Con el hatillo al hombro

 

Elisabetta Balasso

Crítica de arte

 

Cruzar fronteras puede ser una experiencia difícil, sobre todo si no se hace en regla con los correspondientes servicios de inmigración (¿puedo recomendar volver a ver Men in Black, o es una referencia inapropiada?). También en los territorios del arte el cruce de fronteras puede ser complicado. Habría que plantearse de nuevo la pregunta: Cuál es el alcance de la experiencia del arte y cuál su función, o al menos no perderla de vista.

Pareciera que se tiende a confundir la función del arte con el rol asignado al museo. Desde que se considera éste (o la galería o el centro cultural) como el sitio “correcto” para entrar en contacto con ese fenómeno llamado arte, se espera que la experiencia nos forme, ilustre, eduque y proporcione las claves para hacer más sólida y amplia nuestra cultura. En consecuencia, hemos ido acostumbrándonos a exposiciones que respondan a esa línea de trabajo, y a validarlas de acuerdo con ese criterio. Cabe entonces revisar el rol del museo.

Desde luego, no hay necesidad de que los museos por definición tengan que ser aburridos; por otra parte, el museo como distracción es una respuesta que tampoco satisface a todos; ir por obligación social también es discutible. Afortunadamente, el espectro de opciones válidas es amplio, con lo cual hay campo para satisfacer las expectativas de unos y otros: el enfoque educativo, el reflexivo, el investigativo, el crítico, el experimental, el espectacular y cualquier otro que cruce la frontera con algo que aportar. En todo caso, la discusión está abierta a intervenciones.

No es posible recapitular en cuatro cuartillas las funciones desempeñadas por la institución museística desde que exhibía los botines de campaña para mayor gloria del Imperio (Británico) e instrucción (a la par que admiración) de sus súbditos, hasta los despliegues tecno-escenográficos actuales, pasando inevitablemente por la propuesta, innovadora en su momento del George Pompidou; ni mucho menos para hacer la necesaria revisión de las funciones del museo en el contexto de la contemporaneidad local.

Por el momento, baste señalar que en esta era marcada por la cultura del entretenimiento y el lifestyle, el rol educativo ha quedado ligeramente desplazado, a pesar de que parecía satisfacer todos los criterios de lo “políticamente correcto”, para usar un término en desuso. Se va al museo porque es una distracción conveniente, o porque es saludable y “queda bien”. Habría que preguntarse si eso es aplicable en nuestro país en este momento.

Sucede que en el panorama artístico contemporáneo se nota una cierta insistencia en independizar la experiencia del arte de las limitaciones y exigencias del contexto institucional a través de propuestas que toman la calle, iniciativas diseñadas para espacios netamente personales, experimentos con los límites de la definición del término y reflexiones que interrogan directamente las instituciones y sus procedimientos. Se expanden las dimensiones y funciones de conceptos asociados al arte, se prueban y cuestionan las líneas fronterizas entre exposición-instalación, práctica artística-práctica curatorial, museo-realidad, unicidad-pluralidad, original-apropiación, arte-vida, espacio público-espacio íntimo.

Por último, si el eclecticismo es el “grado cero” de nuestra cultura, bien puede rescatarse la estrategia duchampiana de los ready mades, como punto de partida e inspiración para la producción artística post-moderna. Las prerrogativas de la creación contemporánea están en manos de los productores culturales: DJ’s, editores, curadores, que buscan colonizar campos alrededor (y no sólo dentro) de los esquemas oficiales.

Es en el contexto de estas tres acotaciones -la revisión de la función del museo y demás términos asociados al arte, las rutas de expansión de la creación artística y la cualidad ecléctica de nuestra cultura- que quiero referirme a la exposición De colección/Relatos de usos y abusos.

Lo obvio es que se trata de una ingeniosa respuesta a la situación, crítica más que difícil, que tiene en jaque al sector cultural. Es una virtud el hecho de que sea modesta, porque es fácil olvidar que el presupuesto no tiene por qué reñirse con el valor o interés de las propuestas, tanto artísticas como curatoriales. Y porque demuestra la voluntad de continuar produciendo espacios para el arte, sin la excusa del desaliento.

Celebro esta incursión por territorios menos transitados, a la que no le falta humor. No es la única (afortunadamente), pero no son muchas las que van por este camino. Sí, la selección de obras es desigual, pero la propuesta es refrescante. Es valerosa y optimista incluso, por cuanto se atreve a lanzarse a la piscina en esta época de pesimismo generalizado (no por ello menos justificable).

Pero además, esta voluntad es doblemente pertinente porque, a pesar de que tanto en el sector cultural como en tantos otros los venezolanos tenemos sobrado entrenamiento en el arte de sortear creativamente las dificultades y seguir haciendo cosas, aún así o quizás precisamente por eso tendemos a pensar que las exposiciones que valen son las que cuentan con muchos recursos.

Quizás el momento sea apropiado para entrenarnos como organizadores, como público y como críticos, en la apreciación de eventos que desean reflexionar sobre asuntos que giran en torno a lo museal. Quizás este momento sirva para abandonar el modelo de exposiciones “divas” como el más reconocido, para pervertir el esquema típico, atrevernos a prescindir del apoyo institucional y arriesgarnos a traspasar las líneas punteadas, aunque no tengamos todos los papeles en regla. Bienvenidas la experimentación, la aventura, bienvenido el cruce de fronteras.