemente, por ser mujeres” (Bunch,  1995, p.4). 

Destrucción de las propiedades, hostigamiento en el lugar de trabajo, descalificación, impedimento de las decisiones laborales, intimidación, amenazas, humillaciones, violencia sexual, violación a la privacidad, celos, descalificación de sus amistades y familia,  golpes, insultos, ofensas, son algunas de las conductas por medio de las cuales los hombres que ejercen violencia en el hogar, expresan el supuesto “amor” a sus parejas, o sea, las víctimas.  

La violencia se instala en la relación de pareja, mediante prácticas, actos, omisiones o expresiones que muchas veces hechas “en nombre del amor”, perjudican y violan la integridad y derechos de las víctimas. En la mayoría de los casos, la violencia está dirigida a las mujeres, niño/as y anciano/as. La Organización de Naciones Unidas define la Violencia Basada en Género (VBG) como:   

Cualquier acto de violencia basada en género que tenga consecuencias, o que tenga posibilidades de tener consecuencia, perjuicio o sufrimiento en la salud física, sexual o psicológica de la mujer, incluyendo amenazas de dichos actos, coerción o privaciones arbitrarias de su libertad, tanto que se produce en la vida pública o privada (Asamblea General de las Naciones Unidas, 1993)[1].

 

La violencia en las relaciones de pareja muestra varias características que conviene resaltar:

1. La violencia es cíclica, se da en fases muy bien descritas en el concepto de ciclo de la violencia[2], según el cual en una relación de pareja que vive situaciones de violencia, cada uno de estos eventos sucede en tres fases: (a) la tensión, la relación está tensa, hay violencia verbal y emocional y mucha incomodidad por causas que en otro momento no tuvieron ningún tipo de consecuencia. Los esfuerzos para llegar a acuerdos en la pareja son infructuosos y el hombre en cada oportunidad incrementa su agresión; (b) el estallido de la violencia, la tensión que se estaba acumulando en la fase anterior estalla en esta oportunidad. Hay en el hombre una especie de descarga de violencia, a través de la actuación física en contra de la mujer. Es en esta fase que la mujer acude a los centros de ayuda, pues requiere curación de las consecuencias físicas. También puede recurrir a servicios de denuncias con el fin de obtener protección legal; y (c) la luna de miel falsa, tras de la descarga del hombre, la tensión disminuye y él comienza a pedir perdón y disculpas y se muestra complaciente con la mujer. Hace promesas de que no se va a volver a repetir y se justifica de lo que pasó como un mal momento. Recurre también a regalos materiales y a obsequios para la mujer. La relación aparentemente mejora y la mujer cree que él cambió o que aprendió la lección. Como la mujer probablemente tiene vínculos afectivos, económicos o sociales con el hombre, ella accede y retorna a la relación que prontamente volverá a iniciar la primera fase y así sucesivamente.

 

2. La violencia se incrementa en intensidad e impacto a medida que pasa el tiempo, cada evento genera daños más graves y progresivamente tanto la víctima como el agresor aumentan su riesgo de muerte. 

3. La violencia se da en contextos en que existe un desbalance de poder, donde las relaciones entre las personas en este caso las parejas, son asimétricas, hay jerarquías, no existe la correspondencia indiferenciada para el uno o para el otro. El que ejerce el poder, tiene prioridades, tiene control sobre el otro, el parámetro de lo correcto y de lo que se permite. 

4. La violencia es un mecanismo de control para sostener las inequidades de poder. La violencia establecida en una pareja puede ser equivalente a las prácticas dominadoras de un país que coloniza a otro. La actitud bélica, la destrucción de sus fortalezas, la intimidación, la explotación de sus riquezas y la amenaza son algunas de las prácticas concretas a través de las cuales es posible mantener la sumisión y el miedo en el otro. En las parejas sucede algo parecido y de hecho, se sabe que el impacto psicológico de la violencia contra las mujeres, es equivalente al daño causado por la tortura en prisioneros de guerra.

De este modo, la violencia es un mecanismo de opresión y de operación sobre el otro. Muchos juegos y expresiones considerados y tolerados socialmente como “románticos”, encubren este tipo de prácticas de posesión y dominación. Algunas expresiones que muestran esto pueden ser las muy escuchadas: “yo sin ti no puedo vivir” “si estamos juntos, yo puedo con todo, sino yo no puedo hacer nada”; “si tú te vas me quito la vida”. “te doy mis ojos”; “eres mía”, etc.

Preguntas como “¿Qué estás pensando?” muchas veces se convierte en causa de incidentes violentos para las mujeres. Y es que desde este mundo machista y patriarcal, hasta el pensamiento libre es una de los espacios que la mujer ha tenido que reivindicar. El control, pasa por el reclamo por no contestar el celular, por las salidas con las amigas, cuestionando el trabajo, los planes de estudio. La pérdida del control aumenta la agresividad y la violencia.

Todas estas características están asociadas al amor, a la vigente socioconstrucción del amor, que pasa a ser una categoría que legitima relaciones de poder, asimétricas, desiguales y basadas en la dominación/sumisión. Y aún así, el amor a veces resulta una categoría en la que se puede incluir cualquier acto, ya que por el sólo hecho de hacerlo en nombre del amor, pareciera ser suficiente para considerarlo justificado y por lo tanto adquiere sentido de normal y permitido. 

Tres preguntas recurrentes

La gran pregunta: ¿por qué las mujeres permanecen en las relaciones de violencia? Son muchas las respuestas, ya que la violencia es un fenómeno complejo, plural, diverso y causado por múltiples factores del ámbito social, cultural y político. Algunas de las razones por las cuales las mujeres permanecen en esas relaciones son la dependencia económica, la presión de la sociedad, la falta de opciones respecto a donde ir, desinformación de sus derechos, creer que es algo normal que deben soportar en el matrimonio, creer que lo más importante es mantener la familia unida, tener la convicción de que si ella cambia todo va a mejorar o de que con el tiempo a él se le va a pasar, temor al castigo, miedo de ser asesinada, parálisis por lesiones físicas, sensación de minusvalía emocional, entre otras.

Sin embargo, para efectos de comprender estas razones en vinculación a la construcción social del amor, un factor muy poderoso son los valores conservadores de la sociedad y familia que socializan a la mujer y al hombre. Por ejemplo, existen creencias religiosas que legitiman la inequidad interna en la familia y que incorporan la culpa como el castigo para las mujeres que pretenden desafiar el modelo convencional de familia.

Las mujeres apegadas a este sistema de pensamiento tienen mayores dificultades o se tardan más en tomar decisiones porque éstas desafían un poderoso y tradicional esquema de creencias. Creer por ejemplo, que la historia del príncipe azul es la relación ideal, es un modo de mirar el amor de una manera ilusa y asimétrica que plantea la entrega y la posesión, como las expresiones más auténticas, lo cual sin duda encubre la pérdida de la más básica de las libertades, incluyendo en muchos casos, la entrega del propio cuerpo.

Pero en esos contextos, surge la segunda pregunta, ¿qué activa a las mujeres a tomar decisiones para salir de la violencia? No existe una respuesta única a esta pregunta, pero es claro que tomar consciencia de la situación que se vive, tener convicción de los recursos propios y de los derechos a una vida libre de violencia y enfrentar el miedo al agresor (el miedo, no al agresor, lo que puede ser riesgoso para la vida de las mujeres), son factores que contribuyen a que las mujeres tomen decisiones para proteger su vida, la de sus hijo/as y puedan vivir sin violencia.

Otro factor determinante en este proceso de consciencia de las mujeres sobre su situación de violencia, es el apoyo social recibido de personas a su alrededor. Una red de apoyo permite a las mujeres pasar de la sumisión a la progresiva participación social, pero de manera auténtica y eso es lo que hace que tome decisiones desde la confianza de sí misma. Pero una red de apoyo no se construye con personas que juzgan a las mujeres por quedarse en esa relación violenta o que la instan a irse y a denunciar o que incluso se alejan por la supuesta “indecisión” de las víctimas con respecto a su vida. Buscar apoyo para la víctima es en algunos casos sinónimo de vergüenza, o de molestia a los demás, por esa razón, el mejor apoyo social es el que damos cuando acompañamos de forma incondicional a la mujer en su proceso de toma de decisiones, lo que no es una aproximación pasiva, sino una aproximación auténtica, que nutre a la víctima y la fortalecen como persona. Después ella tomará sus decisiones.

Suele suceder que las víctimas se paralizan y eso es parte del proceso de vivir situaciones de violencia, de hecho, puede ser mucho más adaptativo que enfrentar. Por ejemplo, denunciar es una decisión crucial para las víctimas, ya que muchas veces cuando por fin ellas toman decisiones a veces sucede que la denuncia no progresa por la insensibilidad de un sistema judicial que no otorga credibilidad a las víctimas y eso hace que las mujeres deserten del proceso de ayuda, lo que mantiene la legitimación de la violencia. Sin duda, enfrentar a una pareja violenta no es lo único que le pasa a las sobrevivientes de violencia, también hay un enfrentamiento abierto a una sociedad patriarcal, machista, que discrimina y silencia la violencia contra la mujer.

La intervención más efectiva con las mujeres que viven situaciones de violencia, suelen ser los grupos de apoyo de mujeres. La clave de esta estrategia es la utilización de la palabra en lo público. Nombrar las agresiones, apalabrar los sentimientos de impotencia, escuchar los mensajes de ánimo y apoyo entre mujeres, es mucha veces lo que permite a las víctimas  reconstruir su identidad como mujeres y por ende, ir internalizando la confianza consigo misma. Nombrar la realidad es una forma de transformarla.

Finalmente, la tercera pregunta, ¿qué le sucede a los hombres que ejercen violencia? Aquí la respuesta apunta al tema de la construcción de la identidad masculina. La sociedad ha establecido relaciones directas entre género y violencia. Al analizar las cifras y ver que más del 90% de las víctimas de violencia en el hogar son mujeres y que la mayoría,  casi el mismo %, son hombres lleva a rescatar tres aspectos sobre el hombre que es violento y que bien desarrolla Jorge Corsi en su comprensión de la violencia masculina[3]: (a) la violencia es algo vinculado de manera natural a los hombres, pero que es producto de una socialización asimétrica basada en absurdos supuestos de que la actuación violencia no se puede controlar; (b) la identidad masculina pareciera que se construye desde la diferenciación de lo femenino, de manera que en la definición de “varón”, se dan procesos de descalificación, ofensa, exclusión y discriminación hacia lo que está relacionado a las mujeres  y,  (c) las relaciones de género están establecidas desde relaciones de poder, de manera que cuando hay desequilibrio en el poder y hay abuso de poder, se socava la integridad de la otra persona de la relación.

La identidad de los hombres está construida desde una mirada vertical, de quien posee, de quien domina, de quien pauta, de quien sanciona, de quien juzga, es una postura rígida, vertical y desigual que sólo puede construir relaciones de pareja basadas en la dominación y sumisión. Una propuesta desde la equidad asume que el poder en las relaciones de pareja debe ser alterno, reversible, móvil y dinámico en las relaciones.

Reflexiones finales

La VBG como un obstáculo para el desarrollo mundial

El principal costo de la violencia contra la mujer a nivel social, es la privación de las mujeres para participar activamente en todos los aspectos del desarrollo mundial. Específicamente, las consecuencias de más alto impacto de esta privación son la dependencia de la mujer hacia el hombre como un factor de construcción social, así como los efectos negativos en los niños, niñas y la familia, en la salud y los costos sociales en general.

En este sentido, problemáticas mundiales como el alto índice de fertilidad, la deforestación y el hambre no pueden resolverse sin la participación plena de las mujeres (Heise, 1989, c.p. Carrillo, 1995)[4]. Por tanto, si se dirigen esfuerzos económicos y políticos ajenos a los problemas de género subyacentes y específicamente, para atender la VBG, éstos sólo formarán parte de tentativas o intentos parcialmente  infructuosos de promover el desarrollo de la humanidad.

Al comprender la violencia como un problema de dominación, éste directamente debe entenderse como un freno para el desarrollo de lo/as involucrado/as directa o indirectamente. Siendo así, si la sociedad continúa discriminando y silenciando la violencia contra la mujer, se hace partícipe de ésta al sostener limitadas oportunidades de empleo para las mujeres, falta de acceso a la educación, aislamiento social de la mujer y hostigamiento sexual entre otras manifestaciones, forzándolas a ocupar lugares marginales a las decisiones que dan forma y determinan el desarrollo de las comunidades.

Algunos indicadores cuantitativos de los costos sociales de la violencia contra la mujer que se relacionan directamente con obstáculos para el desarrollo mundial son: (a) 25% de los días laborales perdidos son consecuencias de la violencia contra la mujer (Heise, 1994)[5]; (b) 63% de los hijos de hogares con VBG repiten por lo menos un año en la escuela y abandonan los estudios en noveno año (Banco Interamericano de Desarrollo, 1997, c.p. Heise, 1999)[6]; (c) un año laboral perdido en cada vida saludable en mujeres de 15 a 44 años es por la violencia doméstica. Este indicador es equivalente al costo de la tuberculosis, del VIH/Sida y del cáncer (Heise, 1994); (d) uno de cada cinco días laboralmente activos en la Región Andina que pierden las mujeres por problemas de salud, se debe a manifestaciones de la Violencia Doméstica. (Banco Mundial, 1998, c.p. Basta, Verano 2000)[7].

Pero frente a este panorama, también se debe destacar que cada día surgen nuevos proyectos de organizaciones dirigidas a hacer de la VBG un asunto de discusión pública, por lo que inclusive se ha declarado el 25 de noviembre como Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer, en promoción de la denuncia, de la exigencia de acciones y de cambio (Carrillo, R., 1995). De hecho, esto ha repercutido hasta haber logrado que la misma Organización de Naciones Unidas se pronunciara firme y decisivamente al respecto:la violencia contra la mujer es una violación de los Derechos Humanos y por tanto un asunto de hombres y mujeres” (ONU, 1993).

VBG  y los derechos humanos de las mujeres 

La VBG es principalmente un problema político, pues los crímenes mencionados en la cita de Charlotte Bunch, son eventos casi omnipresentes en la vida de las mujeres, que no han sido considerados como violación hacia la humanidad de éstas, sino de las personas en general.

Aunque en 1948 la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su artículo 2do señala que “los derechos y libertades proclamadas en esta Declaración, no tienen distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra condición”, no se dijo mucho en torno a las mujeres específicamente. De hecho, sólo en 1993 es que se han incorporado situaciones de la subordinación femenina como violación de derechos y los Derechos de las Mujeres como Derechos Humanos.  

Según Carrillo (1995), algunas de las barreras que han impedido que se discuta en torno a la VBG como violación de los Derechos Humanos, han sido: (a) considerar la discriminación sexual como algo trivial o poco importante en tanto no afecta la supervivencia; (b) asumir la VBG como un problema cultural, privado o individual y no un problema político; (c) aunque sean apropiados para otras acciones, considerar que los derechos de la mujer no son derechos humanos en sí mismos y; (d) considerar que es un problema tan inevitable y amplio, que rebasa los recursos de las acciones sobre los derechos humanos.

Riane Eisler sostiene que la idea de cuestionar los derechos de las mujeres como derechos humanos, se basa en que “el patrón que se ha desarrollado para definir y medir los derechos humanos, se ha basado como norma en los varones y no en las mujeres” (Centro de las Naciones Unidas para el Desarrollo Social y Asuntos Humanitarios, 1989, c.p. Bunch, 1995, p. 26)[8].

A partir de la convención de la ONU en 1993 (ob. cit.), se ha creado un marco normativo en que se pueda responsabilizar a los gobiernos y dirigentes, quienes deberán rendir cuentas acerca de sus actividades para combatir la violencia contra la mujer.

En cuanto a la creencia de que los derechos de las mujeres son secundarios a los derechos humanos, la realidad evidencia que es todo lo contrario y tal como expresa Bunch (ob. cit., p. 7): “el sexismo, mata”. Esto se puede apreciar a lo largo del ciclo de vida de una mujer quien desde su nacimiento hasta su vejez puede padecer de discriminaciones que se legitiman “políticamente” como prácticas de muerte: abortos de los fetos femeninos, impedimento en las mujeres para controlar su reproducción y riesgo de muerte en abortos ilegales, entre otros. En América Latina, según la Organización Panamericana de la Salud (1994), las niñas reciben menos alimentos y padecen más altas tasas de desnutrición que los varones.  Así mismo, ellas reciben menos atención de servicios de salud y a veces tienen menos acceso a la educación.

Este contexto de derechos humanos y de la VBG como una violación a dichos derechos, ha sido ratificado en muchas convenciones y tratados internacionales que se han propuesto la lucha contra la VBG. Todas esas ratificaciones han sido suscritas por Venezuela[9]. Así mismo, nacionalmente, son cada día más los países que tienen una Ley especial para atender la situación de Violencia contra la Mujer, lo cual avala que ésta es un problema público ante el cual los Estados deben tomar posición política y legal, y los ciudadanos y ciudadanas deben considerarlo como un delito, y una violación al derecho a vivir sin violencia. En Venezuela, se aprobó por primera vez en 1999 la Ley sobre la Violencia contra la Mujer y la Familia, pero luego se hicieron varias modificaciones y en el 2007 entró en ejecución la actualmente vigente Ley Orgánica por el Derecho de las Mujeres a una vida libre de Violencia, la cual redimensiona la violencia en su dimensión pública, visibiliza la perspectiva de género y además, incorpora 19 tipificaciones de esta violación a los derechos.

Claramunt (2001)[10] plantea un enfoque de derechos desde una perspectiva de género para la comprensión de la violencia. Este enfoque de derechos desde una perspectiva de género se refiere al movimiento a favor de los derechos humanos de las mujeres, partiendo del reconocimiento de la discriminación y opresión en que vivimos todas las mujeres en las sociedades patriarcales actuales.

Finalmente, uno de los aspectos que debe tomarse en cuenta es la importancia de concebir a la mujer como sujeto social, donde se vincula la historia personal y social. Esto implica un reto en el que se rompen las posturas dicotómicas relativas a lo público y lo pirvado y a lo personal y lo social. Si concebimos la VBG desde esta perspectiva, no la podemos desligar de la importancia que adquiere el género, los derechos y lo social, en el marco de su comprensión teórica, pero también en su accionar práctico al momento de considerar la existencia de servicios que atiendan a víctimas de VBG.

Notas


[1] Organización de las Naciones Unidas (1993). Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer. Asamblea General de las Naciones Unidas, Ginebra, Diciembre 20.  

[2] Walker, L. (1993). Survivor therapy: clinical assesment and intervención workbook. Denver: Endocolor Communications, Inc. 

[3] Corsi, J. (Comp.) (1995). Violencia masculina en la pareja: una aproximación al diagnóstico y a los modelos de intervención. Buenos Aires: Paidós.  

[4] Carrillo, R. (1995). La violencia contra la mujer: un obstáculo para el desarrollo. En Ch. Bunch y R. Carrillo (Comps.), Violencia de género un problema de desarrollo y derechos humanos (pp.52-72). New Jersey: Center for women’s global leadership.

[5] Heise, L. (1994). Gender-based violence and women’s reproductive health. International journal of gynecology & obstetrics, 46(4), 221-229.

[6] Heise, L., Ellsberg, M. y Gottemoeller, M. (1999). Para acabar con la violencia contra la mujer. Population reports, XXVII (4), Serie L, No.11, p.5.

[7] Basta (Verano, 2000). Boletín de la International Planned Parenthood Federation/ Región Hemisferio Occidental (IPPF/RHO). New York.  

[8] Bunch, Ch. (1995). Los derechos de la mujer como derechos humanos: una revisión de los derechos humanos. En Ch. Bunch y R. Carrillo (Comps.), Violencia de género: un problema de desarrollo y derechos humanos (pp.17-41). New Jersey: Center for women’s global leadership. 

[9] Pacto de San José de Costa Rica, aprobado en 1969, pero vigente desde 1978, a partir del cual se crea la Corte Interamericana de Derechos Humanos; Declaración de Erradicación de la VBG por la Asamblea de las Naciones Unidas en 1993; Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo en El Cairo en 1994,

Cuarta Conferencia Mundial de la Mujer en Beijing en 1995; Convención Interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer en Belém Do Pará en 1995; Seguimiento de Beijing + 5 en el año 2000.

[10] Claramunt, C. (2001). Algunas consideraciones para la incorporación del enfoque de derechos con perspectiva del género en los programas de atención para víctimas de violencia. New York: IPPF/RHO.

  (volver)