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Carmen Hernández Dirección de Artes Visuales - Fundación Celarg |
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She misses Venezuela de Porno Collins y el mito de la belleza femenina |
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“La
belleza es un atributo demasiado humanamente significativo para que
desaparezca de nuestras vidas, o al menos eso esperamos. Sin embargo, sólo
podría volver a ser lo que en arte fue una vez si se produjera una
revolución no sólo en el gusto sino en la vida misma” Arthur
C. Danto, El abuso de la belleza
La Sala RG presenta la exposición She Misses Venezuela, un proyecto de Porno Collins, joven artista venezolano egresado del IUESAPAR, como parte de los objetivos institucionales de difundir y estudiar las prácticas artísticas que reflexionan sobre los valores culturales de nuestra sociedad y sus intercambios simbólicos transnacionales.
Esta propuesta nos enfrenta a un problema poco abordado por las disciplinas humanísticas y por el arte: el mito de la belleza femenina y en especial, los concursos de belleza como producción de representaciones sociales. Porno Collins ha seleccionado el certamen Miss Venezuela como un ícono de la cultura nacional y lo ha convertido en un tema de investigación del arte contemporáneo. Su tesis de licenciatura giró alrededor de este problema e incluso en los espacios de la Sala NG, en 2005, exhibió parte de este proyecto, ahora culminado en gran formato.
She Misses Venezuela registra pictóricamente cincuenta rostros de las reinas de belleza seleccionadas en el concurso Miss Venezuela, desde su inicio en 1952[1] hasta 2002. Este grupo de pinturas nos permite observar las transformaciones del canon de belleza femenino hegemónico así como los cambios de perspectiva de sus registros, pues el artista en su táctica apropiativa, se ha ajustado a la proyección que estas imágenes han experimentado en los medios de comunicación. Es por ello, que la carencia de erotismo característica de los mecanismos publicitarios, permiten exacerbar su “plasticidad”, su condición de “pura representación” desde una técnica pictórica inspirada en la tradición del pop, tendencia acusada de ser la pionera en cuestionar la belleza en el arte. La imagen mosaico, recortada o fragmentada que nos ofrece constantemente la publicidad, es la que retoma el artista pues sus modelos no han posado para él, sino para una cámara que ha registrado parte de su cuerpo, su rostro, lo más llamativo, para poder colocarlo en el mercado.
El mito de la belleza femenina forma parte importante de la llamada cultura mediática o de masas –que tradicionalmente fue signada por el signo femenino frente a la alta cultura más masculina- y tal vez por ello, han sido pocas las prácticas artísticas que lo han abordado como significado. Porno Collins es uno de los pocos artistas que se ha preocupado por el objeto de una de las industrias culturales más exitosas en nuestro país: el culto a la belleza femenina, retomando la ironía hacia el arte “bello”.
Para las mujeres, la belleza es un mito que, según Noemi Wolf, impulsa a seguir la ruta inalcanzable de una apariencia física estereotipada que aseguraría la aceptación y éxito social, pero sin reconocer que este mito está sostenido sobre cánones de belleza de orden patriarcal que finalmente no valoran sus características como sujetos integrales. La idea del cuerpo como modelo enfatiza en la apreciación meramente física de los sujetos. Los concursos de belleza, asociados a este mito, activan un modelo represivo que niega el derecho al placer, porque sitúa a las mujeres en una posición subordinada con relación a sus deseos y pulsiones, pues se sostiene la tradicional división sexual de poder bipolar. Es decir, este mito resitúa a las mujeres en la sumisión, de manera similar a las heroínas de los cuentos infantiles: la más hermosa y la más joven debe someterse a una serie de pruebas para alcanzar la felicidad (generalmente el amor “verdadero”), pero bajo la condición de la obediencia a la norma. Catherine Orenstein, basándose en los estudios de la antropóloga Sherry Ortner, plantea que las protagonistas femeninas de los cuentos de los hermanos Grimm, son idealizadas por su renuncia a la acción[2]. El mito de la belleza es entonces la reafirmación del lugar pasivo de lo femenino y su meta es satisfacer las exigencias de una sociedad de consumo que continúa mostrando sus rasgos mercantilistas y patriarcales. Pero además de la sumisión, este mito favorece una representación frívola y políticamente vacía frente a la peligrosidad que representaba anteriormente la belleza femenina.
Gilles Lipovetsky plantea que el modelo de la mujer fatal, proscrita por inmoral y perversa –como las modelos de Klimt-, fue desplazado por la pin up a mediados del siglo XX, que representa una imagen sexy, flexible, despreocupada e ingenua, como una muñeca sexual, pícara y saludable. Este modelo posfatal, promesa de felicidad, ya no conduce hacia el abismo, sino hacia el bienestar y el éxito, y está representado por las estrellas de cine, las modelos y las reinas de belleza: “La belleza turbia y maldita ha sido sustituida por la belleza mercancía, una belleza funcionalizada al servicio de la promoción de las marcas y del volumen de negocios que mueven las industrias de la imaginación” [3]. Aunque este nuevo modelo de belleza está asociado al surgimiento de la industria de la moda en el siglo XX, Lipovetsky advierte que con el transcurrir de las décadas, ya no es tan importante estar a la moda como mantener la apariencia esbelta y joven, para lo cual las mujeres deben invertir mucho dinero en tratamientos para la piel, dietas especializadas y sofisticadas rutinas de ejercicios.
Las mujeres en la contemporaneidad enfrentamos la paradoja de haber alcanzado muchas reivindicaciones sociales y jurídicas, pero a la vez, somos esclavas de la dictadura mediática que impone modelos de apariencia física cuyos efectos se palpan en la vida cotidiana y profesional, pues en muchos ámbitos laborales se privilegia a las mujeres jóvenes y bellas.
Pero la renuncia a la belleza tiene sus costos. Carmen Zabala Iturbe advierte: “El renunciar a ser bella conlleva renunciar a acceder al poder y al placer patriarcales. Las mujeres que no se atienen al estereotipo de lo “femenino” son consideradas “fallidas” y son sometidas a un tratamiento político represivo que consiste en su negación social: son socialmente descalificadas y se les excluye en diversos grados de la dinámica existente” y luego aclara: “Ser bella, verdaderamente bella, no es convertirse en un estereotipo”[4] . Debido a la visibilidad que han logrado los integrantes de los grupos glbt, en especial los travestis, los estereotipos de lo femenino han alcanzado rasgos exacerbados, evidenciándose ante los ojos de muchas mujeres como un simulacro asociado al mercado simbólico. Tal vez el reto que se nos plantea entonces a las mujeres es reorientar las nociones de “belleza” y “fealdad”, sobre todo en momentos cuando la sobrevaloración de la belleza parece responder a una estrategia compensatoria al proceso contemporáneo de desestabilización de los roles sexuales tradicionales, lo cual representaría una tensión a ser tomada en cuenta por quienes estudian la cultura con conciencia de género.
Porno Collins no cuestiona la belleza per se, sino la belleza como parte de una industria cultural que influye en la producción de representaciones sociales de desigualdad. Este artista se inserta así en las tendencias contemporáneas que reflexionan sobre los estatutos autonómicos de la modernidad pictórica y se interesan en las transacciones simbólicas entre el arte y las representaciones sociales, incluyendo la problemática de género, que ha permitido una ampliación de la práctica y la teoría del arte. No podemos olvidar que el arte moderno e incluso la vanguardia heroica, a pesar de su crítica a los modelos burgueses, fueron autosuficientes y patriarcales, según advierte Andreas Huyssen: “En cuanto al género y la sexualidad, la vanguardia histórica ha sido por lo general tan patriarcal, misógina y machista como la mayoría de las tendencias del modernismo”[5].
La belleza como modelo cumple un rol social y por lo tanto, forma parte de la lucha por el sentido en un amplio espectro, incluyendo al campo artístico que intenta superar las dicotomías tradicionales entre alta cultura y cultura de masas, y a la vez, relacionar a la capacidad crítica de la producción de imágenes con el placer del acto pictórico.
Notas [1]
La creación de este evento fue apoyada por Panamerican Airways, con
el objetivo de que nuestro país pudiera participar en el certamen Miss
Universo, creado en 1952 y cuya primera edición fue llevada a
cabo en California, Estados Unidos. [2]
Cfr. Catherine Orenstein. 2003. Caperucita
al desnudo, Barcelona: Ares y Mares. [3]
Cfr. Gilles Lipovetsky Gilles. 1999. La
tercera mujer, Barcelona: Editorial Anagrama, p. 168. [4]
Carmen Zabala Iturbe. La “fealdad” femenina y su relación con el
placer y con el poder, vista desde la perspectiva de género”, en
Graciela Hierro (compiladora), Filosofía de la educación y género, México D.F.: Facultad de
Filosofía y Letras, UNAM, pp. 291-297. [5] Cfr. Andreas Huyssen. 2006 [1986]. Después de la gran división. Modernismo, cultura de masas, posmodernismo, Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, p. 117. |
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