Manuel Carrero

Dirección de Investigación - Fundación Celarg

Una aproximación a Rómulo Gallegos

La familia de la cual procedía Rómulo Gallegos no era de esas que antaño solían distinguirse con el apelativo de “abolengo” o “alcurnia”, términos con los cuales se investía algún tunante para reclamar prerrogativas en el trato cotidiano, o para lucir una suerte de patina social, sobre todo si carecía de relieve. Gallegos nació y creció sin ese brillo que simbolizaba la riqueza material vinculada a  la propiedad de latifundios, ni con ancestros amos de esclavos o con parentela cortesana para que se dijera: “Estos eran de la rama del Conde tal o cual”; quizá por eso no tuvo que cuidar ningún prejuicio con la gente del común, de quienes aprendió gran parte de lo plasmado en su obra,  ni con el paisaje que estaba allá y más allá de esa colina, al pasar ese caño o aquel caudaloso río para asomarse luego al inmenso horizonte donde se pierde la sabana.  Al contrario, Gallegos se untó de la piel oscura, del barro caminero en el que los campesinos empantanaban sus alpargatas o los caballos hundían cascos y patas hasta formar grandes charcas masa de barro oscuro, masa de orines y esfuerzo. No por casualidad dejó sentado que había escrito su obra: “…con el oído puesto sobre las palpitaciones de la angustia venezolana”. 

“La forja de un venezolano singular”, pudiera titularse alguna biografía sobre este hombre que se formó durante el crucero de un momento de doble tránsito:  el de la aparición del petróleo en la vida venezolana que forzó la modernidad con todas sus consecuencias y la implantación del imperialismo --que burla-burlando, concretó el ensamblaje del país atándolo a sus designios--; en verdad fue un mismo momento episódico con dos expresiones, durante el cual lo tradicional y vernáculo cedió ante la arremetida de lo foráneo y se impusieron  modos y costumbres ajenas a lo nativo.  

Rómulo Gallegos se hizo hombre en ese ínterin, cuando comenzaba el atardecer de los caudillos y el filo de los machetes que portaban sus huestes, no encontraron más piedras amoladoras en los caminos del tiempo.

Gallegos creció cuando los cafetales, las plantaciones de tabaco, la zarzaparrilla, la madera y los rebaños de ganado con sus derivados, también tenían el tiempo contado como fuente de riqueza tradicional en Venezuela. Comenzando el siglo XX Caracas fue una meca del capitalismo; las aún empedradas callejuelas vieron llegar a viajeros rubios, de ojos azules que hablaban inglés, francés, holandés o alemán, y que aparecieron como enjambres portando abultados maletines con dinero y papeles bajo sus brazos. Eran los “musiues” interesados en asegurar concesiones de asfalto y “aceite de roca” que poco a poco hizo de Venezuela un país inerte frente a los grandes capitales de los carteles petroleros. Esos dineros terminaron penetrando las rendijas de la frágil moral política y rompieron las formales apariencias pregonadas por las clases pudientes; entonces no hubo rubor en estas capas sociales para disputar las primeras filas en la carrera de trepadores y pelecheros, ansiosos de contarse entre los primeros comensales de la riqueza que recién llegaba. 

El dinero de los buscadores de concesiones contribuyó a la formación de nuevas fortunas personales e inició     el debilitamiento de nuestra esencia, se apretujó por fajos en el porsiacaso de avaros chafarotes conchabados con plumarios y la hez social, quienes vieron la ocasión para salir de su ruina económica. Rápido cambiaron la franela manga de larga, el sombrero de cogollo y el garrasí por trajes de lino inglés y corbatas de seda. Y desde allí, sumidos en la charca, salpicaron a gentes débiles y pusilánimes para aminorar la bofetada crítica.  

Sin embargo gran parte de la sociedad urbana mantuvo distancia frente al brillo del oro de las morocotas que traía el petróleo. Hubo gentes tan honorables como incólumes ante la tentación, resguardadas en su constitucionalidad moral, como Gallegos, mozo veinteañero, ya Bachiller egresado del Colegio Sucre cuando apenas comenzaba el siglo XX, después de pasar por el Seminario Metropolitano y haber culminado su educación primaria. 

Como otros jóvenes de las pequeñas urbes –en verdad aldeas con aspiraciones de ciudad-,  Rómulo Gallegos soñaba con una vida ajena a los sobresaltos de caudillos que a cada momento anunciaban una revuelta para salvar el país. Los textos de Historia nacional, eran narraciones épicas, galerías de militares y guerras, muertos, sangres y tragedia en nombre de la libertad, la justicia, la paz y la felicidad que no aparecían por ninguna parte.  ¿Civilidad, democracia, derechos humanos?  Los “Derechos Universales del Hombre y del Ciudadano” ya eran más que centenarios pero sólo en el papel de las Enciclopedias porque en Venezuela como en casi toda América Latina esos Derechos aún estaban en la fase del machete, los grillos, el exilio o en cualquier tumba a la vera algún camino.  

El Bachiller Gallegos se enfiló a estudiar Agrimensura y  Derecho en la Universidad de Caracas pero apenas se mantuvo durante un año, abandonó las aulas universitarias y prefirió ser Jefe de la Estación del Ferrocarril Central de Caracas.  Allí era el trato directo con la gente y una realidad rutinaria: quién va y quién viene, el ruido de la locomotora mientras transcurría el tiempo, escuchar quejas y lamentos, pensar en el incierto destino para un joven, para cualquier venezolano de su clase social. Allí, frente a él, cruzaban los andenes del ferrocarril las mismas gentes que consumían la vida de forma inveterada. No era ese un destino promisorio y seguramente Gallegos necesitó conocer esa realidad  de manera más profunda. 

El paso monótono de los días apenas se alternaba con el teatro, las tertulias sociales y los paseos por la campiña caraqueña. Pero Gallegos era Bachiller, y no cualquier joven poseía ese título. Con seguridad a lo largo de su formación fue abrigando la pasión por las letras, porque ya en 1903 apareció como co-redactor con F. S. Bermúdez del semanario “El Arco Iris”, en el cual publicó un texto titulado “Lo que somos”, y el 31 de enero de 1909, junto con otros jóvenes se aventuró a publicar el primer número de la revista Alborada, en cuyo primer edición escribió un ensayo titulado: “Hombres y Principios”.  

Alborada fue el comienzo de una breve pero importante experiencia en las letras; y “los alborados” -como se les llamó-, eran cuatro caraqueños: Rómulo Gallegos, Enrique Soublette, Julio Planchart, Julio Horacio Robles y el tachirense Salustio González Rincones, quienes se propusieron ofrecer una ventana a los nuevos tiempos que corrían luego del derrocamiento de Cipriano Castro; una publicación literaria y medio de expresión para ideas renovadoras. 

Alborada era premonitoria, como decir: “Atención, que es tiempo de amanecer”. En efecto, era 1909 y Venezuela venía de sufrir dos despojos infamantes: en 1891 el laudo de la reina regente de España que cedió territorios a Colombia en el lado izquierdo del Orinoco y la mayor parte de la Guajira, y en 1899 el laudo arbitral de París entregó en un arreglo trocado y oscuro más de cincuenta mil millas a Gran Bretaña en el margen oeste del río Esequibo, pero además entre 1902 y 1903 la soberanía nacional fue vulnerada por  potencias imperialistas europeas que bloquearon las costas venezolanas. Es decir: la generación de Gallegos contaban tres humillaciones lacerantes, y lo que pudiera llamarse “el alma nacional” se hallaba apocada, afligida y fatigada. 

Era tiempo de flaquezas. ¿Era Jano quien abría así las puertas del nuevo siglo? ¿Y qué de la “sangre patricia” y del procerato que libertó la América? ¿Acaso eran las armas y el derrame de sangre una fatalidad para ser soberanos? ¿Cuál la senda en el nuevo siglo? Era el centenario de la Independencia, y Jano con sus dos caras, y ojos lacrimosos parecía observar una nación que apenas colgaba del hilo de la epopeya, del imaginario histórico centenario para sacar de los baúles ripios de moral y soportar con alguna dignidad las tragedias seculares y actuales. 

La coreografía de la Historia había desmontado el desarrollo de la obra emancipadora un siglo después y se esperaba por los nuevos próceres que no aparecían. El caudillismo había fenecido en el ms de julio de 2003, cuando el General Nicolás Rolando fue abatido en Ciudad Bolívar por el  General Juan Vicente Gómez. Los nuevos próceres eran esperados con avidez, pero trajeados de civil, sin charreteras ni carabina, con pluma, tinta y papel, así soñaban “los alborados” y los de su generación. 

El fin del régimen severo de Castro encendió las luces de lo que prometía ser un nuevo amanecer. Sobrevino de inmediato una “luna de miel” con el gobierno de Juan Vicente Gómez y fue en ese contexto cuando apareció Alborada, no para adular al nuevo hegemón sino para ilustrar la nueva generación, tal como lo había hecho Parnaso Venezolano, Cosmópolis y como aún lo hacía El Cojo Ilustrado.  

Alborada y “los alborados” fueron aplaudidos por relevantes figuras públicas de Venezuela y del extranjero.  Buscan nuevas lecturas y lectores, nueva estética literaria, nueva piel y nueva sensibilidad, la prosa de sus creadores ya era conocida a través de algunos diarios; El Cojo Ilustrado había publicado el primer día de enero 1910 el cuento “Las Rosas”  (o Sol de antaño) de Rómulo Gallegos;  su nombre era precedido por el título de Profesor y tenía un auditórium de adolescentes en los salones del Liceo. Había desaparecido El Constitucional y con él la adulancia a Castro,  José Gil Fortoul había publicado el primer tomo de la Historia Constitucional de Venezuela y El Universal  comenzaba a editarse en Caracas; los jóvenes que se hacían llamar El Círculo de Bellas Artes irrumpían con novedades en la plástica, prosa, poesía y prensa. Era la alborada que anunciaba una forma diferente de relación con los amos del poder. 

Transcurrieron tres años y Gallegos  fue llamado a dirigir el Colegio Federal de Varones en Barcelona; la muerte de su padre le hace regresar a Caracas asumió la Sub-Dirección del Colegio Federal de Caracas (después Liceo Caracas), y pasó luego a la Escuela Normal para retornar al Liceo Caracas. Poco después, sonaron las trompetas de guerra que rasgaron los cielos de Europa, y los aires del planeta se llenaron de un terrible  virus  -la gripe española- que acabó con unos cuarenta millones de personas ¿Peor el virus de la gripe o la guerra mundial?  Gallegos impartió en el Liceo –según Juan Liscano-, cátedras de Psicología de la Educación, Filosofía e Historia de la Filosofía entre 1912 y 1928, lo cual debió haberle hecho reflexionar sobre los caracteres del venezolano. 

En 1920 se publicó Reinaldo Solar (El Último Solar), primera novela de Gallegos, cuando ya era una figura reconocida por sus artículo y ensayos, en los cuales reflejaba su angustia por la patria venezolana, aunque para entonces su pluma se inclinaba más al cuento, tanto que entre 1910 y 1922 escribió por lo menos treinta y tres cuentos, registrados en Cuentos Completos  (publicado por Monte Avila en 1984),  recopilados de El Cojo Ilustrado, Actualidades, La Revista, La Lectura Semanal y La Novela Semanal, además de las colecciones publicadas en Los Aventureros, La Rebelión y otros cuentos y en La Doncella y el Ultimo Patriota

Sin duda Gallegos abordó la novela desde el cuento, amasó su técnica y cuando la dominó en lo sustancial, se largó a la trama de la novela, con escenarios, personajes y realidades nativas sin perder lo universal; estiró su pluma recorriendo el paisaje nacional, la psiquis mestiza, las ambiciones e insatisfacciones, las frustraciones y la tragedia que padecía el venezolano, recorrió con su pluma la piel y el tejido social, ya fuera de la clase más favorecida o los desterrados de la fortuna. Las patologías, los simbolismos, los arquetipos, las transgresiones, la sensualidad, la sexualidad, los mitos y las representaciones aparecen en sus personajes, en las tramas, en los preámbulos o en los epílogos de cuentos y novelas. Nada extraña que estos caracteres fueran plasmados en su segunda novela La Trepadora, donde simboliza el éxito y el ascenso a costa de cualquier precio: Victoria de nombre de la triunfadora y victoria por el exitoso fin de quien asciende, quien trepa, la bastardía y la nobleza se juntan en una trama  que se entrelazan y entrecruzan tras el logro.  

Doña Bárbara lo lanzó al mundo de los grandes novelistas latinoamericanos, le siguieron Cantaclaro y Canaima. Doña Bárbara fue su retrato de la Venezuela que conoció, hartamente repetida en la figura civilización y barbarie. Leyendo esta trilogía de novelas, que forman parte de una misma realidad venezolana, se comprende porque virtualmente era imposible que Rómulo Gallegos no se acercara a la política. Y aunque el régimen gomecista lo tentó para ocupar una curul de Senador por el Estado Apure, comprendió la celada y prefirió marchar al exilio voluntario antes que servir como figura decorativa. 

Poco más de una década después, a su retorno del autoexilio, asumió la presidencia  de la República. Desde esa altura probablemente vio mejor los personajes que dibujó, a quienes que colocó en juego sobre el papel, y en una suerte de realismo mágico, lo que figuró en sus novelas, lo vivió como protagonista, formando parte de su propia ficción y realidad.

(volver)